Carta del Obispo

Toledo – Homilía apertura de curso I.T. San Ildefonso 2013

Braulio

Querido Obispo Auxiliar, Magnífico Sr. Rector de la Universidad eclesiástica San Dámaso, Profesores de nuestros Institutos, Rectores de nuestros Seminarios y de otros centros de formación sacerdotal, Formadores y alumnos, autoridades que han querido estar esta mañana en esta Inauguración del curso escolar 2013-2014: un saludo agradecido para todos.

Hace muy pocos días que celebramos la ordenación episcopal de D. Ángel, antiguo alumno que aquí vivió y estudió formándose para su servicio sacerdotal. A la vez que le felicitamos a él, damos gracias al Señor por la existencia del Seminario, que ha formado a tantos sacerdotes en estos últimos cuarenta años y a no pocos obispos. Tengamos también una mirada agradecida al antiguo Estudio Teológico, hoy convertido en dos Institutos: el Teológico “San Ildefonso” y el Superior de Ciencias religiosas “Santa María de Toledo”. En ellos se reflexiona sobre el don de la fe, se profundiza en la Palabra de Dios y en las ciencias humanas al servicio de la tradición de la Iglesia Católica. Algo muy necesario para que haya buenos pastores y fieles laicos y religiosos bien formados. El Instituto Teológico estrena además nuevo Director. Agradecemos a D. Francisco María Fernández Jiménez su aceptación de una tarea apasionante pero que lleva su complejidad y su dedicación.

Hace 40 años que el Cardenal Marcelo González Martín escribió una larga y vital carta pastoral, Un Seminario nuevo y libre. Documento sumamente importante para esta Iglesia de Toledo, no sólo para el Seminario Mayor y Menor en aquella coyuntura histórica de 1973, época de recepción del Concilio Vaticano II, y época igualmente de algunas interpretaciones, respecto a la vida y formación de los Seminarios, altamente confusas. La clarividencia y el amor a la Iglesia de Don Marcelo hicieron frente con valentía a tales puntos de vista sobre cómo había de ser el Seminario diocesano. Todos sabemos las beneficiosas consecuencias para esta Diócesis de esta carta pastoral y, me atrevo, a decir, para la Iglesia en España.

La lectura de esta carta es provechosa sin duda para todos. Es verdad, “el porvenir de una diócesis depende en gran parte del seminario diocesano”. Tampoco pretendo negar, con esta afirmación de D. Marcelo, como él indicaba, la existencia ni el valor de otros recursos activos en personas, movimientos apostólicos, vida consagrada y fieles laicos que, suscitados y renovados continuamente por el Espíritu Santo en el seno de la comunidad eclesial, están contribuyendo a despertar y mantener la vida cristiana. La Jornada de inicio de curso así lo ha mostrado.

Pero aquí estamos hablando del sacerdocio de Cristo, perpetuado ministerialmente por hombres elegidos por Dios, que tiene el poder y la facultad de redimir a la humanidad, de hacer posible el Reino de Dios. Conozco las tremendas dificultades de tantas diócesis sin vocaciones y sin sacerdotes, que tanto inciden en la vitalidad de fe de las comunidades cristianas. “El Seminario es la institución, el lugar, el tiempo, el método, todo a la vez, que la Iglesia utiliza para que siga habiendo sacerdotes (…), porque los sacerdotes no nacen, se hacen. Hay que prepararlos y formarlos como la Iglesia lo pide y lo dispone”. Son palabras de D. Marcelo. Aquí quiero pediros que os esforcéis, nos esforcemos todos con denuedo por mantener el ambiente vocacional para el sacerdocio que existe en Toledo. Quiera Dios que sea el mismo respecto a la vocación religiosa femenina, sobre todo para la vida contemplativa.

Para ello es preciso que no olvidemos en nuestro apostolado como miembros del Pueblo de Dios lo que significa Eucaristía, pecado, Penitencia, mediación de Cristo, pero también virtud, vida eterna, ley moral, conciencia, sacramentos. Si todas estas realidades salvíficas no existen en nuestras parroquias, será más difícil que después florezcan en la comunidad del Seminario. Gracias a Dios, en nuestros Seminarios no existe el desbarajuste doctrinal, disciplinar y moral que mi generación sufrió en los años de formación. Los seminaristas necesitan, en efecto, el equilibrio que se da cuando las enseñanzas teológicas son seguras, se presentan las distintas dimensiones de la formación sacerdotal de modo claro, se atiende personalmente a cada seminarista en su camino de madurez, superando dificultades, de modo que se entusiasme uno con seguir a Cristo sacerdote. La comunidad del Seminario debe vivir generosamente según el Evangelio, donde la exigencia cotidiana despierte la fe y mantenga un alto nivel de amor de Dios, a su Iglesia y a sus fieles.

