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Iglesia en España

Testigos en el mundo, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

Testigos en el mundo, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

 Es preciso estar muy en contacto con la vida, con las personas, con los problemas. Conocer también nuestros propios límites. Aceptar la pluralidad de intenciones en acciones complejas y masivas. Clarificar los matices de nuestras posturas cuando llegue la ocasión, pero sin que esto nos separe del conjunto de la acción en lo que tenga de positivo y estemos de acuerdo.

Por exigencia de su fe, el cristiano tiene una vocación en el mundo. «No te pido que lo saques del mundo, sino que le libres del Maligno». También a nosotros nos entrega para el mundo, para su servicio y para su felicidad. ¡Cuántos que no tienen fe en Cristo han hecho esta opción de ponerse al servicio de los hombres, aunque les cueste la persecución, la cárcel o la muerte!». Serán otros los motivos, en parte al menos, pero el gesto de generosidad es admirable de todos modos.

Con otra óptica y dentro de sus propios contextos culturales, muchos cristianos de todas las generaciones han hecho esta entrega real a los hombres. Por poner un ejemplo entre tantos, recordemos a la Orden Trinitaria, redimiendo cautivos con el dinero que recogían de limosna o hasta con la entrega de sus propias personas si era preciso. Ellos, evidentemente, pensaban en una liberación más grande y total, pero en ese momento hacían lo que podían; esa liberación temporal era como anuncio y simiente de la liberación total y eterna.

El cristiano debe sentirse a disposición del mundo, a su servicio como un esclavo sin voluntad propia, sin más reservas que donde advierta que está el espíritu del pecado. Como Cristo aún ante el mismo Pedro cuando le proponía que torciera el camino que el Padre le había trazado. Entonces Cristo le rechaza, hasta llegar a llamarle «Satanás». Aún el primer Papa se convierte en el adversario si va contra la voluntad del Padre…. que es, precisamente, que se entregue incondicionalmente para salvar al hombre.

Pero un pecado sobremanera claro para el cristiano de nuestra época es el no luchar a favor de la justicia en este mundo, cada uno en la medida de sus fuerzas, posibilidades y circunstancias. En otras muchas cosas, cada cristiano tendrá obligaciones que no afecten a todos o no le obliguen siempre. Sin embargo, la lucha por la justicia en una opción básica, constante y universal de todos los cristianos conscientes. La promoción de los derechos humanos es requerida por el Evangelio y es central en su ministerio.

Todavía nos queda en pastoral un largo camino que recorrer tanto en el despertar del pueblo cristiano en la lucha en favor del hombre y sus derechos como en la supresión de la injusticia dentro de los pertenecientes a la Iglesia y a la clarificación de posturas en este sentido. Cosa muy distinta es cuando se trata de programas concretos de acción en la lucha política.

Supuestas las exigencias indicadas anteriormente, en todo lo demás cada cristiano es libre para decidir según su conciencia entre los medios que considere lícitos y crea mejores para trabajar por el bien de la sociedad. De todos modos, es importante que todo cristiano sepa que fe y política, Espíritu Santo y política, no son dos polos antagónicos, sino que propiamente hablando de acción política puede ser casi siempre una obligación de la caridad del cristiano hacia el hombre de hoy, tal y como principalmente puede ser ayudado a través de las estructuras de la sociedad. Es decir: que una manera, si no la única, sí de las más importantes de ejercer el amor al hombre, es la caridad política. No poniéndole etiquetas políticas a la fe o etiquetas eclesiales a la política. Es cuestión de actitud interior.

                                        + Ángel Rubio Castro

                                                         Obispo de Segovia

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