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Texto íntegro ponencia cardenal Kylko en la clausura del I Congreso Nacional de Pastoral Juvenil, de Valencia

LA PASTORAL DE LOS JÓVENES ANTE LA EMERGENCIA EDUCATIVA HODIERNA: EL MAGISTERIO DE BENEDICTO XVI

Ponencia del presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, el cardenal Stanislaw Rylko, en el Congreso Nacional de Pastoral JuvenilPermanece muy vivo en todos nosotros el recuerdo de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011, evento que nos ha llenado de estupor: en ella pudimos asistir a la epifanía de una Iglesia joven, llena de entusiasmo y alegría de la fe. Según las palabras del Santo Padre Benedicto XVI: “una nueva evangelización en acto”, “una medicina contra el cansancio de creer que experimentamos especialmente en Europa”, “un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristianos”. Son expresiones muy hermosas pero al mismo tiempo fuertemente exigentes, porque contienen un preciso programa para la pastoral de los jóvenes.

Como Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, quisiera aprovechar esta ocasión para renovar mi gratitud a la Iglesia que vive en España y particularmente a la de Madrid, por la generosidad de la acogida y la eficaz organización de esa inolvidable JMJ.

Cada edición de la Jornada Mundial de la Juventud vuelve a proponer a nuestra reflexión la importancia de la pastoral juvenil en la Iglesia. Vuestra presencia tan numerosa en este Congreso es signo concreto de la solicitud de la Iglesia española para con los jóvenes. Vuestro compromiso pastoral a favor de las jóvenes generaciones hoy, forjará el laicado católico español de mañana: hombres y mujeres conscientes de su propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo, personalidades cristianas fuertes y coherentes, adultas en la fe, de las cuales hoy se advierte particularmente la necesidad.

El tema de mi conferencia es el siguiente: “La pastoral juvenil ante la emergencia educativa hodiema: el magisterio de Benedicto XVI”. El Papa Benedicto ha dedicado gran atención a la cuestión educativa desde el inicio de su pontificado. “La educación constituye uno de los puntos fundamentales de la cuestión antropológica actual”, que toca directamente la misión de la Iglesia, porque entre educación y evangelización existe una relación vital. “Sin educación no hay evangelización duradera y profunda, no hay crecimiento y maduración, no se da cambio de mentalidad y de cultura”. En perfecta continuidad con el beato Juan Pablo II, Benedicto XVI ve en la evangelización de los jóvenes un objetivo prioritario. Cada edición de las Jornadas Mundiales de la Juventud – como prueba también la de Madrid- es un testimonio renovado de la solicitud maternal de la Iglesia hacia los jóvenes, a quienes busca con amor incansable y quiere encontrar para hacerlos participar de la belleza de ser discípulos de Cristo.

Las enseñanzas de papa Ratzinger merecen especial atención para poder aferrar la profundidad de su pensamiento teológico y sorprenden por los vastos horizontes pastorales que abre a la Iglesia de nuestro tiempo. En efecto, su estatura de teólogo va a la par con su sensibilidad pastoral que le hace individuar el núcleo mismo de las problemáticas que la Iglesia debe afrontar. En su magisterio se confirma plenamente la regla de que nada hay más pastoral y práctico que una buena y sólida teología. Como veremos, sus lecciones ofrecen importantes claves que ayudarán a nuestra tarea de educadores.

