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Todos los Santos. Los himnos litúrgicos de la solemnidad: fray Luis de León y Bécquer

En la fiesta de Todos los Santos, la Iglesia quiere invocar y solemnizar a todos aquellos que gozan de la vida eterna en el cielo, aunque no estén formalmente canonizados. Los santos son los hijos de Dios que han alcanzado la meta y que viven esa condición de bienaventuranza expresada en el discurso de la montaña (Mt 5, 1-12). Y son también los que acompañan en el camino a los que queremos hacer de la imitatio Christi nuestro estilo de vida. Fray Luis de León, siendo poeta, siempre permanece con los pies en esta baja tierra, nostálgico de vuelo más alto. Así, sus versos son siempre humanos, comprensibles para un simple mortal. A fray Luis lo entendemos, hasta podemos identificarnos con él muchas veces: era un hombre, asediado por las adversidades mundanas intentando elevarse a esferas espirituales más serenas. Y así lo sentimos cerca.

La poesía de fray Luis fue producto de su madurez, es decir, entre los cuarenta y los cincuenta y pocos años.

Gustavo Adolfo Bécquer, en su poema A todos los santos, nos recuerda el uso popular de las letanías de los santos. A finales del siglo VIII se empezó a celebrar la solemnidad, por tanto en la Iglesia latina esta fiesta tiene un origen medieval. En esta corriente compone el poeta romántico este poema que ha entrado a formar parte de la Liturgia de las horas.

Himno de Vísperas: Fray Luis de León, Cuando contemplo el cielo

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
Loarte y digo al fin con voz doliente

En los versos 1-10 el poeta describe la noche estrellada que despierta su emoción y lo impulsa a prorrumpir con «voz doliente». Se refiere a una situación repetida («cuando contemplo» y «miro», es decir, «siempre que contemplo»). Las dos acciones («contemplo el cielo» y «miro hacia el suelo») las resume en tres mociones propias de un poeta («el ansia», «el llanto» y «la palabra») transmitidas a «Olarte», que aparece en vocativo. Se trata de una conversación de un yo a un tú. Cuando ya se ha creado un clima donde brota la confidencia, desaparecen los personajes. Ambos quedan sumidos en «la voz doliente», que en adelante será la única protagonista que dé voz a todos los hombres («el alma», «el hombre»). En los versos siguientes no aparece ninguna primera persona, muy patente en «contemplo», «miro» y «digo». En ellas se percibe una cierta despersonalización, al escribir «los ojos» y no «mis ojos».

Al tiempo que introducen la situación emocional, presentan el tema fundamental de la oda: la oposición «cielo» y «suelo», que implica una serie de estructuras binarias:

Cielo-adornado-de luces
Suelo-rodeado-de noche
Suelo-sepultado-en sueño
Suelo-sepultado-en olvido

La serie negativa (la de «suelo») está más desarrollada en progresión creciente («rodeado»-«sepultado»; «noche-sueño-olvido»). Los extremos aparecen en el verso 6: «amor» y «pena» (amor al cielo; pena del suelo), y en los versos 7-10: «ansia ardiente» y «voz doliente».

La segunda lira se le asemeja bastante. El «amor» genera un «ansia ardiente»; la «pena» se desata en «voz doliente», y, fruto del conflicto, sitúa en el centro de la estrofa el «llanto» impotente. El poeta, entre el «amor» y la «pena», entre el «cielo» y el «suelo», queda reducido a esa «voz doliente» que discurre, entre emoción y reflexión, a lo largo de toda la oda.

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, escura?
¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que, de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?

