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Tú eres el Mesías

Queridos hermanos y amigos:

Las lecturas de este domingo son todas ellas breves pero llenas de contenido. La primera lectura del profeta Zacarías (12,10-11; 13, 1) nos anuncia lo que luego escuchamos de boca de Jesús en el evangelio (Lucas, 9,18-24): “Me mirarán a mí, a quien traspasaron”, nos dice el profeta y Jesús con palabras similares nos dice: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho… ser ejecutado”.

Un anuncio claro en ambos textos de lo que será la misión de Jesús. Él no es el Mesías que va a triunfar con la fuerza. Su mesianismo pasa por la cruz: ser traspasado, padecer, ser ejecutado. Una realidad de la fe cristiana que muchas veces nos inquieta o incomoda. Seguimos a quien ha querido salvarnos no a través del triunfo sino del fracaso.

Y Jesús no sólo anuncia para Él la cruz, además pide para todos sus discípulos que quieran seguirle que estén dispuestos a pasar también por ella: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”.

Pasar por la cruz es algo que siempre nos causa una gran dificultad, porque nuestra naturaleza y mentalidad humanas buscan siempre lo contrario, el éxito, el placer o al menos una vida sin grandes dificultades.

Pero hay una realidad que no miente en este deseo de Jesús de que pasemos por la cruz. La realidad humana está herida por el pecado original y, por lo tanto, la debilidad, el fracaso, la pobreza espiritual, son realidades de las que no podemos huir porque va siempre con nosotros. Por eso, Jesús no nos engaña ni nos miente, cuando nos invita a tomar la cruz. Él haciéndose humano, tan humano como cada uno de nosotros, asume nuestra naturaleza débil y pecadora.

Por esto la cruz se convierte, no en el fracaso, sino en la puerta hacia la vida; no en la oscuridad, sino en la luz.

Pero, más aún, Él, Jesús, que ha pasado por el fracaso de la cruz y de la muerte, ha resucitado, es decir ha vencido. Y, ésta es la gran paradoja, en cada cruz hay una semilla de resurrección y de vida, hay un camino abierto a la resurrección.

Nosotros los cristianos, como nos dice hoy S. Pablo en la segunda lectura (Gálatas, 3, 26-29) nos hemos unido a Cristo: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo”. Estar revestidos de Cristo es estar arropados por Él, o sea envueltos en Él. Nunca nos faltará ni su presencia ni su fuerza.

Jesús ha pasado por el sufrimiento y por la cruz para que sepamos que Él está en cada una de nuestras cruces y sufrimientos, que nunca estamos solos frente a la debilidad. No nos ahorra la cruz pero sí pone una fuerza en nuestra vida que sólo la fe y la esperanza puede dar.

Por ello, si frente a nuestra propia debilidad humana, no estamos revestidos de Cristo, estamos como desnudos, sin cobertura y a la intemperie frente a todas las dificultades y problemas de nuestra vida. Cuando nos revestimos de Cristo cada día, al orar, al escuchar la palabra de Dios y al celebrar los sacramentos, nos estamos haciendo conforme a la imagen del que nos creó, una transformación se da en cada uno de nosotros, una renovación en nuestra vida y en nuestro espíritu.

Hoy como Pedro en el Evangelio queremos afirmar y confesar nuestra fe: “Tú eres el Mesías de Dios”. Y todo ello a pesar de nuestras dudas o temores, de nuestras equivocaciones o desaciertos.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

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