¿En qué consiste, entonces, la crisis educativa de la postmodernidad, que está al centro de tantas preocupaciones? En los últimos tiempos el Santo Padre ha regresado varias veces a este tema, signo evidente de cuanto el mismo está cerca de su corazón. Benedicto XVI identifica la crisis educativa con la “creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento”, explicando que ello es inevitable “en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo”, en la cual “el relativismo se ha convertido en una especie de dogma” y donde “falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera “autoritario”, y se acaba por dudar de la bondad de la vida”. En esta “sociedad liquida” (Z. Bauman)- una sociedad sin certezas, privada de la piedra angular de los valores compartidos – que rechaza la existencia de la verdad y la sustituye con el pluralismo de las opiniones, la educación se convierte en una tarea ardua, si no incluso imposible. Hace algunos años un grupo de intelectuales lanzó un significativo apelo en donde se lee: “Está sucediendo un fenómeno que no se habla visto hasta hoy. Está en crisis la capacidad de una generación de adultos de educar a sus propios hijos. Durante años, desde los nuevos púlpitos – escuelas y universidades, periódicos y televisiones – se ha predicado que la libertad es la ausencia de vínculos y de historia; que se puede llegar a ser grandes sin pertenecer a nada y a nadie, siguiendo simplemente el propio gusto o antojo. Se ha vuelto normal pensar que todo es igual, que nada, en el fondo, tiene valor, sólo el dinero, el poder y la posición social. Se vive como si la verdad no existiera, como si el deseo de felicidad del que está hecho el corazón del hombre estuviera destinado a permanecer sin respuesta”. Un humus que genera confusión, pérdida de sentido, desconfianza. Esta crisis, que está presente en todos los ambientes educativos, toca especialmente a la familia, el lugar por excelencia de formación de las nuevas generaciones. Un ejemplo: en un informe Eurispes Telefono Azul (instituciones italianas de análisis social y prevención del abuso de menores) sobre la condición de la infancia y de la adolescencia, los jóvenes italianos aparecen como la generación de “todo e inmediatamente”, que percibe el tiempo enfatizando la inmediatez del presente, dado que el futuro se presenta como nebuloso e incierto. Son “hijos y amos” de sus padres completamente dominados por el miedo a ser exigentes y temerosos de las reacciones agresivas de los más pequeños. En los padres, demasiado ausentes de la familia por trabajo o por otras circunstancias, el sentido de culpa genera una excesiva permisividad hacia los hijos, lo que compromete cualquier relación educativa seria. Es decir, parecen estar en crisis los educadores mismos a menudo tentados, como dice el Papa, “a abdicar de sus tareas educativas y no comprender ya ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que les ha sido encomendada”.

¿Cómo salir de esta emergencia que pone en riesgo las bases de la convivencia socia l y el futuro mismo de la sociedad? Claro, la Iglesia no puede rendirse ante las tendencias nihilistas de la cultura postmodema. En un contexto en el que crece cada vez más la necesidad de ambientes que estén verdaderamente en la capacidad de educar a las personas y considerando que el núcleo de todo proceso educativo es siempre la formación a un uso correcto de la libertad, a saber tomar las decisiones correctas, Benedicto XVI nos dice que “el compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Señor Jesús asume, más que nunca, también el valor de una contribución para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extraño “odio de sí misma” que parece haberse convertido en una característica de nuestra civilización”. Fuertes con la pedagogía del Evangelio y como Iglesia, los cristianos están llamados a contribuir con claridad y con valentía a la solución de la emergencia educativa de nuestro tiempo. He aquí la primera, comprometedora clave que el Sucesor de Pedro ofrece a los operadores de pastoral juvenil.

3. ¿Qué espera el Papa de ellos, de los educadores? Benedicto XVI ha hablado a menudo de sus expectativas en ocasión de sus encuentros con obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Ante todo, él piensa que en la misión evangelizadora de la Iglesia la juventud debe ser realmente una prioridad, “porque ella vive en un mundo alejado de Dios”. Para el Santo Padre, el objetivo primario es la educación de las nuevas generaciones “en la fe, en el seguimiento y en el testimonio”. Y dado que la soledad y aislamiento caracterizan hoy la vida de tantos jóvenes, el Papa entiende la pastoral juvenil esencialmente como “acompañamiento personal” de parte de la comunidad eclesial. Los jóvenes deben sentirse acogidos, comprendidos, amados. “En concreto, – añade – este acompañamiento debe llevar a palpar que nuestra fe no es algo del pasado, sino que puede vivirse hoy y que viviéndola encontramos realmente nuestro bien. […] que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, más aún, es con mucho el más razonable”. Por eso es tan importante para los jóvenes que «puedan experimentar a la Iglesia como una compañía de amigos realmente digna de confianza, cercana en todos los momentos y circunstancias de la vida”.