La voz, extasiada por la contemplación, acude al cielo (=«morada de grandeza, templo de claridad y hermosura») y desde la tierra («esta cárcel baja, escura») cuestiona las causas por las que el alma, forjada en y para la «alteza», lucha en la bajura del «suelo». Evoca el paraíso perdido con el pretérito: «que a tu alteza nació», única forma verbal que emplea. Los campos semánticos positivos y negativos continúan, respectivamente. El referente a «cielo»: «morada de grandeza, claridad, hermosura, alteza, verdad, bien divino»; y el encabezado por «cárcel»: «baja, escura, aleja, olvidado, perdido, vana sombra, bien fingido». Llama la atención la oposición: «morada-templo» y «cárcel», «bien divino» y «bien fingido», «verdad» y «sombra vana». A continuación, presenta dos versos interrogativos paralelos, pero el segundo lo pone con una progresión creciente:

¿qué desventura–tiene–el alma–
(desde tu alteza)–en cárcel?
¿qué desatino–aleja–el sentido–
de la verdad–en sombra?

Fray Luis hábilmente ha colocado en el verso 19, dos actitudes del alma que chocan entre sí: «olvidado y perdido» (olvidado de lo positivo; perdido en lo negativo).

Hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando;
y, con paso callado,
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.

El «alma» y el «sentido» quedan fundidos en «el hombre» (verso 21), sujeto de «desventura» y «mortal desatino». Puesto que «el hombre» es «el alma» en el «suelo», la oposición sigue siendo «hombre»–«cielo». Fray Luis vuelve a repetir el paralelismo: el hombre-entregado al sueño–no cuidando de su suerte el cielo–con paso callado, vueltas dando–hurtando horas del vivir. Las dos notas que acompañaban a «suelo»: «sueño y «olvido» (v. 5), siguen presentes: «olvidado» en el v. 19; «sueño» en el v. 22. El «hombre» «rodeado de noche» no cuida de su suerte; la alta esfera, el «cielo», gira lento y seguro.

¡Oh, despertad, mortales!
Mirad con atención en vuestro daño.
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?
¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

La «voz» se agita impetuosa. Su llamada se dirige al hombre, a los «mortales»; y le conmina a un cambio de actitud. Lo afectivo aparece en las interjecciones del comienzo: «Oh», «Ay». Y la mayor conminación se encuentra en los tres imperativos: «despertad», «mirad», «levantad». El primero («despertad») se opone a «está entregado al sueño» (vv. 21-22); el de «mirad con atención» al del verso 22 («de su suerte no cuidando»). Parece que, para justificar esta grave advertencia, la «voz» explica el «daño» que amenaza a los «mortales» en «las almas inmortales». La coincidencia en la rima aumenta aún más el contraste entre ambos términos (el vocativo a quien se apela, «mortales», y lo celeste del hombre, «almas inmortales», «hechas a bien tamaño», es decir, para un bien grande como es el «bien divino» del v. 18). La oposición de los vv. 18-20 («bien divino»–«bien fingido») se recoge aquí en «bien tamaño» y las «sombras» y el «engaño» (v. 29-30). Los vv. 31-32 resumen la consecuencia tan favorable que le aguarda al hombre si se cumple lo aconsejado.

Entre las dos partes de la lira hay una diferencia importante. En la primera, el punto de vista, es la mirada al «cielo» desde el «suelo»; en la segunda, dirigiéndose a los «mortales», se les invita a dirigir los ojos al «cielo», hablando desde la «esfera celestial», incluyendo la primera persona («a aquesta celestial eterna esfera» del v. 32). Y lo contrario, fray Luis sitúa «suelo» y «hombre mortal» lo sitúa en el ámbito de esos a los que se quiere interpelar: «burlaréis los antojos de aquesa lisonjera vida» («aquesa» y no «aquesta»).

Himno de Laudes: Gustavo Adolfo Bécquer, Patriarcas que fuisteis la semilla

Gustavo Adolfo Bécquer entregó al editor Francisco Javier Sarmiento el poema-oración «A todos los santos, letanía para los vivos y los muertos», a finales de 1867 o principios de 1868. Un poema que apareció insertado en la obra conjunta: Cantos del Cristianismo. Devocionario de la infancia y álbum religioso, un libro que salió a la venta a finales de marzo en Madrid. Pero el poema no se incluyó en las Obras de Bécquer hasta la quinta edición de 1898. Resultaba difícil publicar un poema, que apareció en un devocionario para niños, en una colección donde predominaba la poesía profana, centrada en el arte y en el amor. Las invocaciones a los santos y una repetida petición de perdón son la trama con que Bécquer teje un poema de amor religioso.