No estoy hablando de disciplina rígida, de uniformismo, de aislamiento del resto de la Diócesis y la sociedad en la que vivimos, ni tampoco de despersonalización. Se trata de que haya seminaristas libres en sus opciones, maduramente responsables, dispuestos a participar en la marcha del Seminario, dotados de sentido sanamente crítico, hombres de fe y de amor al mundo en el que tendrán que trabajar mañana, capaces de iniciativas generosas, no alejados de los hombres y mujeres y a la vez centrados en Dios, viviendo con profundo amor el misterio de la Iglesia. Todo lo cual exige, como notaba D. Marcelo el 1973, una gran fidelidad al Magisterio instituido por Cristo para conservar la fe, y defender sobre todo la de los más pequeños, la estructuración unificada de la enseñanza que se da en el Instituto, una idea muy clara de lo que es el trabajo teológico y las fuentes del mismo, sin confundir lo esencial con las cuestiones discutidas, y una sólida formación histórica.

No hace falta que yo insista en el ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad que no puede separarse de la oración personal y litúrgica, la lectio divina y las sólidas prácticas de piedad. La dimensión espiritual de los seminaristas es sumamente importante y debe estar presente en las otras dimensiones de la formación. La gama grande de diferentes espiritualidades que tiene la Iglesia deben ser conocidas; también las distintas sensibilidades espirituales legítimas. Debo afirmar, no obstante, que el sacerdote y, por ello, el seminarista, han de conocer y vivir ante todo la espiritualidad bíblica y litúrgica, pues si faltaran éstas, algo no va bien. No se trata de saber mucha liturgia, que también, ni ser exegeta de altura, algo muy importante, ni celebrar en esta aquella forma el Rito Romano, o el Rito Hispano-Mozárabe, sino en saber y experimentar que el misterio de la Revelación de Dios se hace hoy en nuestra vida cotidiana como eterna novedad.

Quería D. Marcelo, y yo también hoy, que los sacerdotes que trabajan en los Seminarios, Rectores, formadores y profesores, aprecien que se benefician ellos mismos de su tarea; pero también que aportan a toda la Diócesis, con su estudio y su dedicación, influencias positivas de toda índole. En ese ambiente vocacional del antes hablaba, la presencia del Seminario, con la participación visible pero sobria de los alumnos en tantos aspectos de la vida diocesana, pienso que hace bien a los sacerdotes y a los fieles, y es motivo de alegría y esperanza. Si cada vez deseamos ser más una familia diocesana, es un don precioso la confianza y la unión del pasado y el futuro. Sólo cuando se pierde la conciencia de la continuidad de la Iglesia se comprende lo que se ha perdido.

Estamos a 50 años de la finalización del Concilio Vaticano II. Yo deseo para nuestro Seminario la novedad de ese acontecimiento de gracia. Esta novedad consiste ante todo en el espíritu de una formación de cara a la Iglesia y al mundo, pues el Espíritu Santo ha querido un aliento vital, una actitud nueva de alma y corazón. Don Marcelo hacía una comparación: “<El Concilio> nos ha invitado a dar un salto y a situarnos en un nuevo Sinaí, donde no dejan de existir las Tablas de la Ley, pero desde el que es más fácil, después de haber gozado de la conversación con Dios, tal como es, caminar en busca del pueblo sin romper con ira las tablas recibidas”.

Hay que formar sacerdotes para tiempos diferentes, con ese espíritu que pidió el Concilio: una dosis mayor de vida interior, de reflexión intelectual, de dominio de sí mismo, de amor a la Iglesia, de capacidad pastoral, de respeto a los hombres, a las demás confesiones religiosas, a los valores humanos, al trabajo por el bien común. Nuestro Seminario debe ser nuevo y libre por el amor vivo a Cristo y su Cruz, “a la oración que transforma la conciencia, a la Iglesia santa de Dios, a lo que hay de virtud en la obediencia, al silencio, al trabajo; nuevo por el sentido de caridad fraterna que debe reinar en cuantos formen la comunidad del mismo, con la debida participación de todos, conquistada cada día mediante un comportamiento digno y sin que la autoridad de los superiores, y particularmente el Rector, pierda sus atribuciones, nuevo en cuanto a la disposición de espíritu con que deben acercarse al sacerdocio los que quieran recibirlo…”.

Estoy citando de nuevo la providencial carta pastoral del Cardenal Marcelo González Martín. Aquí casi acaban mis palabras, aunque podríamos seguir extrayendo muchas otras lecciones de tan importante documento. Apenas he hecho mención al curso académico, al casi un año que hemos estado sin Director, aunque tanto la Comisión de gobierno y el Director en funciones como la Junta del Instituto no haya abandonado su trabajo. Sr. Rector Magnífico, diga al Gran Canciller de la Universidad San Dámaso que seguimos trabajando con dedicación, esfuerzo y amor a la Iglesia.

Pedimos al Paráclito que nos dé cada más amor a la Palabra de Dios, al estudio de la Teología y a los distintos estudios, para servir más y mejor a los fieles cristianos, que esperan siempre sacerdotes santos y virtuosos y también religiosos/as y fieles laicos capaces de dar razón de nuestra fe por lo que reciben en el Instituto Teológico “San Ildefonso” y en el de Ciencias Religiosas “Santa María de Toledo”. Pido a Jesucristo que su vida y su sacerdocio sigan ejerciendo un inmenso atractivo en los corazones más generosos. Nunca se hace viejo y caduco un misterio tan rico como el que en él se encierra. La misión de Jesús continúa: sólo necesita corazones grandes y una fidelidad como la de María, Madre del Señor. Con ella oramos al Espíritu en la Iglesia Santa.

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