Iglesia en España

Tui-Vigo: Homilía en la Solemnidad de San Martín de Tours

Homilía en la Solemnidad de San Martín de Tours, Conmemoración de los MDCC del nacimiento de San Martín

Ourense, 11-11-2016 ¡Hermanas y hermanos míos en el Señor!

Permitídeme que, en primeiro lugar, agradeza a presenza do Sr. Arcebispo-Secretario da Congregación dos Institutos da Vida Consagrada e das Sociedades de Vida Apostólica, dos Señores Bispos de Galicia e do Norte de Portugal que participan nesta concelebración eucarística como signo de comuñón e de fraternidade episcopal.

Ó Clero Catedralicio, ós Arciprestes desta Igrexa particular e ós demais membros do Presbiterio diocesano aquí presentes.

No nome desta Igrexa e no meu propio quixera agradecer a presenza do Sr. Presidente da Xunta de Galicia, para quen imploramos de San Martiño unha especial proteción e axuda ó comezo do seu mandato a fronte do goberno da nosa Autonomía. Ó Presidente do Parlamento de Galicia e das demais autoridades.

Neste día do noso patrón quixera saudar cordialmente ó Sr. Alcalde-Oferente e a tódolos membros da Corporación municipal desta nosa moi querida, nobre, leal e acolledora cidade de Ourense.

Non quixera esquecer ás moitas persoas que participan nesta Eucaristía a través da televisión.

Meus queridos Seminaristas, maniféstovos o meu agradecemento polas vosas atención e dispoñibilidade.

E dun xeito especial a todos vós, irmás e irmáns, amigos e fieis devotos de San Martiño.

Señor Alcalde-Oferente:

Hacemos nuestros los deseos expresados por Vd. solicitando de san Martín una especial protección y ayuda sobre nuestro pueblo y nuestras gentes. Una fiesta como esta nos ayuda a descubrir que siempre es necesario «hacer memoria», tomar un poco de distancia del presente para escuchar la voz de nuestros antepasados, sobre todo de aquellos que son los mejores hijos de la Iglesia, ¡los santos!, nuestros protectores delante de Dios; es un sano ejercicio que nos ayuda a vivir el sentido auténtico de nuestra existencia humana. “Hacer memoria”, como muy bien se ha dicho, no sólo nos permitirá que no se cometan los mismos errores del pasado sino que nos ayudará a situarnos en el presente con ilusión y esperanza de tal modo que así podremos superar positivamente las encrucijadas con las que nos encontremos en el futuro. Hacer memoria, y memoria agradecida de nuestro pasado cultural y religioso, nos ayuda de tal modo que nos hace hombres y mujeres libres de prejuicios y de falsas ideologías.

Sr. Oferente: Cuando se preguntaba qué tenemos en común nosotros con aquellos que convivieron con Martín de Tours, nos dice que lo que nos une a unos y a otros es esa inquietud radical que existe en lo más íntimo del corazón del ser humano que le lleva a buscar esos referentes para entender mejor lo que somos y lo que podemos llegar a ser. En sus palabras nos plantea una interrogante muy comprometida para nuestra vida personal y comunitaria; interesante cuestión que nos interpela siempre tanto a nosotros como a nuestros antepasados, entre ellos, también a san Martín de Tours. De la respuesta que demos a esta pregunta dependerá toda nuestra existencia y, por consiguiente, también la de los demás, porque no vivimos asilados, sino que existe entre todos, querámoslo o no, una íntima comunión existencial de la que no podemos desentendernos.

¿Cómo respondió San Martín?

Aquel joven de buena familia, hijo primogénito de un tribuno romano, al que le pondrán por nombre «pequeño Marte» en honor al dios romano de la guerra; ese joven abierto e inteligente se encontrará con la vida de los cristianos gracias a uno de sus compañeros de escuela; iniciará el catecumenado previo al Bautismo sin que lo sepan sus padres; siguiendo la tradición familiar deberá enrolarse a la fuerza en el ejercito del emperador. Aquella determinación truncó todos sus planes. Martín se encontraba en una sociedad belicista, pragmática y cargada de un excesivo individualismo autoritario, en donde el ser humano estaba cosificado y prácticamente los derechos fundamentales de las personas eran conculcados de forma arbitraria. En medio de aquel ambiente su fe cristiana se convirtió para él en una exigencia de paz y en un proyecto constante de solidaridad. Martín se fue cambiando, paulatinamente, en el hombre de la misericordia, tanto en el campamento militar como en la ciudad.

