¿Todavía el ayuno y la abstinencia?
Carta del Obispo

¿Todavía el ayuno y la abstinencia?

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

Ha llegado el tiempo de Cuaresma. Para muchos este nombre significa tan solo el final de los Carnavales. Para otros, la proximidad y la preparación de las vacaciones de primavera. Hay algunos para los que la Cuaresma hace pensar en la rapidez con que pasa el tiempo, ya que todavía resuena en los oídos la música de los villancicos. Para todos ellos, la Cuaresma no guarda relación alguna con el misterio central del cristianismo.

Hay otros muchos a los que la Cuaresma recuerda la proximidad de la Semana Santa y el trabajo a realizar para preparar todo el aparato externo de las Procesiones. Entre ellos hay muchos cofrades y familiares que viven religiosamente la dimensión cristiana de esas manifestaciones públicas de fe cristiana.  Pero también hay otros, en número que no puede pasar desapercibido, que se han quedado simplemente en lo externo de estos actos, en lo anecdótico, en el interés por embellecer el espectáculo procesional; por ello se queda bastante lejos del significado que tienen  todas las celebraciones propias de Semana Santa.

Todo ello supone un motivo de reflexión y de acción. La reflexión ha de llevarnos a descubrir, por los medios al alcance, el gran misterio de la magnanimidad divina. Dios se ha interesado por  la trágica situación que atraviesa la humanidad a causa del pecado y, a pesar de que Él ha sido el ofendido, asume la responsabilidad de salvarnos.  Y, habiéndose hecho hombre, acepta libremente sufrir  una cruel pasión y morir crucificado como un delincuente más entre los dos que le acompañaban en  el patíbulo.

El misterio cuya celebración sigue a la Cuaresma, y que es el fundamento del cristianismo, debe ocupar nuestra atención pensando en su profundísimo y crucial significado para que no pase desapercibido lo que da sentido a la vida y a la muerte, al gozo y a la tristeza, a los momentos felices y a los sufrimientos que a todos llegan de un modo u otro.  Si pensamos en ello con serenidad y en clima de oración, iremos descubriendo la grandeza del amor que Dios nos tiene; iremos percatándonos  de la delicadeza y paciencia que tiene con nosotros; y gozaremos la suerte de tener un valedor, como el Hijo de Dios hecho hombre. Eso llenará el corazón de esperanza confiando en la felicidad eterna.

La relación entre el comportamiento de Dios con nosotros y el nuestro con él, ha de movernos a la conversión interior y a la reforma de actitudes y comportamientos. En ese interés por mejorar cristianamente, es necesario que busquemos las ayudas necesarias. La primera de ellas es la formación, al menos leyendo la palabra de Dios en que se nos ofrece el misterio de la salvación por obra de Jesucristo. Unido a esto, ha de tener su tiempo adecuado el contacto personal con Jesucristo mediante la oración asidua, humilde y confiada.

Pero, así como todas las vivencias del alma requieren el apoyo de elementos externos para vivirlas con  la debida intensidad y para poder comunicarlas, así también ocurre con lo que estamos considerando, que es la vivencia interior de los Misterios del Señor. Y como esos misterios tiene que ver, además, con la redención gratuita de nuestros pecados debidos a la falta de dominio y al olvido de Dios, la Iglesia nos propone unas ayudas  concretas. En la proclamación de la palabra de Dios y en su atenta y religiosa escucha por nuestra parte nos ofrece la posibilidad de enterarnos bien, de conocer en qué consisten y qué finalidad tienen los Misterios del Señor. Pero, ya sabemos que “de lo dicho al hecho hay un trecho”, y que, aún queriendo, nos faltan muchas veces las fuerzas para hacer lo que  nos proponemos. No estamos  suficientemente preparados mantener el esfuerzo que toda acción importante requiere. Por eso, la Iglesia nos advierte de la importancia del ayuno y de la abstinencia, de las obras de caridad, y de los sacrificios voluntarios debidamente elegidos y hasta programados. Todo ello constituye una  muy rica aportación para ir dominando el espíritu rebelde o perezoso, y preparando el ánimo para tomar en serio nuestro crecimiento cristiano.

Hay muchos que, abocados plenamente a procurar las mayores satisfacciones materiales, y ajenos a la importancia decisiva de los sacrificios para el dominio de sí mismos, los consideran inútiles y anacrónicos. Otros, aún admitiendo cierto valor en la educación para el esfuerzo no entienden la razón por la que  se proponen como sacrificio la abstinencia de comer carne en determinados días; y arguyen que es más lujo comer una buena mariscada; cosa que no se incluye en la abstinencia. A estos tales habrá que explicarles que lo que se pretende es  asumir una privación material con espíritu penitente. Por eso, la Iglesia propone que, si en un caso determinado resulta imposible la abstinencia de comer carne, den una limosna sustanciosa a cáritas. Lo mismo ocurre con el ayuno. El espíritu de este sacrificio no está sólo en comer esos días menos cantidad recordando el ayuno de Jesucristo en el desierto, sino en privarse de alimentos no necesarios cada día para la correcta alimentación.

Mirado así lo que se refiere al ayuno y a la abstinencia durante la Cuaresma, y teniendo en cuenta la constante necesidad que tenemos de dominio personal en tantos momentos y aspectos de nuestra vida, podemos entender que estas prescripciones de la Iglesia no nacen de la ignorancia, ni de una mentalidad anclada en la Edad Media, ni en  la negación absoluta del valor que tienen las legítimas satisfacciones, sino en algo más serio y que todos necesitamos: los hábitos de sacrifico y de dominio que repercuten en nuestro bien personal y en el respeto y promoción del bien común. Mejor andarían las cosas en  la sociedad si cada uno supiéramos comportarnos limpiamente por haber practicado el dominio  personal en público y en privado.

Pero el ayuno y la abstinencia preceptuadas por la Iglesia para el tiempo de Navidad, tienen, además, un sentido más profundo. Tiene que ver con nuestra vinculación al Señor. Con nuestros sacrificios nos unimos al sacrificio redentor de Jesucristo. Así participamos vivamente en esa gesta que ha de producirnos admiración ante la bondad de Dios, y compromiso de asumir su estilo de vida como la forma de propia de nuestro crecimiento integral y de nuestro comportamiento agradecido a Dios Padre como hijos suyos que somos.

Demos gracias a Dios porque, conociendo nuestra debilidad, nos ofrece medios para irla superando. No os extrañe, pues, que todavía tengan vigencia el ayuno y la abstinencia cuaresmales.

 

+ Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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