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Carta del obispo de Orihuela-Alicante, Jesús Murgui: «Cuaresma 2021»
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Tiempos de suplicar y de vivir en el servicio y la esperanza

Iniciamos con toda la Iglesia un nuevo Año Litúrgico: un nuevo camino de fe, para vivir juntos en nuestras comunidades cristianas, pero tambien para recorrer dentro de la historia del mundo, a fin de abrirla al misterio de Dios, a la sabiduría que viene de su amor.

Con el tiempo de Adviento comenzamos este camino. Adviento, tiempo entrañable en el que se despierta en los corazones la espera del retorno de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal.

En el texto del primer Evangelio que leemos en el Adviento, Jesús nos hace a todos el siguiente llamamiento: «¡Velad!» (Mc 13, 37). Una llamada que nos recuerda que nuestra vida no tiene sólo una dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un «más allá»; así como que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha utilizado sus propias capacidades: si las ha conservado solamente para sí o las ha hecho fructificar tambien para el bien de los hermanos. Una llamada evidente, en el primer Evangelio que leemos en el Adviento, en el que Él nos exhorta a tomar en serio el proceder de nuestra vida, estando atentos y vigilantesa fin de estar listos para recibirlo en el momento de su venida.

Estar lúcidos, despiertos, mirar cómo vivimos, tomar en serio la propia vida de la que estamos llamados a responder, es un llamamiento que resuena muy oportuno en estos tiempos de pandemia en los que estamos sumidos; y a propósito de los cuales nos exhortó papa Francisco en su homilía del Domingo de Ramos de este año 2020, en la que subrayó que «el drama que estamos atravesando en este tiempo nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve si no se sirve». Añadiendo: «No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer (…). El camino del servicio es el que triunfa».

Por muchas razones recordamos los advientos que hemos vivido en nuestra existencia, y vemos que la esperanza es la virtud por excelencia de este tiempo, pero ésta, para ser verdadera y creíble en este presente que tanto nos condiciona, se debe conjugar con la vigilancia y la laboriosidad.

En la «casa» que es la Iglesia, todos los criados tienen su tarea, y todos se llaman «siervos». Siervo es una persona que pertenece a otro, que no tiene dominio ni sobre su propia vida. En la casa de este Señor, todos tienen esta condición de no pertenecerse a sí mismos, sino sólo a Él y a los demás. El ejemplo de los discípulos que se durmieron en vez de velar con Jesús en el huerto de Getsemaní muestra a las claras que esta vigilancia no es una actitud más, sino que coincide sustancialmente con la capacidad de dar la vida, como fue la actitud de Jesús.

Valgan las circunstancias que nos envuelvendurante meses por la pandemia, como oportunidad para tomar en serio nuestra vida, tomando en serio lo que cuenta. Una oportunidad de revisar y de cambiar nuestro modo de vida. Una vida donde abunda la acción, pero donde falta la mirada sabia hacía mí mismo y hacia los que me rodean. Una vida donde las prisas, las rutinas y la comodidad, las responsabilidades y las irresponsabilidades me impiden parar, contemplar y conocer realmente. Una vida, paradójicamente, llena de ausencias de los demás y, no digamos, de Dios.

Isaías, el profeta del Adviento, en la primerísima lectura de este tiempo y del Año Litúrgico nos hace reflexionar con una apremiante oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente, y en cierto momento dice: «Nadie invoca tu nombre; nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa» (Is 64, 6). Impresionan estas palabras, que pueden como reflejar ciertos panoramas de la época en la que aún estamos sumidos: las ciudades donde la vida resulta anónima y horizontal, donde Dios parece totalmente ausente y el hombre el único amo, como si fuera el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencia, técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y, a veces, en este mundo que parecía como perfecto, previsible, controlado, suceden cosas desconcertantes, como la pandemia en la que vivimos, aún para nosotros con más preguntas que respuestas.

En medio de tantos interrogantes en los que nos ha sumido el drama que estamos atravesando; en medio de los sufrimientos, los llantos y los esfuerzos de tantos, elevemos a Dios nuestra oración, con las mismas palabras de Isaías: «Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre desde siempre es “nuestro Libertador”» (Is 63, 16 c). Oremos, sintiendo estas palabras en toda su fuerza. Recordándole que se ha comprometido con nosotros, que su Hijo se ha expuesto por nuestro «rescate», y así, movidos por su Espíritu, podremos apelar a este título para llamar a su corazón. Deseando que no recuerde nuestros pecados, sino quién es Él, «nuestro alfarero» y nosotros la «arcilla», «obra» de su «mano» (Is. 64, 7).

Supliquemos a Dios el don tan necesario de la virtud de la Esperanza. La gracia de confiar y esperar en Él: activamente presentes en el momento actual con nuestra vida hecha servicio, pero conscientes que nos cuesta dejar de estar queriendo ser absolutos controladores de los acontecimientos, y conscientes de que su misericordia siempre nos sorprende y va más allá de nuestras imaginaciones y previsiones, conscientes de que, en último término, creer nos lleva a abandonarnos a su amor.

María es nuestro gran referente en el tiempo de Adviento, y nuestro gran modelopara estos tiempos donde es esencial esperar en Dios. Que su amor, como madrenuestra, interceda para que con esta fe y esperanza en el Señor, a pesar del drama de ésta época, no perdamos la paz. Y, por gracia, convirtamos este momento histórico en oportunidadde crecimiento en la vida cristiana, en cada uno de nosotros y en cada comunidad.

 + Jesús Murgui Soriano
Obispo de Orihuela-Alicante

 



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