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Tina: «La última que apague la luz»

Hay veces en la vida que te encuentras a personas que te animan a ser mejores. Tina es una de ellas.

Constantina Fáñez nació hace 85 años en Veguellina de Órbigo, León. De joven sintió la llamada a ser religiosa y emprendió una nueva etapa de su vida en Alemania. Allí dedicaba su tiempo a cuidar de otras personas, niños y niñas sin familia, jóvenes con discapacidades, junto a mujeres y personas ancianas vulnerables. No le faltaban energías para echar una mano en la parroquia, ir construyendo comunidad o sacar adelante a algún seminarista venido desde otros rincones del planeta a estudiar y formarse.

Tina ingresó a los 23 años en las Religiosas de Santa Mónica, una orden de hermanas dominicas que tenía su casa madre y principales obras apostólicas en Mainz y sus alrededores, a orillas del río Rin, cuna en la que Johannes Gutenberg inventó la imprenta.

La vida de Tina como, ella lo describe, ha sido y es de servicio en el día a día. No se ha dedicado a escribir libros o a dar clases de teología, sino que su sabiduría se ha ido forjando en lo cotidiano, allí donde nos envía el Buen Samaritano, a los caminos de nuestro mundo.

Recibió la llamada

La vida de esta mujer narra la existencia de una joven que recibió una llamada, tuvo el coraje dar un paso al frente y aceptarla, y emprender un proceso vital que nunca se hubiera imaginado. Lo que nunca seguro hubiera pensado es ser la última persona que permaneciera en su congregación religiosa, que fuera la última en cerrar la puerta.

Era común en los años 50 y 60 recibir visitas de religiosas y religiosos que presentaban su carisma y trabajo en nuestros pueblos, y animaban a jóvenes a unirse a la misión. Era el tiempo de la reconstrucción en media Europa tras la Segunda Guerra Mundial y Alemania había recibido un duro golpe, además de infringirlo. Miles de niños y niñas huérfanos, mujeres en gran vulnerabilidad, personas ancianas sin el apoyo y sustento suficiente. Este era el carisma de servicio que las hermanas dominicas donde ingresó Tina tenían tatuado en su corazón.

Tina desde el inicio se sintió cómoda y muy contenta de ir creciendo como persona y religiosa en el servicio de estos colectivos. Su oración diaria, su relación con Dios, el trato con las hermanas y su misión cotidiana fueron siempre los pilares de su vocación. En aquella época muchas jóvenes abandonaban sus hogares siguiendo un sueño. Muchas de ellas comenzaban procesos migratorios a otros rincones del mundo, misioneras de la vida y de Dios. Algunas perseveraban y otras después de formadas comenzaban otras andaduras, y otros proyectos de vida. La época del postconcilio fue un tiempo de volver a lo esencial y de abrir nuevas ventanas en la vida religiosa.

Permaneció hasta el final

En la época que Tina emprendió esta nueva etapa en su vida, un buen grupo de jóvenes como ella decidieron viajar a Alemania con las hermanas, muchas de la comarca del Órbigo y de otras regiones de León. De todo el grupo, ella es la única que permaneció hasta el final.

Da mucha alegría ver el rostro de Tina cuando cuenta las historias en sus años mozos a la llegada a Alemania. Los primeros momentos de aprender el idioma, las nuevas costumbres en la mesa, las tradiciones de Renania, el carácter de la gente, la relación con las hermanas, las tormentosas vidas que acogía a diario de niños huérfanos, mujeres víctimas de trata o ancianos en sus últimos días. Después de casi 10 años de formación, el 28 de agosto de 1968, realizaba sus últimos votos. Cuando cuenta todo esto sus pupilas brillan, su voz cambia de tono y en ocasiones nos regala silencios muy sentidos.

Tina cuenta con mucho orgullo la amistad y el cuidado que tuvo con varios seminaristas que venían a formarse a Alemania. Algunos como un seminarista nigeriano, llegó con lo puesto. Ella se ocupó de proveerle de todo, ropa, materiales de estudio, etc. para que el pudiera ocuparse de ir a clase y formarse. Todavía de regreso a su diócesis de origen siguió apoyándole, recolectando ropa y otros enseres para la gente más necesitaba.

Disfrutaba con las familias de la parroquia tomando té con pastas los fines de semana. Familias buenas que colaboran no solo en la parroquia, sino en las necesidades que muchas personas que Tina y las hermanas acompañaban.

