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Tiene 100 años y ha peregrinado a Guadalupe 60 años seguidos

Ángela Lucido nació en El Casar de Cáceres el 23 de diciembre de 1920. Tiene 100 años, una fe resguardada en el latido silencioso de Dios y una mirada que refleja los ojos nacientes de la Virgen María. «Desde hace 60 años que me vine a vivir a Toledo, no he faltado ni uno solo para ver a mi Virgencita de Guadalupe. 60 seguidos, sin faltar uno, ¡y tengo ya 100!», me confiesa.

Dice el refrán que «uno no es de donde nace, sino de donde pace», pero Ángela reniega, a cuerpo entero, de ese antiguo proverbio… «Yo nací en Cáceres. En los años 50 emigré a Asturias hasta, que once años después, me instalé aquí, en Toledo. Yo quiero a esta tierra, pero mi Extremadura y mi Virgen de Guadalupe están por encima de todo. Que sí, que yo sé que todas las Vírgenes representan a la misma, pero Guadalupe es Guadalupe».

60 años seguidos peregrinando a Guadalupe

La alegría brota a corazón abierto en cada una de las palabras de la cacereña. Y también la fidelidad. Por eso, desde el día que enviudó, decidió acompañar a su nieto Miguel Ángel, que es sacerdote, a cada una de las parroquias a las que él fue destinado. Hoy me atiende desde su casa, un hogar que —a golpe de recuerdo, fotografía y visillo— conserva una infancia moldeada por las manos de un Dios alfarero, nostálgico y sencillo.

«Yo vivo aquí sola. Soy muy independiente. Cada día, tras desayunar mis churros, voy a Misa de 12, rezo el rosario y hago las tareas de la casa. Y, mientras pueda, esta es mi vida», revela. El padre Miguel Ángel, a su lado, sostiene la mirada de su abuela con la satisfacción de quien sabe que estará ahí, a su lado, hasta que no pueda dejar de mirarla, hasta que Dios la conforte con su aliento.

Ángela visitó el Monasterio de Santa María de Guadalupe hace tres días. Y aún tiembla al recordar el devenir de aquella escena que le deja con la sonrisa anudada a su alma… «Esta vez he visto a la Virgen abajo, pero todos los años subo al camarín. Y si este año hubiese estado arriba, habría subido a verla aunque fuera a gatas. Si es que, hijo, Ella es la que me da la fuerza para todo. Y quien diga otra cosa, se está perdiendo lo más bonito de la vida», confiesa enternecida, hasta hundirse en un emocionado cerrar de ojos que anuncia alegría, pasión y plenitud.

«Soy la más feliz del mundo»

Suenan las campanas en la parroquia de Santo Tomé. Ella se hace la señal de la cruz y me invita a hacer lo mismo. Es la hora del Ángelus, y en el callejón de Naranjos, donde se asienta su hogar, siempre hay sitio para la plegaria. Aprieta con fuerza la medalla de la Virgen de Guadalupe que porta sobre su pecho, al lado de la de Covadonga. «Esta es mi vida ya, y yo sé que estoy en manos de Dios. Así que cuando Él diga adelante, la maleta está hecha».

A los 100 años, cuando muchos se cansan del hermoso arte de vivir, Ángela agradece al Padre «la vida que me ha tocado». Así lo hizo, junto al arzobispo de Toledo, monseñor Cerro, el pasado 23 de diciembre de 2020, durante una Eucaristía de acción de gracias por el centenario del nacimiento de Lucido. A mi edad, reconoce, «soy la más feliz del mundo» porque «me siento muy querida por toda mi familia, por mis hijos y mis nietos, y por todos mis vecinos». Por lo tanto, «cada día le doy gracias a Dios» y «cada uno de mis 100 años se los debo a la Virgen de Guadalupe».

Ante ella, afloran las palabras que, a veces, uno nunca acierta a decir. Porque su sentir vive a vuelapluma del suspiro del Padre. Porque su voz descansa el peso de muchos que no llegaron a su edad, tan lúcidos como ella, como su credo, como el apellido que modela su sentir. «Hijo, quiero animar todo el mundo a que vaya a Guadalupe». Sí, claro, «adelante», le respondo enseguida… «Escuchadme: es el santuario más grande que tenemos. Allí llegas y encuentras la paz, el consuelo, la vida… Lo encuentras todo ante Ella. Mirándola a Ella, descubres lo más grande que hay en el mundo. Así que, adelante, ¡a Guadalupe!». Así es Ángela Lucido: la permanencia sutil, la piel de seda brillante que nunca pierde el color del lienzo y el abrazo eterno hospedado en 100 años de vida en abundancia.



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