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Traditionis custodes: La búsqueda de la unidad y comunión

El pasado viernes, 16 de julio, se hizo pública la carta apostólica en forma de motu proprio del Papa Francisco que lleva por título Traditionis custodes, que modifica la regulación sobre el uso de la liturgia romana anterior a 1970, la denominada hasta ahora «forma extraordinaria» del Rito Romano.

Esta regulación había sido establecida por san Juan Pablo II, especialmente con el motu proprio Ecclesia Dei (1988), motivado ante todo por el deseo de reintegrar en la unidad de la Iglesia a los seguidores de Marcel Lefebvre, rota tras la ordenación ilícita de cuatro obispos sin mandato apostólico, y más ampliamente por Benedicto XVI con el Summorum Pontificum (2007), con el que se regulaba amplia y generosamente en la Iglesia de Rito Romano el uso de la liturgia anterior a 1970.

Junto con el motu proprio se ha publicado también una carta que lo acompaña, dirigida por el Santo Padre a los obispos de todo el mundo como presentación del mismo.

La decisión del Papa contenida en el documento, tomada tras haberse realizado una consulta al episcopado mundial, responde, según sus propias palabras, a una situación «que le apena y preocupa». No es por tanto una decisión fácil y no estará exenta de cierta polémica.

Corremos el grave riesgo de interpretar el motu proprio y la carta desde el sesgo ideológico de posiciones prefijadas de antemano. Quien así lo haga no solo cercenará el contenido y la intención del documento, sino que cerrará el camino a su adecuada recepción y actuación. Esta «ideología» la encontramos, por ejemplo, en algunos que defienden acérrimamente la validez y oportunidad hoy de la misa celebrada con el Misal de 1962. Muchos, por ejemplo, llaman «liturgia tradicional» o «misa de siempre» a su forma de celebrar, en contraposición con el novus ordo, que sería la denominación un tanto peyorativa de la liturgia reformada por el Concilio Vaticano II, como si ésta fuese un invento —tachado a veces de masónico o protestantizante— sin nada que ver con la Tradición.

Pero también encontramos que esa «ideología» se manifiesta, por parte de cristianos que celebran según la forma ordinaria del Rito Romano, en el desprecio o ridiculización de la liturgia anterior al Concilio, banalizando el tema y reduciéndolo a celebrar o no en latín o de cara al pueblo o de espaldas a él, sin plantearse el por qué personas que no conocieron aquella liturgia ahora se sienten atraídos por ella.

La reflexión sobre Traditionis custodes ha de partir de una adecuada comprensión de lo que la liturgia es. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II no fue un capricho, ni surgió espontáneamente. Fue madurándose desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX por el «movimiento litúrgico».  Los estudiosos y pastores que formaron parte de él detectaron puntos débiles en la forma de vivir la liturgia en los últimos siglos: el rubricismo —reducir la liturgia solo a su aspecto exterior, a los ritos y ceremonias—, el clericalismo —considerarla algo casi exclusivo del sacerdote— y la falta de participación del pueblo, que asistía a la celebración como un espectador mudo.

Obviamente esta forma de celebrar había ayudado a tantísimos cristianos y había dado gran cantidad de santos, pero eso no significa que tuviese que ser inmutable e inamovible en sus ritos y rúbricas, o que esos defectos, adquiridos con el paso de los siglos, no fuesen relevantes. Las aspiraciones del «movimiento litúrgico» fueron acogidas y encauzadas por el Papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei (1947) y se plasmaron en la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia (1963) y en la reforma litúrgica que, auspiciada por ella, vendría inmediatamente después, cuyo fruto más grande fue el Misal Romano de 1970.

Sacrosanctum Concilium nos enseña que para entender, y vivir, la liturgia hemos de partir de su naturaleza teológica: la liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo donde, por medio de signos sensibles, se realiza la glorificación de Dios y la salvación del hombre, porque Cristo está presente en ella. Si esto es así, si la liturgia es ante todo el encuentro personal y comunitario con Cristo, es absolutamente urgente que no solo el sacerdote que preside, sino que toda la asamblea, pueda participar en ella activa, consciente y fructuosamente. Para ello era necesaria una reforma de los ritos, que en ningún modo implicó ruptura con lo anterior, y que estaba regida por esa preocupación pastoral y espiritual.

Por tanto, si queremos entender bien lo que nos dice el motu proprio de Francisco, tenemos que movernos en esos ámbitos: teológico, pastoral, ritual y espiritual.

Esta me parece una clave de lectura fundamental, porque ni san Juan Pablo II en su momento, ni Benedicto XVI ni ahora Francisco hablan solamente de ritos y celebraciones litúrgicas. Corremos el riesgo de reducir todo a lo meramente estético, a lo exclusivamente exterior. Como se puede leer claramente a lo largo de las páginas del motu proprio y de la carta, el Papa afirma que su intención es la de fomentar la unidad y la comunión de la Iglesia, tal como hicieron sus dos inmediatos antecesores. San Juan Pablo II lo intentó con el movimiento cismático de Lefebvre, pero el problema no encontró solución solamente con el indulto para celebrar la misa con el Misal anterior, porque el problema era eclesiológico: se negaba la validez del Concilio Vaticano II y de la reforma litúrgica y, por ende, la autoridad del Papa. Benedicto XVI insistió en el intento, no dirigido ya exclusivamente al movimiento lefebvriano, sino a todos los fieles que se sintiesen apegados a las formas litúrgicas anteriores al Concilio, estableciendo y regulando ampliamente la «forma extraordinaria» del Rito Romano, y confiando en la rectitud de las motivaciones de los fieles para celebrar así su fe.