En sus palabras, Sr. Oferente, hizo referencia a aquel suceso acaecido en la periferia de la ciudad de Amiens que ha sido fuente inspiradora de artistas y poetas. Pero la vida de nuestro patrono no fue una simple anécdota, sino que respondió a un talante personal que se fue fraguando en su existencia al encontrarse con el Evangelio vivo que era y es Nuestro Señor Jesucristo.

El texto de san Mateo que acabamos de proclamar, en donde se expresa la quintaesencia del cristianismo, y que nos narra el Sermón de las Bienaventuranzas, se convirtió para él, al igual que lo es hoy para nosotros en faro, luz y guía de toda su vida, de tal modo que fascinaron su corazón aquellas palabras: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán Hijos de Dios.

He ahí la clave fundamental que convirtió a Martín en un constructor efectivo de solidaridad y de caridad: la vivencia de las bienaventuranzas. Ahí encontró la fuerza, a lo largo de su vida, para luchar por ser vínculo de unión entre pueblos y ciudadanos enfrentados, también entre clérigos, y él fue derribando muros de división y estableciendo puentes para la comprensión y el diálogo; con su actitud y comportamiento dio a luz un nuevo humanismo basado en la fe y en el amor. San Martín fue un evangelizador de su tiempo y, sobre todo, de sus conciudadanos. Su figura, distante de nosotros en la historia, sigue siendo perennemente actual. Fue un hombre de Iglesia que se convirtió en constructor de una civilización nueva que más tarde se llamaría Europa.

Hermanas y hermanos míos: A la luz de esta figura señera, podemos afirmar que sólo una Iglesia rica en testigos – en santidad -, podrá llevar de nuevo el agua pura del Evangelio a las raíces más íntimas de nuestros conciudadanos, de nuestros pueblos y de esta ciudad. Permitidme que para concluir esta reflexión haga mías unas palabras inspiradas en el papa Francisco que expresan nuestros deseos más sinceros acerca de esta ciudad y de nuestras gentes:

Sueño con una ciudad en «proceso constante de humanización», para el que hace falta «memoria, valor y una sana y humana utopía». Sueño con una ciudad joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza. Sueño con una ciudad que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a los que vienen en busca de acogida. Sueño con una ciudad que escucha y valora a los enfermos y a los ancianos, para que no sean reducidos a objetos improductivos de descarte. Sueño con una ciudad, donde ser de fuera no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano. Sueño con una ciudad donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría, y no un problema debido a la falta de un trabajo suficientemente estable o de modas nefastas que cercenan la esperanza. Sueño con una ciudad de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes. Sueño con una ciudad que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos. Sueño con una ciudad de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía. Sueño con una ciudad en donde la auténtica alegría cristiana inunde todos sus ambientes. Sueño con una ciudad en donde los niños y los jóvenes, los ancianos y las personas maduras construyan su vida sobre los auténticos y perennes valores que hacen a un pueblo y a sus gentes grandes y generosos. Este sueño, hermanas y hermanos míos, querido Sr. Oferente, se hizo realidad a lo largo de la historia gracias a personas de fe como san Martín, y hoy nos invita a que continuemos su labor esforzándonos por construir en nuestras circunstancias lo que él vivió.

Que nuestro patrono y protector nos ayude a hacer que esta hermosa utopía cristiana expresada por el espíritu de las Bienaventuranzas, cuya constitución fundamental está trazada, de una manera concreta y efectiva, en la vivencia de las Obras de Misericordia, se pueda hacer viva y real, con el esfuerzo de todos y con la ayuda del cielo que no nos faltará si somos fieles. Una ciudad así es posible, si abrimos nuestra vida y toda nuestra existencia al Dios de la misericordia para ser así misericordiosos como el Padre. ¡Que así sea!

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