No podemos olvidar que “la relación educativa es un encuentro de libertades y que la misma educación cristiana es formación en la auténtica libertad”. El Papa subraya que “cuando se sienten respetados y tomados en serio en su libertad, a pesar de su inconstancia y fragilidad, [los jóvenes] se muestran dispuestos a dejarse interpelar por propuestas exigentes; más aún, se sienten atraídos y a menudo fascinados por ellas”. En el proceso educativo la libertad debe ser conjugada con la necesidad de verdad que los jóvenes llevan dentro. Dice el Santo Padre: “Debemos esforzarnos por responder a la demanda de verdad poniendo sin miedo la propuesta de la fe en confrontación con la razón de nuestro tiempo. Así ayudaremos a los jóvenes a ensanchar los horizontes de su inteligencia, abriéndose al misterio de Dios”. En fin, los operadores de pastoral deben tomar en serio las preguntas de los jóvenes, las existenciales o las generadas por la relación entre fe y razón. He ahí otra clave que hemos de llevar a traducciones operativas en nuestros itinerarios de formación.

La educación de las nuevas generaciones requiere el compromiso de toda la comunidad cristiana a nivel parroquial, diocesano, regional y nacional. Por este motivo Benedicto XVI solicita a los educadores no solamente a una comunión profunda con el Señor -que es presupuesto indispensable de toda obra evangelizadora- sino también a la “disponibilidad y voluntad de trabajar juntos, de “formar una red”, de colaborar todos con espíritu abierto y sincero”. La invitación del Sumo Pontífice, en evidente contraste con el individualismo prevalente, pone en evidencia la necesidad de unir fuerzas y de coordinar iniciativas, para evitar el riesgo de una fragmentación perjudicial y de una dispersión de energías. En esta obra pastoral es además de desear el compromiso de todas las realidades asociativas presentes en las diócesis y en las parroquias: la Acción Católica, las asociaciones juveniles, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, pero también las escuelas católicas y sobre todo las familias cristianas. Estos son los elementos estructurales – y llegamos así a la tercera clave que el Papa nos ofrece- para construir un proyecto pastoral para los jóvenes que de verdad responda a las necesidades de la Iglesia y de la sociedad de nuestro tiempo.

4. Detengámonos ahora brevemente en los protagonistas del proceso educativo, es decir, los jóvenes. ¿Quiénes son los jóvenes de hoy? ¿Qué cosa buscan? ¿Qué los diferencia de las generaciones precedentes? Numerosos estudios sobre el tema confirman que, como en toda época, también en nuestros días los jóvenes quieren afirmar su propia identidad, quieren ser ellos mismos, buscan razones para vivir. Si son motivados, saben ser valientes, capaces de dedicación, solidarios (voluntariado); pero respecto a los jóvenes del pasado tienen menos puntos de referencia y menor sentido de pertenencia. Caracterizados por un alarmante desarraigamiento cultural, religioso y moral y por un individualismo exasperado, reivindican para si el derecho a construir la propia vida prescindiendo de los valores y normas comúnmente aceptados. A diferencia de sus padres, son decididamente menos permeables a influjos ideológicos. En su vida prevalece la dimensión afectiva y sensorial, a costa de la razón, de la memoria y de la reflexión. En una sociedad que favorece y cultiva la duda, la inmadurez, el infantilismo, estos jóvenes tienen dificultades para crecer, es más, parecen tener pocas ganas de ello. En su vida la infancia se ha hecho más corta y se ha prolongado desmedidamente el periodo de la adolescencia.

Asustados por la falsa convicción de que ello les privaría de su libertad, dudan ante eventuales compromisos duraderos y huyen de las decisiones definitivas (matrimonio, sacerdocio, vida religiosa). Frágiles e incoherentes, son hijos de una cultura en profunda crisis que -como hemos dicho – ha perdido la capacidad de educar a las jóvenes generaciones, de ayudarles a “ser más” y no solamente a “tener más”. Y los educadores, sean sacerdotes, religiosos, religiosas o laicos,
deben hacer frente a esta situación.

Podemos añadir que todo este panorama se acentúa y adquiere visos preocupantes por el impacto que tiene en la vida de los jóvenes la grave crisis económica que azota al mundo, y especialmente a Europa. Las cifras de la desocupación han alcanzado niveles alam1antes y afectan en particular a los jóvenes, al punto que los analistas hablan de una generación sin futuro, sin esperanzas. Se trata de una grave amenaza a los sueños y proyectos para el futuro, tan característicos de los años de juventud.

