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Testimonios en medio de la barbarie: la labor de los hospitalarios durante la guerra de los diamantes en Sierra Leona

En la costa oeste de África un pequeño país como es Sierra Leona fue portada de medios internacionales por un asunto del todo ajeno a su cultura, gastronomía o tradición: la guerra de los diamantes.

Contagiados por el conflicto de Liberia, en 1991 comenzaría en Sierra Leona una guerra civil que entronó a hombres despiadados que no dudaron en masacrar a la población civil y emplear niños soldados que sirvieran a su causa. El Frente Revolucionario Unido (FRU) del grupo étnico de los Temnes se declaró en rebeldía ante el ejército del gobierno formado principalmente por la tribu de los Mende. La Guerra duró 11 años y causó unos 250.000 muertos. El objetivo era controlar la zona de diamantes para enriquecerse y adquirir armamento.

Hoy en día, el país se encuentra ante el ingente desafío de no sepultar su propia historia. El pasado mes de febrero comenzó el juicio que dirimirá las responsabilidades de Gibril Massaquoi, lugarterniente de Foday Sankoh, líder del FRU. Después de haber huido casi más de veinte

Al acabar el conflicto, Massaquoi huyó a Finlandia donde se refugió hasta el año pasado, momento en el que fue arrestado por crímenes contra la humanidad. 80 testigos de aquellos años de plomo y sangre en Sierra Leona declararán los delitos atribuidos a este señor de la guerra.

José María Chávarri, testigo de las atrocidades de la guerra

El Hermano de San Juan de Dios, José María Chávarri, fue testigo durante 3 años de las atrocidades de la guerra, mientras trabajaba en el hospital al que acudían miembros de las dos facciones en contienda.

Así nos lo cuentan desde la Orden Hospitalaria.

«Fui destinado a Sierra Leona en 1992 y permanecí hasta 1995 en el Hospital que la Orden tiene en Mabesseneh a cuatro kilómetros de Lunsar y a unos 80 de Freetown. El Hospital tiene una capacidad de 110 camas, con especialidades en pediatría, maternidad, cirugía y traumatología; además de quirófanos, laboratorio, rayos X, una sección para enfermos de tuberculosis y actualmente una escuela de Enfermería. A este hospital acudían enfermos de las dos facciones del país: las fuerzas nacionales y las rebeldes. A todos ellos se trataba sin distinción de ideología, religión o condición social».

La Comunidad de Hermanos del Hospital estaba formada por ocho hermanos: siete españoles y uno ghanés. Chávarri era el responsable del equipo de la Orden en el Hospital y, por sus responsabilidades, «tenía que tramitar gestiones y hacer las compras en la capital del país, Freetown, donde vi cosas muy difíciles de entender como barreras de control vigiladas por ambos bandos militares, en los que, con demasiada frecuencia, me encontraba a jóvenes de 11-15 años con metralleta en mano, algunos drogados o embriagados que en cualquier momento te podían disparar pues no eran conscientes de lo que hacían, era algo terrible. Más tarde, un sacerdote javeriano creó un centro para rehabilitar a estos niños guerreros».

«A lo largo de las 24 horas del día teníamos una idea fija y constante de que en cualquier momento algo podría suceder. No lográbamos concentrarnos en lo necesario, con frecuencia la imaginación divagaba en distintos asuntos, se nos interrumpía con frecuencia solicitando todo tipo de ayudas. Cuando en ocasiones se oían ruidos fuertes nos sobresaltábamos pensando que podrían ser disparos o alguien que venía para robar. Era una situación complicada. A todos nos pasaba lo mismo».

Recuerda la impotencia ante determinadas situaciones sanitarias críticas. «¿Qué hacer ante determinados problemas? Muchas veces no teníamos una solución que dar ante tantas situaciones de necesidad que afloraban. La muerte de alguien por un disparo, una persona gravemente herida, problemas familiares serios…etc. Eran demasiados los casos a los que no podíamos dar respuestas adecuadas por falta del abastecimiento sanitario necesario, ya que el hospital se encuentra en el interior y no había facilidad de desplazamiento en esas circunstancias para adquirir suministros».

Junto a los enfermos hasta en las peores circunstancias

Trabajar en estas condiciones de inseguridad permanente puede convertirse en un auténtico suplicio cuando el ruido de los disparos es constante. «Cuando esto ocurría, se creaba una gran confusión. Los vecinos del poblado más próximo venían buscando refugio en el Hospital, y los enfermos allí atendidos salían llenos de miedo a refugiarse entre la maleza y el bosque. La gente entraba y salía en estampida».

Al recordar aquellos días, Chávarri dice que nunca abandonaron el hospital aún en los peores momentos.  «Quedaron 6 personas solo, pero valió la pena solo por la visita de un grupo para darnos las gracias por no habernos ido. Nos dijeron que el hecho de ver por las noches las luces del hospital suponía para ellos una gran tranquilidad y seguridad para poder seguir en sus casas, de lo contrario habrían tenido que huir perdiendo lo poco que tenían».

La recogida de cadáveres empezó a ser otro de sus objetivos para darles sepultura en una zona que habilitaron detrás de la Comunidad. También recuerda que, gracias a Dios, nunca fueron un objetivo, ya que, «por cuidados médicos o necesidad de alimentos todos nos necesitaban».

La guerra trajo consigo la escasez de alimentos. Los viajes a la capital se tornaron cada vez más peligrosos y hubo que asumir la situación con el mejor talante posible. «Uno de los hermanos empezó a cocinar tres calderas de arroz diarias. Es muy difícil vivir esta situación, incluso creerla sin verla con los propios ojos. Se te desgarra el corazón. El Hermano en cuestión, persona seria y recia, se transformó totalmente en bonachón y espléndido, no escatimaba nada, todo era dar y ofrecer ante tanta necesidad».

En memoria de Manuel García Viejo

En 2015 la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios recibió el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia. «Por su trayectoria de quinientos años de existencia al servicio de las personas marginadas, enfermas y necesitadas de la sociedad. Son varios los hermanos de la Orden que han fallecido en África a causa de su entrega incondicional viviendo la filosofía, valores y herencia de nuestro fundador San Juan de Dios».

Chávarri ha querido recordar a Manuel García Viejo, quien falleció en 2014 como consecuencia del Ébola. «Podría relatar muchos más hechos reales que se sucedieron a lo largo de los días, pero no puedo dejar de mencionar al Hno. Manuel, médico cirujano e internista, entregado totalmente a su trabajo de salvar vidas, siempre fiel a su misión y disponible tanto de día como de noche ante cualquier urgencia que se presentara».

 



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