Iglesia en España

Tú frente a Dios, por José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena

Tú frente a Dios, por José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena

V Domingo de Cuaresma. C. 2016

Es admirable cómo nos presenta Jesús el corazón del Padre. Se basa en un ejemplo de la vida real de su época, pero nos abre todos los poros de nuestro ser a contemplar la belleza del corazón de Dios. Nos detenemos en la escena, cuando un tropel de gente le lleva a una mujer pecadora para que le aplicara el “decreto” de muerte y Jesús con la serenidad del Maestro le ofrece la caricia de Dios. Con una finura exquisita lo describe el Papa Francisco: «Después “se levantó y miró” a la mujer, que estaba “llena de vergüenza”, y le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú frente a Dios. Sin acusaciones, sin palabrerías: tú y Dios». Lo fantástico y esperanzador será cuando aquella mujer, que admite su pecado y reconoce que nadie le ha condenado, escuche de labios del Señor: “Tampoco yo te condeno, vete y de ahora en adelante no peques más”. Este es uno de los momentos más bellos que nos presenta el Evangelio, porque está diciéndonos a voz en grito lo que valemos para Dios, lo que le importamos y hasta dónde está dispuesto Él a llegar. El Dios de la misericordia infinita ha hablado con una pedagogía fácil de entender, la que vivimos tan de cerca, con rostro humano, pero que a veces se nos puede olvidar. Pensad, por ejemplo, en la familia, cuando los padres corrigen y reprenden a sus hijos porque han hecho algo mal, pero no renuncian al amor que sienten por ellos. Esto mismo hace el Señor con nosotros, esta es la caricia del amor de Dios.

Lo que acabamos de ver es cómo el Señor apela a la conciencia de los acusadores, que pretendían que dictara la condena que marcaba la ley, pero Él va más allá de la sola ley, aunque reconozca la culpa de esa persona; le quiere ofrecer más oportunidades para la conversión sincera y le exhorta a no volver a pecar. No ha sido la casualidad, eso de que nadie se ha enterado del pecado y por eso uno se ve libre, como les podría haber pasado a muchos de los que iban detrás exigiendo que se cumpliera la ley. Este no ha sido el caso, porque Dios sí lo conoce, pero quiere ser misericordioso, su voluntad es darle una nueva oportunidad. El corazón del Señor es bondadoso y no quiere la muerte del pecador, sino que se salve, le pide a todos que no se erijan en jueces del pecador, que acudan antes a su intimidad para que vean si están o no limpios. ¡Cómo resaltan las exigentes intransigencias de la gente cuando se constituyen en jueces de los demás olvidándose mirar dentro de sí mismos! Se olvidan de la piedad y sus rostros se cierran a la ternura, se vuelven incapaces para el perdón. Por eso el Señor “toca la campana” para llamarles la atención a la razón, para que vuelvan en sí y les insiste que Dios quiere misericordia y no sacrificios, quiere salvar y no condenar; quiere volver a dar oportunidades al pecador, para que se arrepienta y viva.

El odio farisaico no es capaz de entender el corazón bondadoso de Dios y ataca sin piedad, incluso a sus conciudadanos; su puritanismo les lleva a una falsa justicia, basada en el orgullo y en el desprecio a los demás, tratándoles de seres inferiores, para ellos no hay piedad ni compasión, ni para los necesitados, ni para los desvalidos, porque ya los han condenado. También en estos casos, que parecen imposibles, habla Dios. ¡Qué lección más grande nos ha dado el Señor al apelar a la conciencia! Los acusadores se fueron juzgados y condenados y la que debía morir encontró el perdón y la bondad infinita de la misericordia divina.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

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