Como fuente de inspiración Gustavo Adolfo tiene la oración litánica que conoce en la popular Letanía de los Santos, muy difundida en la liturgia católica. Era una oración dirigida a los santos para que intercedan ante Dios en nuestro favor. Este tipo de letanías presenta a los santos divididos en series. En la clásica de la Liturgia romana, se invocaban a:

Omnes Sancti Patriarchae
et Prophetae…,
Omnes Sancti Apostoli
el Evangelistae…,
Omnes Sancti Martyres…,
Omnes Sancti Doctores…,
Omnes Sancti Monachi
et Eremitae…,
Omnes Virgines et Viudae…,
Omnes Sancti et Sanctae Dei…

En las seis primeras invocaciones de estas letanías, el pueblo responde con: «orate pro nobis»; en la última, con «intercedite pro nobis».

Las estrofas del poema de Bécquer siguen muy de cerca el modelo litúrgico, sin embargo, aun siguiendo un paradigma ya preestablecido, el poeta romántico configura un poema con valores poéticos propios: altera el orden de las invocaciones; invoca a las Vírgenes antes que a los Doctores y a los Monjes, cosa impensable en la prefijada «jerarquización» litúrgica; intercala una invocación que no figura en las Letanías de los Santos, dedicada a los Santos Inocentes (9-12). Esta aportación resulta muy oportuna, pues el poema se insertó en un devocionario infantil, y así, Bécquer encontró un recurso que acercaba a la sensibilidad religiosa de los niños el antiguo texto de las Letanías. Cada una de las estrofas tiene como núcleo temático y sintáctico un vocativo (patriarcas, profetas, almas cándidas, apóstoles, etc.), tomado de las Letanías de los Santos; pero los restantes versos de cada estrofa son originales de Bécquer. Sintácticamente son una oración adjetiva subordinada, que no aparece en el texto litúrgico latino. Estos sintagmas vienen a ser una glosa poético-religiosa de las Letanías de los Santos. El poeta encerró cada una de las glosas en una estrofa de cuatro versos, integrada por tres endecasílabos y un heptasílabo. Las ocho primeras estrofas son simétricas; solamente en la novena y última hay leves alteraciones. Ello hace que la composición A Todos los Santos sea un poema de diferentes estrofas, en el que la repetición del estribillo: ¡Rogadle por nosotros!, confiere unidad a todo el poema, manifestando una amalgama de sentimientos y vivencias del autor. Pero además de conservar esta unidad litánica, el poeta ha construido una paráfrasis, en sintonía con el espíritu cristiano de las Letanías. En las cuatro primeras estrofas —dedicadas a los Patriarcas, Profetas, Almas cándidas (Santos Inocentes) y Apóstoles— las figuras temáticas están extraídas del Antiguo y Nuevo Testamento y Bécquer construye cada estrofa con una simetría sintáctica perfecta: oración vocativa y oración apelativa. En su conjunto, la glosa de las cuatro primeras estrofas revela un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, y un fino tacto literario y estilístico en Bécquer.

Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.

Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.

Almas cándidas, Santos Inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro, al que llamó a los niños a su lado
rogadle por nosotros.

Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.

Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates
rogadle por nosotros.

Vírgenes semejantes a azucenas,
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.

Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.

Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es caudal de ciencia inextinguible
rogadle por nosotros.

Soldados del Ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre nosotros.

En los vv. 1-4, las dos oraciones gramaticales que componen la glosa (que fuisteis la semilla / del árbol de la fe en tiempos remotos; y «al vencedor divino de la muerte»), reflejan ideas de raigambre paulina. La metáfora «fuisteis la semilla» evoca Hb; y «vencedor divino» rememora 1Cor 15, 12-19, pues une la fe cristiana y la Resurrección de Jesucristo.

