Editorial Revista Ecclesia
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Opinión

Un año después, algo nuevo sigue naciendo; de todos depende que germine – editorial Ecclesia

Hace ahora un año.  Cuatro días después de aquella tan sorprendente como extraordinaria elección pontificia -signo inequívoco de lo Alto-, la Iglesia celebraba el quinto domingo de Cuaresma. En la correspondiente liturgia de la Palabra, en la primera lectura, el profeta Isaías escribía un oráculo del Señor. Decía: “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Aquella lectura bíblica resonaba hace un año y resuena ahora con una fuerza y un sentido especiales. Si el 17 de marzo de 2013 la veíamos plasmada en la elección del Papa Francisco, un año después, hemos tenido 365 oportunidades y muchas más para comprobar que, en efecto, “algo nuevo está naciendo” y que es preciso percatarse de ello, tomar nota y dejarnos interpelar.

Ese algo nuevo que nacía en la incipiente y lluviosa primavera del año pasado se ha ido traduciendo a un sinfín de gestos, palabras, signos y decisiones. Si ya desde primera hora,  pudimos comprobar que Dios, con la elección del Papa Francisco,  estaba grande con nosotros, un año después hemos de dar gracias a Dios de todo corazón,  seguir rezando por el Papa Francisco –como él insistentemente nos pide- y abrirnos todos a este don, a este algo bueno que sigue naciendo. Porque, sí, el que germine y dé el fruto preciso no depende solo del Papa, sino también de la entera comunidad eclesial.

Una máxima de los maestros espirituales clásicos afirmaba, en relación a los comportamientos heroicos de los cristianos, “los que le alabáis, imitadle”. Y esta es una de las claves para que la “Primavera Francisco”, para el “Efecto Francisco”  se traduzca en la verdadera renovación que, desde el Evangelio, el Santo Padre propone y predica y él, en primera persona, practica con el ejemplo.

Todos tenemos ya sobrados motivos para saber la Iglesia que Francisco quiere. Todos somos conscientes de sus preferencias pastorales. Sabemos que Francisco quiere una Iglesia pobre y para pobres, una Iglesia ciudadana del mundo (también del mundo mediático y digital). Una Iglesia de puertas abiertas, casa de todos, madre acogedora. Una Iglesia en diálogo con la humanidad, con la entera humanidad, más allá de credos ideológicos, políticos e incluso religiosos. Una Iglesia libre de ataduras y presiones de los poderosos y de las actitudes mundanas. Una Iglesia samaritana, no autorreferencial  y  en misión permanente. Una Iglesia sanadora de heridas, portadora del bálsamo de la misericordia y de la ternura, discípula y misionera de Jesucristo. Una Iglesia, en suma, que viva e irradie la alegría del Evangelio y de su fuerza transformadora.

Y para que esta Iglesia sea posible –sea aún más posible- Francisco quiere una renovación profunda. Y la quiere desde la continuidad, sin contraposiciones ni rupturas. Y la demanda desde sus esencias, que no son otras que el Evangelio y sus orígenes apostólicos. Para ello, el Papa ha emanado ya más de media docena de decretos –quirógrafos y cartas apostólicas dadas como motu proprio (ver página 23)-, ha escrito –“a cuatro manos” y desde el legado de Benedicto XVI- una espléndida encíclica, Lumen fidei, y una paradigmática y programática exhortación apostólica, Evangelii gaudium. Ha marcado las prioridades, nítidamente misioneras, de sus viajes apostólicos. Ha apostado inequívocamente por la paz y la justicia. Ha clamado contra la cultura del descarte o del desecho y nos ha contagiado su sensibilidad a flor de piel en pro de las periferias de los marginados y excluidos de la tierra como los inmigrantes,  los enfermos,  los ancianos, los pobres, los indigentes y los mismos jóvenes y niños. Y desde criterios de sinodalidad, colegialidad y discernimiento, ha puesto en marcha mecanismos para la reforma de las estructuras eclesiásticas como la Curia Romana.

¿Qué es lo queda ahora por hacer? Seguir en camino, en este mismo camino de renovación y purificación evangélicas, porque en el mismo caminar se hallan ya, siquiera vislumbrados, los frutos que se buscan y anhelan. Y seguir en camino, cambiando las actitudes y corazones de todos. Repetimos: cambiando las actitudes y los corazones de todos. Porque, de  lo contrario, si nos limitamos a aplaudir a Francisco, o a utilizarlo como munición contra la Iglesia previa a su llegada al ministerio apostólico petrino o a mantener comportamientos de resistencia y hasta de vacío, lo que el Papa está haciendo y diciendo no acabará de germinar de todo.

¿Y cuál es ahora nuestro reto? Lo que dijimos antes: “Los que lo alabáis, imitadle”.

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