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Testigos de la Resurrección, por Carlos Osoro, arzobispo de Madrid

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Testigos de la Resurrección, por Carlos Osoro, arzobispo de Madrid

¡Feliz Pascua!

“Testigos de la Resurrección. ¡Feliz Pascua!”, es el título de la carta pastoral del Arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro Sierra, para esta semana. A continuación adjuntamos el texto íntegro de la misma:

Seamos “testigos de la Resurrección”. Sí, testigos del Resucitado, pues hemos de saber decir a todos los hombres: “vivo así porque he visto al Señor”. Así lo hicieron los primeros cristianos. Ha de ser el encuentro con Jesús vivo, con el Resucitado, el que me convierte y fascina para poder decir en medio de este mundo que la Vida es Cristo. Por eso, los bautizados, al morir en Cristo al pecado, nacemos a una vida nueva y somos restablecidos gratuitamente en la dignidad de hijos de Dios. En este sentido, en la primera comunidad cristiana el Bautismo era considerado como la “primera resurrección”. Él es nuestra Pascua. Solía repetir Silvano del Monte Athos: “Alégrate, alma mía. Siempre es Pascua, porque Cristo Resucitado es nuestra resurrección”.

El acontecimiento de la Resurrección es la verdad fundamental de nuestra fe, verdad histórica ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. Por eso es importante caer en la cuenta de que el debilitamiento de la fe en la Resurrección de Cristo hace débil el testimonio de los creyentes. Si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. ¡Cristo ha Resucitado! Y es importante, porque la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y los pueblos con la Luz que es el mismo Cristo resucitado. Es esta certeza la que nos infunde valentía, audacia profética, perseverancia. Es esta certeza la que nos da la alegría verdadera para seguir regalando a nuestro mundo la fascinación de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Atrae de tal manera que hombres y mujeres, jóvenes y niños, de todas las procedencias y de todas las culturas, desde los inicios del cristianismo, han creído en el Resucitado y han sido capaces de dejarlo todo para seguirlo y ponerse al servicio del Evangelio. Con esta valentía, creen de verdad aquello que dijo el apóstol San Pablo: “si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe” (1Cor 15, 14).

Las palabras del Señor: “Yo soy la Resurrección y la Vida”, nos invitan a beber en la fuente de la vida, a entrar en comunión con el amor de Cristo. Y así, ser “testigos del Resucitado”. Cuando nos hemos encontrado con Cristo resucitado, cuando entramos en contacto, más aún, en comunión con Él, que es la Vida misma, ya hemos cruzado el umbral de la muerte, ya estamos en contacto, más allá de la vida biológica, con la Vida verdadera. La resurrección de Cristo es la razón de nuestra esperanza y ha introducido al ser humano en una nueva comunión de vida con Dios y en Dios. Esta es la victoria de la Pascua. Por eso podemos decir con San Agustín: “la resurrección de Cristo es nuestra esperanza”, porque nos introduce en un futuro nuevo.

“Testigos de la Resurrección”. Éste es nuestro nombre. Ésta es nuestra tarea. Éste es nuestro camino. Ésta es nuestra misión. Y ésta tiene que ser nuestra salida y nuestro mensaje a todos los hombres: «¡Feliz Pascua! Cristo ha resucitado verdaderamente”. Éste es el gran día que hizo el Señor. La alegría se desborda, viene de dentro. Dejemos que esta experiencia se imprima en nuestro corazón y se transparente con nuestra vida. Dejemos que el asombro gozoso del domingo de Pascua se irradie en nuestros pensamientos, miradas, actitudes, gestos y palabras. Seamos “testigos de la Resurrección”. Es la Luz misma de Cristo que dentro de nuestro corazón se convierte para nosotros y para los demás en una fuente de gozo, de convicción, de atracción para otros hombres, pues ven en nosotros presencia de la Resurrección de Cristo. Esto es ser “testigos de la Resurrección”.

Tengamos la certeza de que Cristo resucitado está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo. Él es la Buena Noticia. No busquemos dar otras noticias que están muertas y dan muerte. No nos encerremos en ninguna forma de egoísmo. No nos dejemos seducir por palabras vanas ni por proyectos que no sacan de ningún atolladero, ni a nosotros ni a los demás. No olvidemos a Dios, a Jesucristo Resucitado, que es la única manera de no olvidar al prójimo. Aspiremos a la belleza verdadera, a la justicia auténtica, a la paz del Resucitado que elimina todas las armas y solamente deja su Amor.

“Testigos de la Resurrección” para decir siempre y en todo lugar: “venid y veréis”. Para ello contemos con su Amor, que nos empuja a amar. Afrontemos los problemas de frente y con la luz de Jesucristo. Vayamos con la fuerza de los primeros cristianos. Caminemos con la vida que Él nos entrega. Seamos hombres y mujeres que en la Iglesia describimos la misma historia de amor que describió el Señor. Creamos que el diálogo con Él hace milagros, y nos enseña a dialogar con todos los hombres. Comprendamos, vivamos y proclamemos que vivir egoístamente es una estafa para todos los hombres. Seamos testigos en medio del mundo, eludiendo ser cristianos de museo y mojándonos en los caminos de los hombres. Dejemos que Él nos ame. El Señor es fiel y no desilusiona. Por eso debemos dar la vida a los demás.

Con gran afecto, os bendice:

+Carlos, Arzobispo de Madrid

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  • EL VÍA CRUCIS DE LA DIVINA MISERICORDIA
    Padre Eterno, Te ofrezco La Dolora Pasión de Tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en expiación de nuestros pecados y los pecados del mundo entero.

    [ I ] Por Su condena a muerte…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ II ] Por la Cruz que le fue cargada sobre Sus espaldas…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ III ] POR SU PRIMERA CAÍDA…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ IV ] Por las lágrimas de Su Madre – La Santísima Virgen María – al encontrarse con Él…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ V ] Por Su angustiosa fatiga, por la cual es ayudado por el Cirineo…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ VI ] Por la compasión de Verónica al enjugarle Su rostro ensangrentado…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ VII ] POR SU SEGUNDA CAÍDA…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ VIII ] Por las palabras que dirigió a las mujeres que lo compadecían…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ IX ] POR SU TERCERA CAÍDA…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ X ] Por el inmenso dolor que sintió al ser despojado de Sus vestiduras…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ XI ] Por el terrible sufrimiento que estremeció Su cuerpo al ser clavado en la Cruz…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ XII ] Por el Agua y la Sangre que brotaron de Su Sagrado Corazón después de Su muerte…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ XIII ] Por el sufrimiento de Su Madre – La Santísima Virgen María – al tenerlo muerto en Sus brazos…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    [ XIV ] Por el cuerpo sepultado de Jesús…
    Ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

    JESÚS EN TI CONFÍO
    Falleciste, Jesús, pero el manantial de la vida brotó para las almas y se abrió el océano de la Divina Misericordia para el mundo entero. Oh fuente de vida, insondable Divina Misericordia de Dios, envuelve el mundo entero y viértete sobre nosotros.

    Oh, Sangre y Agua que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús como una Fuente Inagotable de Tu Infinita Divina Misericordia para nosotros.
    ( Decir: ¡JESÚS EN TÍ CONFÍO! 3 Veces )