En los (vv. 5-8), aparecen numerosas evocaciones bíblicas. El v. 7, «al que sacó la luz de las tinieblas», recuerda Génesis 1, 3-5.

El v. 10 la circunlocución «que aumentáis de los ángeles el coro», recuerda Apocalipsis 14, 1-5, pasaje que se leía en la Liturgia de la Misa del 28 de diciembre.

La expresión del v. 11 «Al que llamó a los niños a su lado» evoca Mt 19, 13-15; Mc 10, 13-16; y Lc 18, 15-17.

La metáfora «que echasteis en el mundo el cimento» (vv. 13-14) parece una cita implícita de Ef 2, 19-22, un texto que alude a la edificación del Reino de Dios.

Las estrofas 5ª – 8ª se centran en figuras postbíblicas (Mártires, Vírgenes, Monjes, Doctores, Soldados del ejército de Cristo, santas y santos todos), y Bécquer ha buscado en sus vivencias y en sus trabajos literarios anteriores para glosar cada una de las figuras, pero siempre dando muestras de una arraigada autenticidad.

En la oración de la estrofa 5ª (vv. 17-20): «Mártires que ganasteis vuestras palmas en la arena del circo, en sangre rojo», Bécquer repite el canto a los mártires cristianos, que reflejó en la Historia de los templos de España, publicado en 1857, al iniciar el estudio sobre la Basílica de Santa Leocadia, mártir toledana del siglo IV. Ya entonces habla de que la semilla de la fe germina y crece en la ensangrentada arma de los anfiteatros.

La estrofa 6ª (vv. 21-24) vuelve a enfatizar el simbolismo de la pureza («azucenas… que el verano vistió de nieve y oro»), muy del gusto de Bécquer, pues ya lo empleó en la Rima XIX («Cuando sobre el pecho inclinas…») en que «el oro y la nieve» son la materia prima con la que Dios hizo a la amada. Pero, además, esta estrofa 6ª es la única en que invoca a estas heroínas femeninas. Recupera y vuelve a citar antiguas ideas poéticas que inspiraron las Cartas literarias a una mujer: «vírgenes con sus palmas y sus nimbos… vírgenes solitarias». Allí después de afirmar el origen divino del amor y de la vida, escribe: «Dios, es a su vez origen de esos mil pensamientos desconocidos, que todos ellos son poesía, poesía verdadera y espontánea que la mujer… siente y comprende mejor que nosotros».

También la paráfrasis de la estrofa 7ª: «Monjes que de la vida en el combate…» (vv. 25-28), tiene antecedentes en las vivencias poéticas arraigadas desde antiguo en Bécquer, reflejadas en el capítulo dedicado a san Juan de los Reyes, en los Templos de España. Bécquer se dirige a las ruinas toledanas y les dice: «la religión busca en vuestro seno un asilo de paz adonde las pasiones y el tumulto de la vida vienen a morir con un suspiro, como la ola en una playa desierta».

En cuanto al estribillo, ¡Rogadle por nosotros!, que da cohesión a todo el poema, se trata de una traducción del Orate pro nobis de la Letanía de los Santos; pero, en la versión de Bécquer hay una variante: es el complemento en dativo le, que no aparece en texto latino. El «rogad por nosotros» que aparece en las traducciones de la Letanía, gramaticalmente es más fiel que el texto becqueriano. Pero el estribillo en heptasílabo del poema A Todos los Santos hace la súplica más entrañable, y estilísticamente más expresiva. Por ello, este complemento le, que introduce Bécquer y carece de función significativa directa, viene a constituir un dativo ético, con función puramente expresiva, que subraya el interés con que Bécquer realza el ruego al invocar a los Santos.

Con este análisis literario del poema A todos los Santos, hemos querido poner de manifiesto cómo en él Gustavo Adolfo plasmó su vivencia religiosa, tanto que la Liturgia de las Horas de la Iglesia latina lo ha incorporado como Himno de Laudes en la solemnidad de Todos los Santos.

Juan Carlos Mateos

Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y los Seminarios

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