Benedicto XVI tiene una extraordinaria capacidad de diálogo con los jóvenes, a quienes sabe comprender. Una maestría a la que ciertamente no es ajena su experiencia de muchos años como profesor universitario. Y su juicio sobre la juventud contemporánea es esencialmente constructivo. Dice: “es indispensable ayudar a los jóvenes a valorar los recursos que llevan dentro de sí como dinamismo y deseo positivo; ponerlos en contacto con propuestas llenas de humanidad y de valores evangélicos; impulsarlos a insertarse en la sociedad como parte activa a través del trabajo, la participación y el compromiso en favor del bien común”. Y añade: “en la juventud hay un deseo, una búsqueda también de Dios. Los jóvenes quieren ver si Dios existe y qué les dice. Por tanto, tienen cierta disponibilidad, a pesar de todas las dificultades de hoy. También tienen entusiasmo. Por tanto, debemos hacer todo lo posible por mantener viva esta llama que se manifiesta en ocasiones como las Jornadas Mundiales de la Juventud”. También para el papa Ratzinger, entonces, las JMJ son un importante laboratorio de la fe de los jóvenes. “Su fe y con su alegría en la fe – aconsejaba en Colonia a los obispos alemanes – sigan siendo para nosotros un estímulo a vencer la pusilanimidad y el cansancio, y nos impulsen a indicarles el camino, con la experiencia de la fe que se nos da, con la experiencia del ministerio pastoral, con la gracia del sacramento en que nos encontramos, de
forma que su entusiasmo encuentre también un justo orden”. Y más adelante:
“debemos aceptar la provocación de los jóvenes”, para dar un nuevo inicio a la evangelización del mundo de los jóvenes. El Santo Padre ha puesto así de relieve la necesidad de impregnar del carácter extraordinario de la experiencia vivida durante las JMJ la vida ordinaria y el compromiso cotidiano de la formación de los jóvenes en las diócesis, en las parroquias, en las escuelas católicas. Y he aquí entonces otra importante clave que da Benedicto XVl a los operadores de pastoral juvenil: dejarse interpelar por el mundo de los jóvenes, reavivar el entusiasmo, buscar incansables vías siempre nuevas para evangelizarlos y formarlos.

5. La emergencia educativa de nuestros días se hace notar también en el evidente flaquear de los ámbitos propios de la formación y la alarmante escasez de “buenos” maestros. Por ello es importante detenemos en la figura del operador de pastoral juvenil. Con gran alegría hemos podido comprobar que la aventura espiritual de las JMJ continúa a acrecentar el número de jóvenes del “sí” a Cristo y a la Iglesia, una nueva generación de jóvenes. Estos jóvenes necesitan educadores que, sin dejarse condicionar por las opciones ideológicas del pasado y del presente, sepan responder a sus reales necesidades espirituales. Es confortante constatar que la experiencia de las JMJ ha suscitado el nacimiento un poco por todas partes de una nueva generación de formadores y de pastores que encuentran en el método pedagógico de los encuentros mundiales de jóvenes un punto de referencia fundamental para su misión.

La obra educativa exige que los pastores sean capaces de exponerse en primera persona y que estén dispuestos a recoger las provocaciones de los jóvenes, que son exigentísimos con los adultos y sensibilisimos al mínimo signo de incoherencia y falsedad. E implica además la humildad de dejarse cuestionar cada día, en el comprometedor camino de conversión personaL Benedicto XVI subraya con insistencia que el trabajo con jóvenes exige la autoridad sólida que nace de un testimonio creíble de vida. “Especialmente cuando se trata de educar en la fe, es central la figura del testigo y el papel del testimonio. El testigo de Cristo no transmite sólo informaciones, sino que está comprometido personalmente con la verdad que propone, y con la coherencia de su vida resulta punto de referencia digno de confianza. Pero no remite a sí mismo, sino a Alguien que es infinitamente más grande que él, en quien ha puesto su confianza y cuya bondad fiable ha experimentado”. La madurez humana y cristiana de los educadores es la piedra angular del proceso de educación en la fe, sin embargo no basta. El Papa además subraya que “debemos ser siempre conscientes de que no podemos realizar esa obra con nuestras fuerzas, sino sólo con el poder del Espíritu Santo. Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús”. Poco antes de su elección al solio pontificio afirmaba que lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo. […) Necesitamos hombres que tengan la mirada fija en Dios, aprendiendo ahí la verdadera humanidad…. [Porque) sólo a través de hombres que hayan sido tocados por Dios, Dios puede volver entre los hombres. El presente congreso es verdaderamente una ocasión propicia para reflexionar en estas palabras que pronunció el que pocos días después iba a ser el Pontífice.

