Juan González Núñez, misionero en Etiopía.
Internacional Última hora

Testimonio misionero desde Etiopía

Hace menos de un mes, el pasado 29 de septiembre, el Papa Francisco nombraba administrador apostólico de la diócesis de Hawassa (Etiopía) al comboniano orensano Juan González Núñez. Hawassa es la diócesis más grande del país en cuanto al número de católicos y también, seguramente, la más compleja. Hoy la Iglesia celebra el DOMUND bajo el lema «Aquí estoy, envíame». Este es el testimonio misionero que el padre Juan ha querido compartir tras su nombramiento:

«AQUI ESTOY, SEÑOR, ENVÍAME

Qué claras y cristalinas debieron sonar las palabras que el profeta Isaías pronunció hace unos 2.800 años ante la pregunta nada retórica de Dios, aunque no se dirigiese a nadie en concreto. “¿A quién enviaré?” El profeta responde de inmediato y sin titubeos: “Aquí estoy, envíame”. Justo lo opuesto a cuando el profesor dice en la clase: “Necesito dos voluntarios”, y todos los alumnos bajan automáticamente la cabeza, clavando la vista en el libro que tienen delante, no precisamente para ponerse a estudiar, sino esperando que alguno de los vecinos de pupitre alce la mano y diga: “Aquí estoy yo”, o hasta que el profe deje caer la propuesta.

Me pregunto si mi respuesta fue tan clara y sin titubeos como la de Isaías cuando en el lejano 1964 dejé el seminario de Ourense para ingresar en el instituto misionero de los Combonianos. Sí, me moría por ser misionero, mi deseo alimentado por “ir a los que viven en tinieblas y sombras de muerte”, eslogan alimentado por sueños de selvas y desiertos africanos. Fue eso lo que me ayudó a superar los obstáculos que en aquel momento se interponían, el mayor de los cuales era el de la situación de mis padres. Último de una familia de doce hijos, todos mis hermanos se habían ido yendo de casa sin perspectivas de vuelta. Mis padres esperaban aquella tan arraigada solución en aquellos tiempos: irse a vivir con su hijo pequeño a la parroquia donde lo mandaran. Y he aquí que al hijo se le ocurre la locura de irse a las selvas africanas. El ejemplo de Comboni, que dejó a sus padres ancianos y pobres, me confortó.

Pero hete aquí que, por importante que sea el decir sí cuando se arranca para misiones, no va a ser el único momento en que uno se juega el ser fiel de verdad y serlo solo a medias. En realidad, ese es solo el punto de partida. Isaías no nos dice nada de las dificultades que tuvo en su “carrera” de profeta. Pero Jeremías sí nos lo dice. Más de una vez quiso escapar de Dios, porque el peso de su palabra le abrumaba. Protesta pero sigue adelante, fiel hasta la muerte a quien le llamó.

En los variados servicios que la vida misionera presenta, los hay que están en la línea de cómo uno ha soñado ser misionero y que son a medida de lo que uno cree que son sus capacidades y sus fuerzas. Hay otros, en cambio, ante los que uno siente la tentación de plantarse y decir: “No, mira, Señor. Lo siento, pero esto no es para mí. Pídeselo a otro. ¿Es que no hay nadie de mis compañeros de pupitre que levante la mano para decir “Aquí estoy yo”?

¿Estoy haciendo una confesión personal como las de Jeremías? Porque, mientras esto escribo, otro de esos momentos cruciales, superiores a lo que uno considera las propias fuerzas, se ha asomado por mi vida misionera. La cuestión es que, cuando uno no tiene ninguna razón humana para echársela sobre las espaldas, es el momento de hacerlo fiado solo en aquel en nombre del cual, al menos teóricamente, uno ha hecho todo cuanto ha realizado en su vida.

Juan González Núñez

Desde Etiopía».

 

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME