Carta del Obispo Iglesia en España

Tres miradas al belén, por Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

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Tres miradas al belén, por Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

Una multitud inmensa de seres humanos, de cualquier edad, condición, país, cultura e incluso religión, van a mirar estos días hacia el portal de belén. El mundo global de la comunicación acercará esa imagen a hogares de todo el mundo, incluso aunque la censura ideológica lo pretendiera impedir. Seguramente muchos, de entre tantos, van a echar una mirada que les deje ver más allá de las imágenes que componen el belén. De entre esos muchos, también muchos van a percibir en el horizonte al Dios que quiso venir entre nosotros como el Niño de esa familia entrañable que forma con José y María. Pero todo irá mejor, si esa imagen navideña ha sido diseñada de tal manera que pueda reflejar lo que Dios soñó para ella en su sueño de amor eterno. Y eso sólo se consigue, a mi entender, si se pueden echar tres miradas al belén: una hacia los que lo montan, otra hacia los que lo miran y la tercera es para los que viven del belén. Acompañadme contemplando un belén en cualquier rincón de esta bendita diócesis de Plasencia en España. Miréis donde miréis, podréis contemplar “el misterio” del nacimiento en un paisaje siempre bello y singular.

¿Cómo se monta “el belén”? La mayoría de los belenistas – sean más profesionales o más aficionados -, para montar el belén acuden siempre a lo esencial de la tradición belenista; saben que, si la traicionan, se van a encontrar con la incomprensión y el desagrado de quienes lo contemplen. Da lo mismo que sea un gran belén con pretensiones de ser admirado por el gran público, o un belén familiar de esos que afortunadamente aún encontramos en abundancia en los hogares, en el que se suele hacer una catequesis de padres a hijos, y ahora también de hijos a padres; en ambos casos quienes están frente a él se quieren encontrar con la verdad de lo que se muestra, pues sólo de ese modo se ve también lo bueno y lo bello que contiene. Los belenistas saben que su referencia para el “misterio” que están montando son ante todo los diversos textos de la Sagrada Escritura, esos que le dan contenido divino a unas escenas que siempre se manifiestan tan tiernamente humanas. De ahí que sería muy deseable que, al montar el belén, esos fragmentos bíblicos se vieran reflejados con creatividad, y sin adulteración alguna. En realidad así es como se puede ver que quien montó realmente el belén no es otro que el mismo Dios y que lo hizo con una intención muy clara de su corazón: ofrecerle todo su amor a los seres humanos a través de ese Niño que todo lo llena de bondad y todo lo embellece.

¿Cómo se mira “el belén”? Un belén bien montado enriquece la sensibilidad de quien mira cada rincón del “nacimiento”, y en especial la cueva del “Misterio”. Con el belén se le dan respuestas a las preguntas que quizás nos sobrevengan al contemplar sus escenas, las que más reflejan el misterio porque hablan de Dios, y las más humanas, que seguramente están en el belén porque sin ellas no se entendería el porqué lo quiso Dios. Todas las escenas provocan una pregunta inicial: ¿Cómo pudo ser eso? Esta es una pregunta que nos es familiar; es la de María que sigue sonando, como un eco precioso de su fe, para los que miran hacia el misterio. Se trata de una pregunta para una fe al mismo tiempo cálida e inteligente. Es la pregunta que desencadena el asombro de tantos como buscan las claves del misterio de belén: ¿quién lo hizo? ¿por qué lo hizo? ¿cómo lo hizo? Se trata de ver a Dios dibujando sus sentimientos, sus deseos e incluso los detalles de cómo quiere que suceda todo en Belén de Judá. Y se trata también de ver a los seres humanos que poco a poco, en su fe, van recogiendo esos destellos que Dios les va dejando y convirtiéndolos en pepitas de oro para una vida ilusionada en el mundo. Si nos dejamos llevar por estas preguntas, nos llevarán a otra que nos desvele lo que realmente nos muestra el belén:¿Cómo pudo ser que Dios nos ame tanto para darnos a su propio Hijo, nacido del seno de una Madre Virgen y acogido en familia por el casto San José? Si entramos a fondo en esta pregunta, las demás fluirán a continuación y encontrarán respuestas en esta aproximación al misterio que miramos en el belén.

¿Cómo se vive “el belén”? Encontradas las respuestas que nos ha sugerido nuestra mirada al belén, con ellas aprenderemos a vivir de todo lo que allí hemos visto y sentido. En realidad, para hacer de la vida belén todo depende de cómo hayamos transitado por los entresijos de “la imaginación de Dios” al montar el belén. La salida del belén depende de lo visto en esa cueva humilde y pobre, en la que todo está organizado para que nuestra mirada se ponga a la altura de Dios, y así se eleve también la altura del hombre. El belén es dignidad humana. De no ser así, lo que se ve en él no tendría sentido y sólo pasaría de ser un sueño infantil. Se sale bien del belén si lo que hemos visto al visitarlo es sorprendentemente nuevo, tan nuevo como que Dios sea Niño y nos invite a hacernos como niños para alcanzar el máximo de nuestras ilusiones. Todo en el belén está encauzado hacia un cambio profundo y radical, el que suele poner Dios al hacerse hombre y de ese modo adaptarse a nuestra condición humana, pero no a nuestras torpezas. Las torpezas las transforma: “Las espadas forjarán arados y las lanzas, podaderas”. El belén nos lleva por caminos que adiestran nuestra vida para andar con un ritmo tan sorprendente como el de esta profecía, que hoy pudiera ser como estas otras: las armas dejan de matar y se ponen al servicio del desarrollo de los pueblos; los bancos dejan de acumular y se convierten en actores de una alimentación digna para todos; las grandes fortunas dejan de acaparar y se dedican a promover cultura para todos, especialmente en los países más pobres; las naciones ricas dejan de mirarse sólo a sí mismas y aseguran una sanidad universal digna; las fronteras dejan de ser muros peligrosos y se convierten en pasos de solidaridad hacia dentro y hacia fuera; la Iglesia deja de estar quieta y se convierte, como Jesús, en andariega que se acerca con el amor de Dios a todas las periferias existenciales. Sólo quien entra en el belén que Dios vino a montar a su estilo, podrá salid de él dispuesto a sembrar en el mundo las esperanzas y las alegrías del Reino. El que puede sentir ante el nacimiento la ternura de Dios, puede salir del belén dispuesto a poner ternura en la vida de los demás.

Con mi afecto y bendición. Feliz y Santa Navidad.

+ Amadeo Rodríguez Magro. Obispo de Plasencia

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