6. Llegamos así al núcleo de nuestras reflexiones: el magisterio de Benedicto XVI nos solicita a reconsiderar seriamente los fundamentos de nuestro trabajo con los jóvenes. El Santo Padre, gran maestro de la fe, nos ayuda a volver a lo esencial: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Estas palabras hacen explícito cual debe ser el baricentro del proceso educativo-formativo tal y como lo entiende la Iglesia. En las enseñanzas del Papa, además, son recurrentes algunos “grandes temas” que están particularmente cerca de su corazón y que me parece importante señalar para vosotros.

a) La centralidad de Dios. Benedicto XVI ha individuado justamente en la cuestión de Dios el problema fundamental de los hombres de nuestro tiempo. No un dios cualquiera, especifica, sino el Dios que tiene el rostro de Jesús de Nazaret. Y advierte: “Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas sobre el mundo, sobre todo el universo, sin Él no cuadran”. Añadiendo que “quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” (…]. Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano”. La fe, sin embargo, no puede darse por sentada. Las jóvenes generaciones tienen derecho a recibir el anuncio de Dios de manera explícita y directa, sin reducirlo a pretexto para tratar cuestiones que aparezcan quizá más interesantes a la mentalidad contemporánea. Aunque no sean siempre capaces de articularla, nuestros jóvenes tienen sed de Dios. La regla fundamental que nos ofrece el Papa para orientar nuestro compromiso educativo es que “quien no da a Dios da demasiado poco”. Lamentablemente el aparente carácter obvio de esta afirmación es negado por lo que constatamos en la experiencia.

b) En un mundo que se encuentra a merced de la “dictadura del relativismo” como el nuestro, donde las opiniones subjetivas han tomado el lugar de la verdad, el Papa llama de manera incansable al principio de la racionalidad de la fe y afirma: “el deseo de la verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. Por eso, en la educación de las nuevas generaciones, ciertamente no puede evitarse la cuestión de la verdad; más aún, debe ocupar un lugar central. En efecto, al interrogarnos por la verdad ensanchamos el horizonte de nuestra racionalidad, comenzarnos a liberar la razón de los limites demasiado estrechos dentro de los cuales queda confinada cuando se considera racional sólo lo que puede ser objeto de experimento y cálculo. Es precisamente aquí donde tiene lugar el encuentro de la razón con la fe […] el diálogo entre la fe y la razón, si se realiza con sinceridad y rigor, brinda la posibilidad de percibir de modo más eficaz y convincente la racionalidad de la fe en Dios” Para transmitir a los jóvenes esta certeza nuestra obra educativa no puede quedarse en la fachada de las cosas, debe ir a lo profundo, debe ser capaz de alcanzar lo más íntimo de sus corazones, debe “ensanchar” su inteligencia. ( ¡El Año de la Fe!)

c) La educación integral de la persona, es decir la formación orientada al crecimiento humano y cristiano del joven, está directamente relacionada con el ámbito de la libertad y de su correcto uso. El Papa insiste en la necesidad de “encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro”. El uso adecuado de la libertad es cuestión decisiva para la vida, porque está íntimamente referida a las opciones vocacionales. Se trata de los pasos decisivos ante cuya perspectiva muchos jóvenes demuestran una preocupante fragilidad psicológica y un temor que hace que esos pasos parezcan imposibles. No es casualidad que el Papa señale que una verdadera educación debe despertar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy son consideradas un lazo que mortifica nuestra libertad pero en realidad se trata de pasos indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, es decir, para dar consistencia y significado a nuestra libertad misma. La pastoral debe ayudar a los jóvenes a hacer opciones maduras y responsables: el matrimonio cristiano, el sacerdocio, la vida consagrada.

