Editorial Revista Ecclesia
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Opinión

Tras sus declaraciones, y antes y después, con el Papa, sumario Ecclesia

Con una extraordinaria difusión y hasta un inmenso revuelo, han sido acogidas las declaraciones del Papa Francisco a diecisiete revistas de la Compañía de Jesús (páginas 34 y 35). La gran mayoría de la opinión pública y de la comunidad católica las han recibido con satisfacción y esperanza. Pero sería absurdo negar que en otros sectores eclesiales ha cundido el desconcierto, la preocupación y hasta la crítica. Estas declaraciones del Santo Padre, que son muy notables y significativas, no son, con todo, nuevas, ni tan sorprendentes e inesperadas. Buena parte de sus respuestas son reiteración y ampliación a lo que ya dijo a los periodistas en el avión de regreso de la JMJ 2013 Río (ECCLESIA, número 3.686/87, páginas 52 a 54). Y otra buena parte, las hemos podido ver, conocer e intuir ya siguiendo de cerca su ministerio papal. Y ello sin minusvalorar el alcance de esta última entrevista y  las claves y  pistas de futuro inmediato que de ella se derivan.

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Asimismo es importante subrayar, desde la fidelidad a la letra y al espíritu de la entrevista, que Francisco en absoluto cuestiona la validez de la doctrina de la Iglesia sobre el aborto, el matrimonio, la sexualidad o el sacerdocio ministerial y la mujer. Francisco no ha dicho que no se hable nunca del aborto, sino que no se hable siempre… Francisco no ha dicho que el sacerdocio ministerial se ha de abrir a las mujeres, sino que hay que contar más con ellas para la toma de decisiones, que es preciso elaborar una teología de la mujer, que se ha de reflexionar sobre su papel y potenciarlo. Francisco no ha dicho sí al divorcio, ni que los divorciados que han contraído nuevas nupcias puedan recibir la comunión, sino que hay que acompañarlos, escucharlos, integrarlos y repensar la pastoral del matrimonio y las mismas causas y procesos de validez o nulidad matrimonial. Francisco, que ha dicho, en contexto suficientemente explicado y bien inteligible, que jamás fue derechas, tampoco ha dicho que sea de izquierdas o de centro… Y así sucesivamente.

Las claves correctas, a nuestro juicio, para la lectura de las declaraciones se sitúan, pues, no en presuntos anuncios de novedades en lo dogmático, sino en la espiritualidad y en la pastoral, en el discernimiento y en la conversión pastoral. Un discernimiento en orden a la misión, la verdadera y más acuciante preocupación del Papa, una misión que solo será fructífera desde la conversión pastoral (ECCLESIA, números 3.688/89, página 5).

Desde estos principios, las declaraciones de Francisco hay que recibirlas gozosamente como un nuevo y elocuente testimonio de la calidad de su humanidad, de la hondura de su espiritualidad y de la sagacidad de su corazón de pastor. De ellas se deduce su gran libertad de espíritu, su radicalidad evangélica y su apuesta por una profunda renovación. La renovación que el Papa quiere –y que él, en primera persona, practica con el ejemplo- es, sí, la conversión pastoral y la reforma, en primer lugar, de las actitudes. Es consciente de que la sociedad se halla no en una época de cambios, sino en un cambio de época y que ello requiere una Iglesia más fresca, más cercana, más colegial, más humilde, más abierta,  en suma, al soplo del Espíritu y de los signos de los tiempos. Una Iglesia que busque caminos nuevos, sin que esto, en absoluto, signifique hacer “borrón y cuenta nueva” con el pasado; una Iglesia cuyo único Señor sea Jesucristo y no los poderes, los modos y las ideologías del mundo.

Francisco no va contra nadie, ni contra nada. No es hombre ni pastor de rupturas ni de disensos, sino de comunión y de inclusión. Reclama el primado de la misericordia. Quiere una Iglesia servidora, misionera y samaritana. Y pide un renovado esfuerzo, valeroso y audaz, para proponer el Evangelio en positivo, con un lenguaje de palabras, de obras y de gestos asequible y comprensible, avalado por la autenticidad de una vida según el Evangelio.

Y ante todo ello, ¿cómo no dejarnos interpelar? ¿Cómo cerrarnos a lo que de gracia, y de profecía tienen sus palabras? ¿Cómo dejar que sean otros quienes pretendan apropiarse de su figura y de su mensaje y manipularlos? No podemos, ni por asomo, tener miedo o recelo al Papa. Jamás. Y menos aún si somos de “casa”… Él es Pedro y no unos u otros.

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