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Tú lo dices; soy Rey, por César Franco, obispo de Segovia

«Tú lo dices; soy Rey», por César Franco, obispo de Segovia

El año litúrgico se clausura con la solemnidad de Cristo, Rey del Universo. El domingo que viene comenzaremos un año nuevo en la Iglesia con el tiempo de Adviento. Al terminar el año, la liturgia nos invita a fijar la mirada en Cristo, con el título de Rey. No es preciso insistir en que este título nada tiene que ver con los reinos de este mundo, aunque no sobra decir que mucho ganarían las naciones si sus reyes y gobernantes lo hicieran al estilo de Cristo. ¿Qué significa el título de Rey aplicado a Cristo?

Es sabido que en Israel la realeza se consideraba de institución divina, porque fue Dios mismo quien escogió por medio del profeta Samuel, a petición del pueblo, al primer rey: Saúl. También David, su sucesor, fue elegido por Dios, que fijó los ojos en un pastor que cuidaba las ovejas de su padre en Belén. A pesar de sus graves pecados, David pasó a la historia como un gran rey de cuya descendencia saldría el Mesías. Entendemos así que, cuando el ángel Gabriel anuncia a María el nacimiento del Hijo de Dios, le diga estas palabras: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).

No es de extrañar, por tanto, que Jesús sea llamado en el Nuevo Testamento «Hijo de David» hasta diecisiete veces, indicando que en él se había cumplido la promesa hecha a David de tener por descendiente al Mesías. Y se explica también que Jesús no quisiera que le identificaran con un rey al estilo de David, y rechazara incluso la pretensión del pueblo de hacerle rey después de la multiplicación de los panes y los peces. Sabía perfectamente que la gente de su tiempo anhelaba un Mesías político, que liberase a su pueblo del imperio romano y lo llevase a la prosperidad.

Quien mejor ha entendido la realeza de Cristo y su absoluta novedad es el cuarto evangelio, del que hoy leemos el diálogo que Jesús tiene con Pilato durante el juicio político. Cuando éste le pregunta si es rey, a instigación de los judíos que buscaban enfrentarlo al emperador, Jesús evita la respuesta directa y contesta: «Mi reino de no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Per mi reino no es de aquí». Deja claro que su reino no se entiende con categorías temporales. Pero, al mismo tiempo, habla de su reino como algo real. Por eso, Pilato insiste: «Luego, ¿tú eres rey?». Y aquí Jesús responde sin rodeos: «Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37).

Todo lo que viene después en el relato de la pasión y muerte de Cristo en el evangelio de Juan podría interpretarse como la exaltación de este rey, levantado sobre la tierra en el trono de la cruz ante todas las miradas. Es la gran paradoja de Cristo, constituido rey mediante la humillación de la pasión y de la muerte, que el cuarto evangelio presenta, con inigualable maestría, como elevación a la gloria. Cristo ha establecido el verdadero Reino, cuyas notas son la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Un reino en el que se entra tan fácilmente como entró el buen ladrón, cuando, al escuchar las burlas de los soldados sobre la realeza de Cristo, le miró con fe, arrepentido, y le pidió que se acordara de él en su Reino. Y la gracia no se hizo esperar: «Te lo aseguro, dijo Jesús, hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso».

+ César Franco

Obispo de Segovia



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