d) Recorriendo el magisterio de Benedicto XVI, llegamos al último gran tema que en él recurre: la belleza. Ya durante la solemne apertura de su pontificado decía: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”. Unos días antes de la JMJ que se celebró en Colonia en el 2005, un periodista le preguntó: “Santidad, ¿qué cosa quisiera de modo especial transmitir a los jóvenes que están llegando desde todo el mundo?”. El Santo Padre respondió: “Quisiera convencer a estos jóvenes de que es hermoso ser cristianos!”. La belleza es un tema que recurre a menudo en los discursos de este Papa: “Nuestros muchachos, adolescentes y jóvenes, necesitan vivir la fe como alegría, gustar la serenidad profunda que brota del encuentro con el Señor. […) La fuente de la alegría cristiana es esta certeza de ser amados por Dios”. Muy a menudo hoy el cristianismo es considerado un cúmulo de prohibiciones que mortifica la libertad y el deseo de felicidad. Pero en realidad es todo lo contrario: el Evangelio – y el Sucesor de Pedro nos lo recuerda continuamente – es un programa de vida del todo positivo. Es más, es fascinante. El cristianismo no puede reducirse al árido moralismo de los “debes” o “no debes”. El Evangelio abre ante nuestros ojos un horizonte apasionante por el cual vale la pena jugarse la vida. He aquí entonces, el desafío decisivo para todo proyecto pastoral, para todo pastor: abrir ante nuestros jóvenes el rostro de Cristo y su Evangelio, persuadirlos de que apostar por Cristo vale la pena, de que ser cristianos no solo es lo correcto, ¡es hermoso!

Cierto, la tarea no es poca cosa. Vosotros experimentáis cotidianamente en vuestra propia piel los efectos de la crisis generalizada de la cultura postmoderna. Y los momentos de alegría y de satisfacción por las respuestas generosas o los saltos de fe de los jóvenes que han sido confiados a vuestros cuidados deben a menudo hacer cuentas con las dificultades y el desánimo cuando la indiferencia, la fragilidad, la debilidad humana y el “espíritu del mundo” parecen cerrar los corazones al mensaje evangélico. El pastor debe por ello madurar una firme personalidad cristiana, debe ser capaz de confiarse totalmente al Señor, debe estar animado por una alegría bien arraigada, que no desaparezca ante los inevitables fracasos. Los operadores de pastoral juvenil han de ser sobre todo hombres de esperanza – una esperanza contagiosa especialmente para los jóvenes. Recuerda el Papa: “sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida. [..·} en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida”. Con la encíclica Spe salvi Benedicto XVI nos ha ofrecido una enseñanza extraordinaria en este sentido.

En el camino de la evangelización y de la educación nos tropezamos siempre con la lógica de la Cruz, el fracaso que se ha convertido en la más grande victoria en la historia de la salvación. El Papa ha hablado hace un tiempo de los “fracasos de Dios” a lo largo de esta historia – cuyo verdadero sentido se aferra solamente a la luz de la “ley” del grano de trigo que muere para dar la vida; decía: “al inicio Dios fracasa siempre, deja actuar la libertad del hombre, y esta dice continuamente “no”. Pero la creatividad de Dios, la fuerza creadora de su amor, es más grande que el “no” humano [.. .] ¿Qué significa todo eso para nosotros? Ante todo tenemos una certeza: Dios no fracasa. “Fracasa” continuamente, pero en realidad no fracasa, pues de ello saca nuevas oportunidades de misericordia mayor, y su creatividad es inagotable. No fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa”. Esta es la razón por la que la esperanza no debería abandonamos nunca: ¡Dios no fracasa, aún cuando mirando a nuestro mundo podría parecer lo contrario! El Papa sigue asegurándonos que Dios “también hoy encontrará nuevos caminos para llamar a los hombres y quiere contar con nosotros como sus mensajeros y sus servidores”.

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