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Rincón Litúrgico

Testigos

Señor Jesús,  creo que en muchas ocasiones hemos abusado de la palabra «testigo». Tal vez sea porque ya sabemos que hay quienes desaparecen de la escena cuando han presenciado una reyerta o un accidente que ha dejado a una persona malherida o muerta. No es muy apetecible tener que dar testimonio de lo que ha ocurrido. Nunca se sabe hasta dónde o cuándo puede llegar la hora de los chantajes o de la venganza.

Ocurre lo contrario si se trata de un acontecimiento fastuoso. Son muchos los que presumen de haber sido testigos de una victoria militar o de la visita a su país o a su ciudad de un personaje muy importante. Dicen haber asistido a un acontecimiento deportivo inolvidable o a un concierto musical del que se habla y escribe una y otra vez. Es un honor ser testigo de algo importante cuando no comporta una responsabilidad.

Tú nos has pedido que seamos ante el mundo testigos de tu vida, de tu muerte y de tu resurrección. Parece que nosotros hemos entendido que ese testimonio no nos traerá ventajas sociales o económicas. Al contrario, puede traernos disgustos y persecuciones. Ya sabemos que el «testigo» se denomina en griego con la palabra «mártir».

Además, parece que en nuestro subconsciente, los acontecimientos de los que hemos de ser testigos son para nosotros irrelevantes y hasta perjudiciales para la humanidad. Por eso nos avergonzamos de ser testigos de tu vida y de tu muerte, de tu mensaje y de la esperanza que nos ofreces.

Ser testigos de tu misión en el mundo nos exige una coherencia que no siempre estamos dispuestos a asumir. Ser testigos de tu mensaje nos lleva a «estar ahí» y a «ser diferentes». Esa diversidad llama la atención. Por eso es el principio de la evangelización, como decía san Pablo VI.

Señor Jesús, envíanos tu Espíritu para que nos conceda sus dones, de modo que podamos ser humildes y valerosos testigos de tu vida y de tu evangelio. Amén.

 



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