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Teresa Compte, directora del Máster en DSI: «La opción por la justicia sigue siendo uno de nuestros grandes desafíos»

Se abre una nueva edición del Máster universitario en Doctrina Social de la Iglesia. Un máster oficial, reconocido como título civil, que da el conocimiento y las competencias necesarias para promover la justicia, el desarrollo y la promoción humana desde una lógica: la del Evangelio aplicado a las realidades humanas. María Teresa Compte Grau es su directora e impulsora, dándole una proyección internacional que confirman sus numerosos alumnos de España y Latinoamérica.

 —¿Por qué es necesario conocer la Doctrina Social de la Iglesia para poder aplicarla a la realidad que vivimos hoy?

—La Doctrina Social de la Iglesia tiene herramientas para responder a esta realidad y a las que se nos vayan presentando. Es un conocimiento elaborado históricamente en diálogo con las circunstancias. Así nació y así se ha ido desarrollando durante más de 150 años. Cuando nos preguntamos por qué ahora, en realidad es preguntar qué dice en cada momento de la historia, porque se elabora en diálogo con las realidades de cada momento. Las que estamos viviendo nos pueden parecer especialmente dramáticas, inciertas o acongojantes, pero si miramos para atrás hay situaciones muy duras como la Segunda Guerra Mundial, su final, o la reconstrucción de Europa; el colapso de la URSS, la caída del Muro de Berlín, etc., y la historia no se ha detenido.

A veces nos preguntamos sobre la DSI como si fuera el remedio o la varita mágica con todas las soluciones, pero no es así. Habrá que devanarse los sesos y preguntarse muy seriamente qué estamos viviendo, hacia dónde vamos y qué queremos construir. Pero sí hay una clave que conviene poner sobre la mesa: Vivimos un proceso, en el ámbito económico, sobre todo, de mucha despersonalización. Hemos perdido la conciencia de trabajador, pensamos en el capital y no lo identificamos con personas o instituciones concretas. Esa me parece una cuestión a pensar: repersonalizar las relaciones económicas. Y para eso, en lugar de perder tiempo en busca de grandes soluciones, tenemos que ser muy creativos en lo micro, en comunidades y realidades pequeñas, más que en lo macro. ¿Qué podemos hacer en nuestras circunstancias concretas? La creación de empleo, por ejemplo, es el gran desafío en lo micro, más que en lo macro. El ciudadano de a pie no puede tomar grandes decisiones en el ámbito financiero, pero igual si coopera con otros sí puede ser creativo en la creación de empleo. Hay que fortalecer el tejido social, la vida comunitaria, las relaciones entre instituciones de tipo familiar, educativas. Lo que dice un poco la Fratelli Tutti con relación a un concepto antiguo, aunque parezca que lo acabamos de descubrir, que es el de amistad cívica o social. Trabajar muy seriamente por fortalecer las relaciones de convivencia, volver a lo local, trabajar la cohesión en los municipios. Y me parece que parte de la reconstrucción está ahí.

Se habla mucho de acción y lo hemos visto durante la pandemia; gente que ha sentido la necesidad de ayudar, que se ha preguntado, ¿y yo qué puedo hacer por los demás? Pero muchas veces hacemos las cosas sin dotarlas de un sentido. ¿Por qué hay que acompañar la acción caritativa con el pensamiento?

—Lo he insistido en muchas ocasiones y en muchos foros. Creo que hay que volver la mirada atrás, volver a mirar al viejo catolicismo social, el que emergió en el siglo XIX para dar respuesta a los grandes desafíos que planteó la Revolución Industrial. Los católicos sociales del siglo XIX eran conscientes de que, en un mundo marcado por el utilitarismo y por la productividad, la Iglesia y el catolicismo habían perdido relevancia, su identidad estaba difuminada, y las viejas nociones de caridad habían perdido significado en un mundo en el que, desde la izquierda, se hablaba en términos de justicia social. El gran dilema que se les planteaba era cómo hacer presente la identidad de lo cristiano en el ámbito social, si permanecer sin más en un lugar privilegiado o significarse en el ámbito de la justicia social. Optaron por lo segundo. Nosotros estamos en una situación parecida. Y esos grandes reformadores, (no solo hombres, también mujeres) que lo hicieron desde la sociología, derecho laboral, economía, empresa… tuvieron claro que su compromiso de fe pasaba por una opción decidida por la justicia social, y que eso significaba promover una transformación. Frente al simple utilitarismo y positivismo que de alguna manera vendía el llamado “evangelio industrial”, es decir, las verdades de la razón técnica y del mercado sin más, había que resignificar el compromiso social. Creo que la opción por la justicia sigue siendo uno de nuestros grandes desafíos y pasa por defender la transformación de la realidad. No nos podemos quedar en una simple declaración de intenciones, sino que hay que promover un cambio social. Y hay que ser radical en este sentido, tal y como lo planteaba la Caritas in Veritate: vivimos en un mundo que permite la libertad de mercado y el pluralismo de las ideas y nos permite jugar en igualdad de condiciones. Bueno, pues juguemos y materialicemos en este mundo aquello que creemos con relación a la primacía del trabajo sobre el capital, la distribución de las rentas, la satisfacción de las necesidades básicas, el reconocimiento de los derechos sociales básicos. Las condiciones quizá no son óptimas, pero el mundo en el que vivimos nos lo permite. Ahí es donde nos la jugamos.

