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Testigos de la fe (II), por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

Testigos de la fe (II), por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

El Papa Benedicto XVI, en la Carta Apostólica “Porta fidei”, invita a todos los católicos a recorrer la historia de la fe cristiana en la que se entrecruzan testimonios de santidad y comportamientos de pecado. La contemplación de los testimonios de santidad de tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia tiene que impulsarnos a dar gracias a Dios por el inmenso bien que han prestado a la Iglesia y a la humanidad. El descubrimiento del pecado debe suscitar en nosotros un sincero acto de conversión para poder experimentar la misericordia del Padre que sale constantemente al encuentro de todos los hombres para atraerlos hacia sí y hacerlos partícipes de su amor.

Entre estos testimonios de santidad, el Santo Padre nos invita a contemplar la vida y la obra de tantos santos y mártires que, transformados interiormente por la fuerza del Evangelio, vivieron en comunión con Cristo y lo confesaron hasta el final de su existencia en este mundo. Refiriéndose al testimonio de los mártires, dice el Papa: “Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y los había hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores” (n. 13).

Los mártires son modelos de fidelidad a Jesucristo y de plena coherencia con las enseñanzas evangélicas para el Pueblo de Dios y para toda la sociedad. Con su oración confiada al Padre, con sus palabras de perdón para sus verdugos y con la entrega gozosa de su vida, los mártires confiesan a Jesucristo como único Señor de sus vidas, lo presentan como el camino seguro para heredar la vida eterna y lo proponen como la fuerza necesaria para superar los sufrimientos y los tormentos.

En todos los momentos de la historia, La fuerza de la fe, tanto desde el punto de vista personal como comunitario, se mide fundamentalmente por la capacidad de comunicarla a los demás, de vivirla en la caridad y de mostrarla con obras y palabras a todos aquellos hermanos que encontramos en el camino de la vida.

La Iglesia, como nos viene recordando en distintos momentos de su pontificado el Papa Francisco, no es una organización asistencial ni una potente empresa, sino una comunidad de hermanos que, impulsada por la acción del Espíritu Santo, vive el gozo de haberse encontrado con Jesucristo y desean compartir con todos los hombres la alegría de este encuentro.

En el cumplimiento de esta gozosa misión, los cristianos nunca estamos solos. Contamos siempre con la asistencia del Espíritu, con la protección de la Santísima Virgen y con la intercesión de los santos y de los mártires. Estos poderosos intercesores están íntimamente unidos a nosotros en Cristo. Por eso, la Iglesia los venera con especial cariño e implora la ayuda de su intercesión. Que descubramos su compañía, testimonio y protección en nuestro diario peregrinar al encuentro con el Padre y con ellos.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

 



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