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Todo irá bien, por Cristina Inogés

«Todo irá bien» es una expresión que corre por las redes sociales; la escriben los niños debajo de un colorista dibujo del arcoíris; y se ha convertido en el grito de supervivencia, a la misma altura que el himno «Resistiré».
Realmente es una expresión, un grito de optimismo en un momento de horizonte gris. No se puede negar que es necesaria una dosis de energía positiva y que la frase —lejos de todo intento de coaching— tiene ese punto de lema vitorioso. Rápidamente, algunos usuarios de redes sociales se la atribuyeron, con alguna licencia de traducción, a la pluma —y nunca mejor dicho— de Juliana de Norwich, mística inglesa del siglo XIV que, por cierto, sobrevivió a la epidemia de peste.
Efectivamente, Juliana dijo esas palabras en el contexto de una frase más larga que casi tiene la estructura de un mantra pensado para calmar, para inspirar confianza, para tranquilizar. La frase completa es así: «Todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien». Esta frase la escuchó ella en una de las varias visiones que tuvo y la trasladó a algunos de sus diferentes escritos. Es decir, para ella, esta frase poseía mucha fuerza.
Juliana es optimista —la esperanza no se puede concebir de otra manera— por naturaleza y convicción, y nunca entendió que el sufrimiento —algo que ella conoció a fondo— fuera un castigo divino. Al contrario, Juliana, con todo su optimismo no deja de hacer teología del sufrimiento porque sufrimiento hubo en su vida, en su contexto inmediato, y en la sociedad en general.
Nosotros estamos confinados en nuestras casas en cumplimiento de una ley y porque, hasta ahora, parece ser el mejor medio para combatir el COVID-19 que nos acecha. Juliana eligió vivir libremente un confinamiento de por vida —era una enclaustrada— y no por ello abandonó a sus semejantes ni se desentendió de cuanto acontecía a su alrededor. Cuando se la conoce cabe pensar qué hubiera sido capaz de hacer solo con una de nuestras redes sociales… El ejemplo de esta mujer que supo conjugar sufrimiento y optimismo, confinamiento y compromiso social, es muy en este momento.
Porque la esperanza entiende de sufrimiento, es más, en el sufrimiento su esencia es más perceptible. Por eso, repetir «todo irá bien», no es algo simple e infantil —como algunos se empeñan en repetir— sino un canto a la esperanza porque, confinados o no, en esta situación de sufrimiento, todos somos responsables de aportar aquello que podamos y en la medida que podamos, para sumar a favor del bien común.
Es verdad que son muchos, muchísimos los fallecidos y que hay que prepararse para hacer frente al duelo intenso e inmenso que vamos a tener que afrontar —y que ya se está afrontando en su primera manifestación—; es verdad que todos, enfermos o no, estamos afectados por este COVID-19; es verdad que estamos inmersos en una epidemia —no en una guerra como el lenguaje de algunos quiere hacernos creer— que pensábamos era un asunto pasado; es verdad que cuesta ver la luz porque seguimos atravesando el túnel. Todo eso es verdad, entonces… ¿por qué seguimos repitiendo «todo irá bien»?
Puede que algunos la repitan por ser la moda en las redes sociales; otros la repetirán sin ver el alcance que tiene; otros, por pura rutina. Sin embargo, la repetimos porque siempre necesitamos la esperanza; porque albergamos —unos más secretamente que otros— que la resurrección de Cristo que estamos celebrando, es la esperanza misma hecha realidad, la que no defrauda por mucho sufrimiento que estemos viviendo. «Todo irá bien». ¡Aleluya!

Por Cristina Inogés, laica, teóloga y escritora

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