Al abrir la puerta Última hora

Todavía no es Navidad

Nuestro mundo es una pura y absoluta contradicción.

En esta situación de extraordinariedad pandémica que nos envuelve es más que comprensible que se extreme y absolutice un rasgo muy de nuestro tiempo como es el presentismo. Con la incertidumbre que supone el no saber dónde ni cómo estaremos siquiera en una semana, nos centramos en un aquí y ahora, en lo que tenemos, en lo urgente, en lo diario…

Algo que –así es la condición humana- recorta la dimensión antropológica de la persona como ser-en-el-tiempo. Estamos lanzado no solo al hoy, no solo desde el ayer, sino también al mañana. Somos futuro en cuanto a proyección, construcción, planes. Si eliminamos la posibilidad de pensar en lo que vendrá, en el porvenir, en cómo podemos ser, en cómo queremos ser, eliminamos la capacidad de cambio, de mejora, de crecimiento del ser humano. Y eliminando eso, eliminamos la libertad.

La potencialidad de ser mañana quien más uno es o quiere o puede ser, implica unas elecciones que se basan en la reflexión, la decisión, la voluntad y la responsabilidad, es decir, en la libertad. Absolutizar el presente de este modo elimina la libertad humana, reduciéndola o incluso anulándola.

Pero a la par –y ahí la contradicción- nos abruman y bombardean con mensajes que no son sino huidas del aquí y el ahora.

Un presidente hablando de vacunas en la próxima primavera cuando ni siquiera están probadas, comercializadas, autentificadas por los expertos, suena a huida y a vientos de ilusión para tapar la incapacidad de gestionar lo que tenemos encima. Por ejemplo.

Pero no sólo desde las instancias gubernamentales nos impulsan a huir del hoy…

Todavía no es Navidad –ni Adviento siquiera que comenzará el próximo domingo- y los centros comerciales, los anuncios, las tiendas, los supermercados ya están llenos de adornos, polvorones y luces de colores.

Esa huida hacia adelante –fruto de la necesidad de vender, de activar el músculo del comercio en esta situación tan precaria de movimiento económico, no se me oculta- tiene como contrapartida el perdernos lo que sucede realmente en nuestro hoy. Darle al tiempo presente con sus vicisitudes la capacidad de ser vivido con todo lo que nos trae, con lo que nos regala, con lo que nos ofrece si somos capaces de acogerlo, se pierde si estamos siempre saliendo de nosotros hacia fuera.

Quizás en una lectura más amplia no hay tal contradicción, o por decirlo de otro modo, lo que une ambas dimensiones –un presentismo sin mañana o un mañana sin hoy- es la huida.

Huir de la realidad de lo que vivimos encerrándonos en un corto aquí y ahora sin querer mirar más allá, tiene la misma capacidad de recortar el vivir como el huir de lo que nos rodea en escapismos de consumo, de imaginación y de mañanas donde todo puede ser mejor.

No digo que no sea comprensible. Cómo no querer huir de un tiempo como el que vivimos con sus oscuridades, sus limitaciones, sus miedos, su dolor. Pero ciertamente significa renunciar a vivir.

Vivir a veces significa que vienen mal dadas, que las cosas se ponen difíciles, que las cosas no salen, que nos acecha la realidad mordiendo nuestras ilusiones, nuestros logros, nuestra comodidad o nuestra ilusión. Pero querer huir de lo malo que nos sale al encuentro, del dolor que se nos cruza, es dejar de vivir realmente porque la vida tiene -sin posibilidad de renunciar a ello- toda una carga de fracaso, de frustración y de sufrimiento que es consustancial al respirar, al convivir, al caminar. Y que también puede enseñarnos a vivir mejor.

Todavía no es Navidad, no nos lancemos a ella antes de tiempo perdiendo mientras lo que los días nos pueden dar. No nos encerremos tampoco en un ahora que renuncia al mañana. Vivir en el equilibrio del tiempo es realmente vivir acogiendo lo que nos trae cada día.

Vicente Niño Orti. @vicenior

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME