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Al abrir la puerta

Trazos I

Retornar a las calles de Madrid deja extrañas percepciones. Caminar Huertas, Gran Vía, Alcalá, Almagro o Salamanca, recorrer Princesa, los Austrias, Oriente, deambular el Retiro, Alfonso XII, Barquillo, ha sido como volver a contemplar espacios olvidados, como estrenar vistas, calles y edificios, como descubrir la ciudad de nuevo. Reestrenarla. Me gusta Madrid. Sus edificios, sus plazas, sus cruces, sus rincones, sus avenidas, sus callejones, sus calles, sus casas. Me gusta vivir en esta ciudad y aunque a veces me desespera tanto el ajetreo, como ese desierto urbano tan saturado de cosas que no deja espacio para nada más que para el vacío, a pesar de que a veces aquí golpea más la soledad de estar rodeado de millones de personas, me gusta.

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Siendo consciente que hay muchas maneras de medir la calidad de la literatura, no deja der ser una de ellas la capacidad que tiene un libro para sacarnos de nuestro mundo, para entretenernos, hacernos mirar lo que nos rodea con una sonrisa, con dulzura, con ilusión y ternura. Esa capacidad de un libro de ser un regalo de puro y simple deleite, de imaginación y amor, tiene una dimensión de agradecimiento por la que pesar también la literatura. Aunque su calidad literaria sea a veces no demasiado buena o aunque sus personajes quizás por momentos sean demasiado planos, aunque su historia pueda rozar un poco lo superficial o incluso aunque pueda abusar de ciertos tópicos demasiado comunes, aun así, un libro puede ser una maravilla… y sólo los intelectuales y los snobs con el corazón cerrado y con anteojeras prejuiciadas dirán lo contrario.

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Al fin es todo cuestión de cómo posicionarse ante la esperanza. Si nos dejamos someter al sino, a no contemplar que todo puede mejorar –no sabemos cómo, no sabemos si realmente se puede salir de esto-… o si nos sostenemos en la convicción de que hay algo más, mejor, tras lo que ahora tenemos. Vivimos de esperanza si es que vivimos. Eso debería de llevar a más, a ver el vaso siempre medio lleno, a continuar caminando, pese a todo, la oscuridad o incluso la imposibilidad de que lo que entre manos nos traemos acabe bien. A no dejar de pelear. JRR Tolkien sabía de eso y quiso contarlo llegando al final de su obra al extremo de apostar por la esperanza: la intervención de la gracia, de lo inesperado, de tal modo que justo cuando todo está a punto de acabar mal, termina bien.

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Nos da una extraña seguridad el que se mantengan algunos ritos inamovibles, algunas claves de siempre y –esperemos- por siempre capaces de preservar algo de lo mejor que tenemos. Por eso creo que me irritan profundamente cuando hay cambios de ciertas de esas pequeñas cosas que olvidan mantener las cosas como fueron. Y no tiene que ver con una idea de seguridad vacía o autocomplaciente o egoísta o defensiva el conservar. Es la seguridad que tiene que ver con la conciencia de que mientras se continúen según qué cosas, habrá esperanza de que el mundo guarde lo mejor que tiene y así siempre quede la posibilidad de la mejora, pese al propio mundo. Tiene que ver conservar con reconocer su valor, su importancia, su sentido, con guardar la memoria a cómo eran antes para quienes nos las dejaron y que –parece ellos sí- sabían por qué se hacían las cosas como se hacían: porque algunas cosas hacen mejores a las personas y a las sociedades.

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Por los retruécanos de la vida me encuentro celebrando la Presentación del Señor en un ambiente distinto al habitual, como simple pueblo fiel. Mi emoción es encontrada, mis sentimientos diversos, mi percepción escindida. Hay algo de verdad profunda y real en el canto, la liturgia cuidada, las inclinaciones, los gestos, las velas encendidas con llamas tenues, en la emoción y el espíritu reconcentrado, en los hábitos a medias antiguos y a medias demasiado modernos. La homilía, ni mala ni buena, es sugerente, quizás algo superficial, orientando a ser hombres de espíritu. Ahí me resuena. Es un ambiente etéreo, espiritual… y ahí quizás comienza la duda. Quizás lo sea en demasía. Ahí la de arena. Emotividad, falta de razón, apelar a las sensaciones, a la imaginación más romántica, vivir en lo carismático de modo perpetuo, en voluntad de apertura trascendente siempre… olvida la realidad del tiempo y del mundo. Falta ahí el poso del tiempo. La juventud y la edad pueden ser leídas ambas como fases de carestía. En una falta carne, arrugas, tiempo. En otra quizás, falte espíritu, lozanía. En una echamos de menos la prudencia, en otra quizás el empuje.



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