Blog del director JMJ 2011 Madrid

Un año después de la JMJ 2011 Madrid: Barcos que caminan hacia el horizonte

Reflexiones a vuelapluma de Jesús de las Heras Muela en la “Fiesta del Perdón” de la JMJ Madrid en el Parque del Retiro

Emilio Úbeda es el carpintero abulense que elaboró los doscientos confesionarios de la JMJ sobre maqueta del arquitecto Ignacio Vicens, el mismo que ha diseñado los altares de Cibeles y de Cuatro Vientos y el mismo que hizo lo propio ya en las visitas de Juan Pablo II en 1982, 1993 y 2003.  Tras semanas de intenso trabajo, el lunes 8 de agosto sus confesonarios “zarparon” hacia su destino en el Paseo de Coches de El Retiro de Madrid.

Desde primera hora, sus confesonarios lograron captar la atención de propios y de extraños. “Tablas de surf, palomas, velas de barco, alas de avión, casetas de feria…” comenzaron a decir los viandantes del popular parque madrileño. Preguntado Emilio Úbeda sobre lo que querían significar sus vanguardistas confesonarios, no dudó en responder: “Son barcos que caminan hacia el horizonte”.

Y durante los días de la JMJ, en horario ininterrumpido de diez de la mañana a diez de la noche, aquellos barcos, aquellos veleros –estos confesonarios blancos e inmaculados, de formas curvas, con estructura abierta al exterior y disposición en dos largas filas- realizaron una de las más fascinantes navegaciones y aventuras. Zarparon, sí, hacia el horizonte, hacia  el infinito. Hacia el horizonte y el infinito de la divina y eterna misericordia de Dios. Porque se podrán medir  y contabilizar las horas de confesiones, el número de penitentes y el número de confesores –un millar aproximadamente-, pero lo que jamás se podrán medir ni contabilizar es todo el bien, el inmenso bien que han hecho estos sencillos, hermosos y esperanzadores confesonarios de albura. ¡Y es que de cuánto amor y misericordia de Dios no habrán sido testigos silentes estos veleros de la misericordia”

Escribió Benedicto XVI en su mensaje para esta JMJ: “Queridos jóvenes, aprended a ver, a encontrar a Jesús en el sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón”.

El perdón de Dios –uno de sus más grandes, sublimes, inefables y sanadores dones- venía además acompañado por las gracias especiales que la Iglesia, a través de la Penitenciaría Apostólica, concedió en formas de indulgencias a los peregrinos de la JMJ que cumplieran los requisitos habituales en estos casos, entre ellos el de la Confesión sacramental. Además, y como también es habitual en este tipo de grandes eventos, el obispo local –en este caso, el cardenal Rouco, arzobispo de Madrid- amplió las licencias ministeriales a todos los sacerdotes que estuvieran en Madrid en aquellos días, con la posibilidad de absolver el delito de aborto procurado.

“Fiesta del Perdón” se llamó al espacio de los confesionarios blancos de Emilio Úbeda. “Fiesta del Perdón” fue el título de esta iniciativa pastoral, tan imprescindible. Fue un título hermoso, atractivo, sugerente. Pero además de ser un título hasta juvenil lo que esta iniciativa encerraba era precisamente eso: una fiesta, una inmensa, gozosa, íntima y expansiva fiesta del perdón. Porque sin el perdón no hay fiesta. Que le pregunten sino al hijo pródigo y a su hermano mayor… y sobre todo al buen padre de ambos. Que les pregunten sino a los cientos y miles de jóvenes y mayores que estos días se acercaron a la “dársena” del Retiro de Madrid.

Y es que el sacramento de la Confesión –la “Fiesta del Perdón”- no nos quita nada, no se inmiscuye indebidamente en nuestra intimidad, no nos intimida, no nos infantiliza, no nos esclaviza a nada ni a nadie. Todo lo contrario: nos da ese todo –siempre en partes- del amor misericordioso de Dios, libera y planifica nuestra intimidad, nos hace más humanos, más solidarios y más cristianos, nos reviste de la túnica nueva de la gracia y nos reitera la permanente segunda oportunidad que siempre nos da Dios. Es sacramento personal, también con efectos “sociales” pues nos hace más justos, más fraternos, más misericordiosos. Es el sacramento de la alegría, de la reconciliación, de la penitencia, del reencuentro, de la fiesta.

No cabe duda de las lágrimas de alegría del hijo pródigo. Quien esto suscribe también vio lágrimas en las mejillas y en el alma de tantos y tantos penitentes de la “Fiesta del Perdón” de la JMJ. De los barcos veleros que zarparon al horizonte infinito del amor de Dios.

J.H.M.

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