Ahora el Papa Francisco, después de la consulta a los obispos, constata una situación grave a la que hay que dar respuesta.

Hay muchos casos —gracias a Dios, no todos, ni siquiera la mayoría—, en los que quienes celebran según la «forma extraordinaria» utilizan ésta no como un elemento para fomentar la comunión, según el deseo de Benedicto XVI en Summorum Pontificum, sino como una suerte de bandera que amenaza con herir la unidad de la Iglesia, rechazando la liturgia reformada por el Concilio Vaticano II y muchas veces el Concilio mismo, menoscabando así la autoridad y el ministerio del Papa.

Si el ministerio petrino es ante todo un servicio a la unidad y la comunión de la Iglesia, parece claro que era necesario intervenir, aunque esto pueda resultar doloroso.

Sin duda el problema más grave que se plantea es este, aunque se podrían señalar otros en los que el motu proprio no entra, como el hecho de que en algunos casos, incluyendo ejemplos de sacerdotes, se opte por este tipo de celebraciones por motivaciones puramente estéticas o meramente por capricho o vanidad. Con todo, no se trata de buscar buenos o malos, o señalar a nadie, sino de cuidar la unidad de la Iglesia, donde caben sin duda sensibilidades diversas.

En todo caso el Papa plantea algo muy sensato, cuando dice que «quienes deseen celebrar con devoción según la forma litúrgica anterior no encontrarán dificultad en encontrar en el Misal Romano, reformado según la mente del Concilio Vaticano II, todos los elementos del Rito Romano». Y es que, como ya se ha dicho, no estamos hablando de dos Ritos distintos, antiguo y nuevo, sino de un único Rito que ha sido reformado con unos criterios teológicos y pastorales a la luz de la Tradición bimilenaria de la Iglesia. La inmensa mayor parte de los textos y ritos del Misal de 1962 están en el de 1970, 1975, 2008, y no hay duda alguna de que lo que muchos buscan en la liturgia anterior al Concilio lo pueden encontrar, sin mayor problema, en el Rito Romano actual, incluyendo la celebración en latín o la disposición coram Deo del celebrante en el altar.

La decisión del Papa en el motu proprio es doble. Por una parte, se afirma que la única expresión de la lex orandi en el Rito Romano, el modo en que el misterio de la fe es celebrado, son los libros litúrgicos promulgados por San Pablo VI y San Juan Pablo II (art. 1). No hay por tanto ya una «forma extraordinaria» del Rito Romano sino una forma única, a la que todos deberían converger. Ese es el horizonte último, a medio y largo plazo.

La segunda decisión es que respecto a la pervivencia de la celebración litúrgica según los libros anteriores a 1970, sean los obispos diocesanos quienes disciernan cada caso concreto a partir de unas orientaciones, contenidas en los artículos 3 al 8. Estos artículos se refieren en primer lugar a los grupos, coetus fidelium, como les llamaba Summorum Pontificum, que ya celebran según el Misal anterior. Se les pide ante todo fidelidad a la Iglesia (art. 3.1) y se invita a los obispos a regular el lugar —desvinculándolos de las parroquias—, los días, el sacerdote que los acompañe, el tema de las parroquias personales que se han constituido para estos grupos, etc. Pide (art. 3,5) que no se creen nuevos grupos, en aras de esa reintegración de todos los fieles en el único Rito Romano. Luego se habla de los sacerdotes, que han de pedir el permiso al obispo, reservando la consulta a la Sede Apostólica para los que se ordenen después de la promulgación de Traditionis custodes, y de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, que por haberse fundado teniendo en sus constituciones la celebración según la «forma extraordinaria» dependían de la comisión Ecclesia Dei y que ahora pasan a la jurisdicción ordinaria de la Congregación correspondiente.

¿Cómo concluir esta breve reflexión? Hay que decir que la decisión del Papa no debe de haber sido sencilla. Sin duda ha supuesto un largo discernimiento y no habrá estado exenta de sufrimiento y dolor.

Muchas veces se acusa a la liturgia reformada por el Concilio de haber fomentado excentricidades y abusos, de celebrarse mal en muchos casos y de haber perdido el sentido del Misterio. Independientemente de lo justo o no de estas afirmaciones, es evidente que tenemos que celebrar cada vez mejor. Tenemos los libros de la reforma litúrgica, pero hemos de avanzar decididamente al horizonte último que pidió Sacrosanctum Concilium: una auténtica «renovación litúrgica».

Por todo esto pienso que cabe pedir al Santo Padre una cosa: ¡Qué estupendo sería, como complemento a este motu proprio, poder disponer de otros documentos que nos ayuden a un renovado ars celebrandi del Rito Romano, para descubrir cada vez más la belleza de la celebración, que no es solamente externa, sino que es la belleza del Misterio que se hace presente!

Por parte de la Comisión Episcopal para la Liturgia de la Conferencia Episcopal Española, de la que me honro ser el director de su secretariado, seguiremos colaborando con los obispos y las diócesis en lo que esté en nuestra mano para que ese ideal de celebración se vaya plasmando cada vez más en nuestras diócesis, parroquias y comunidades.

 

Ramón Navarro Gómez

Director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia



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