Con los años se encontraron con la dificultad para llevar adelante todas las obras apostólicas que las hermanas habían emprendido con el apoyo de la diócesis de Mainz. El número de vocaciones había decaído y poco a poco las obras se habían ido dejando en manos de la diócesis.

Últimamente la misión de las hermanas se había focalizado en una residencia para personas mayores en Ingelheim, cerca de Mainz. Allí estaban con el paso de los años y de las vicisitudes de la vida, Estefanía, la madre general ya anciana y Tina. Tiempo de discernimiento, de aceptar la voluntad del Señor y de tomar decisiones, pues se presentaba una encrucijada en sus vidas.

Por una parte, la madre general ya era anciana y necesitaba cuidados, y Tina tenía a su hermana mayor muy enferma en el pueblo y precisaba de su cuidado. Con la diócesis y Cáritas, decidieron hacer un pacto. Dejaban la residencia en sus manos, con el compromiso de que Estefanía pudiera permanecer en la residencia hasta que muriera y que ella seguiría trabajando en la residencia hasta su jubilación. Dicho y hecho.

De vuelta al pueblo

Tina emprendió el camino de regreso a su pueblo natal después de casi 44 años en Alemania, para cuidar temporalmente de su hermana. Cada poco hablaba con la madre general para interesarse por su salud, compartir sobre la vida y la vocación. Pasaron unos pocos años, y un día recibió la noticia del fallecimiento de Estefanía. La hermana de Tina todavía vivía por aquel entonces, y me imagino que ella iba guardando todos aquellos acontecimientos en su corazón. Las familias de la parroquia seguían llamándola regularmente, hasta algún antiguo seminarista vino a visitarla al pueblo.

Llegó el día de despedir a su hermana y de decidir qué hacer con su vida. ¿Regresar a Alemania? ¿Seguir con su vida en España? Me imagino que no fue un tiempo fácil, muchos sentimientos encontrados, pero al final decidió permanecer, y consagrar su vida a sus oraciones diarias (las mismas que tenía en el convento), el trabajo cotidiano, el gran apoyo en la parroquia de San Juan y el cuidado con sus vecinos, en especial aquellos que pudieran pasar mayor necesidad.

No es fácil encontrarse personas como Tina. Levantarse a sus oraciones, hacer pastas caseras para repartir entre las vecinas, visitar a aquellas personas cercanas del pueblo que están enfermas, dar un paseo con aquella que ha enviudado y que no tiene un hombro donde consolarse, tener la sacristía y la Iglesia a punto para que celebre la comunidad, atender a sus sobrinas, seguir cuidando de las relaciones con las familias o los antiguos seminaristas. Hasta en estos últimos años, apoyando a las familias inmigrantes o a los vecinos que precisan de sus conocimientos del alemán para ir al banco, traducir una hoja de instrucciones para montar una bicicleta comprada por Amazon en Alemania, arreglar algunos papeles o simplemente comunicarse con los otros vecinos.

Un amor incondicional

Tina es de esas personas que su mirada trasparenta el amor de Dios, un amor incondicional que no se queda atorado en prejuicios, sino que desde el respeco y la paciencia sabe descubrir la bondad que habita en cada ser humano. Ella es de esas personas que tienen solera, una sabiduría de la vida que no se aprende o atesora en las aulas de las universidades, sino en el servicio cotidiano, intentando ver a Dios en el rostro de las personas.

Tina comenzó hace muchos años un camino, que la sacó de su casa, de su zona de confort, de lo conocido, siguiendo una promesa, un tesoro, que ha ido cuidando y cultivando toda su vida. Las vicisitudes que se ha ido encontrando nunca le han dejado una mella o cicatrices insalvables. Ella ha aceptado lo que la vida le ha ido dando y ha sabido cumplir la voluntad de Dios en las circunstancias que le ha tocado vivir.

En estos tiempos convulsos que vivimos en el ámbito social, con un descenso de vocaciones y miedos que nos invaden, resuena en mi la frase del P. Arrupe, “el último que apague la luz”. Una expresión que habla de la confianza en Dios y no en las propias fuerzas, de sentirse instrumentos en las manos de un bien mayor que va abriendo caminos de esperanza donde a veces nunca imaginamos, como reconoce hoy la propia Tina, ya camino de los 90.

La orden de las hermanas dominicas cerró sus puertas hace años, de hecho, Tina fue «la última en apagar la luz», pero de alguna manera se mantiene viva con ella hasta que el Señor decida llevarla junto a Él.

Alberto Ares Mateos, SJ

 

 

 

 

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