Tiempo de caminar

Todos tienen derecho a criticar

Cuando empecé mis prácticas de becaria en la radio, fue una de las primeras cosas que me enseñaron: nadie te va a felicitar por lo bien que has locutado una noticia, pero como te equivoques en un dato, no pararán de sonar los teléfonos. Una máxima que funciona el 100 % de las veces.

Aplicado a la vida fuera de las ondas, pasa exactamente igual. Todo el mundo tiene derecho a corregirte. Todos saben de todo. Todos tienen la razón y tú no. Porque todos saben que podrían hacerlo mucho mejor que tú. Y si eres periodista, con mayor razón, porque de todos es sabido que es una profesión que puede hacer cualquiera que tenga un móvil y una cuenta de Twitter.

El mundo de la crítica sin fin es algo que me supera. Sobre todo, si proviene de quien o quienes deberían remar en la misma dirección que aquellos a quienes critican. Hay quien vive instalado en el gusto de buscarle la puntilla a todo, regodeándose en los fallos ajenos sin ni siquiera ver los propios. Lo de la viga y la paja llevado al extremo. Y creamos entornos llenos de negatividad, donde sólo se focaliza lo negativo del contrario, pero no se aporta absolutamente nada que nos haga crecer, avanzar, superarnos.

Cierto es que no todas las críticas son destructivas. De hecho, una obra de misericordia es concretamente corregir al que yerra. Una corrección constructiva nos hace no sólo más humanos, sino que nos permite tener la capacidad de mejorar. Y, si está hecha con amabilidad y cercanía, es una corrección que se agradece. “La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad, atención hacia quien ha cometido una culpa, evitando que las palabras puedan herir y matar al hermano. Porque ¡también las palabras matan!”, apunta el Papa Francisco (Ángelus, 8 de septiembre de 2014).

Por eso, el Evangelio de Mateo nos da la clave para que las críticas no sean hirientes: “Ve y hazlo en privado”. Dar publicidad a través de las redes sociales, por ejemplo, a fallos que puedan haber cometido otros, incluso quienes están más cerca de ti, no es precisamente apuntar detalles para mejorar, sino para quedar por encima del otro. Eso no es misericordia, sino prepotencia.

Tengo la sensación de que muchas veces se nos llena la boca de hablar de comunión y fraternidad, pero justamente tiramos por caminos contrarios, sin importar por encima de quién pisamos. Quizá deberíamos plantearnos antes de hablar o escribir si aquello que señalamos va a aportar algo bueno de verdad, si es necesario que todo el mundo vea las fallas de los demás; únicamente las fallas. Pero, sobre todo, deberíamos plantearnos en serio el respeto verdadero por el esfuerzo y el trabajo de quienes señalamos a veces injustamente con dedos acusadores sin importarnos quién puede estar mirando. Porque sí, las palabras matan. Y las críticas gratuitas también.

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