—Vivimos en un clima de polarización política que afecta también a esto que hablamos y, en múltiples ocasiones, hay gente que se apropia de la DSI como si fuera algo propio de un determinado signo político. ¿Es la DSI más de unas ideologías que de otras? ¿Cómo hacer que, dentro de la Iglesia, sea para todos y no solo cuando se acerca a mi modo de ver el mundo desde la política?

—La DSI es para todos. El problema es que el mundo católico en España está muy ideologizado. El problema es que hemos caído en la tentación de las ideologías y hemos permitido que los disensos ideológicos, no solo políticos, calen en la vida de la iglesia y acaben confrontándonos. Como toda tentación, habría que haberse resistido un poco más; y ahora lo que tenemos que hacer es purificarnos. La DSI nos permitiría no caer en tentación, el problema es que, quizá, todavía, hoy en día, no la tenemos debidamente asumida y pensamos que es prescindible. Hay muchos que creen que es un elenco de buenas voluntades, pero que al final ahí están los sistemas que el mundo nos ofrece y que no hay más realidad que la que nos domina. El tema es que, en el fondo, no acabamos de creérnoslo.

—Quien vaya a formarse o a buscar hoy en la Doctrina Social de la Iglesia, ¿qué aspectos va a encontrar o tratar que le puedan servir para iluminar su trabajo diario, su actividad o su misión?

—Quien quiera acercarse a la DSI puede hacerlo porque le interesa desde un plano de la reflexión puramente teórica, porque le interesa para su trabajo o porque están pensando en poner en marcha un proyecto que les gustaría que estuviese cimentado en los principios de la DSI. ¿De qué hablamos, fundamentalmente? Hablamos de cuestiones eternas: la primacía de las personas por encima de las cosas, algo que parece muy simple pero que, a la hora de verdad, es un dilema eterno; hablamos de la primacía de los fines sobre los medios, en todos los ámbitos, también en el socioeconómico. En este sentido, la DSI educa la mentalidad para resolver dilemas de este tipo: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas. Parece algo sabido, pero es probablemente uno de los principales problemas que tenemos en nuestras sociedades, que al final primamos el tener sobre el ser, la rentabilidad sobre las personas, lo material o contingente por encima del ser humano y sus derechos. Da igual si hablamos de migraciones, si hablamos de distribución de rentas, de democracia participativa… Creo que, en definitiva, es fundamental retomar el pensamiento personalista que está en la base de la DSI y que por mucho que lo prediquemos, parece que hemos perdido el rastro.

—¿Quién puede hacer el Máster? ¿A quién va destinado y por qué es tan importante que sea universitario?

—Puede hacerlo cualquier persona licenciada o graduada, con estudios universitarios, español o extranjero y tenga de verdad voluntad de hacerlo. ¿Por qué máster universitario? Porque la DSI es un conocimiento interdisciplinar, porque su razón de ser, en parte, es su diálogo con la realidad y con las ciencias, fundamentalmente humanas y sociales; porque no estamos hablando simplemente de buena voluntad o de ser buena persona, sino de estar capacitados y con un conocimiento suficiente para poner en marcha o diseñar planes de formación o mecanismos de intervención social desde una lógica, que es la del Evangelio aplicado a las realidades humanas; porque estamos hablando de unos estudios con valor universitario y abrirá a muchas personas a caminar por la vía de la investigación haciendo un doctorado; y porque me parece interesante algo que en España no es habitual y es que una disciplina como es la DSI tenga un reconocimiento civil dentro de una facultad eclesiástica. Eso pasa en países como Alemania y es algo normal. En España, la Universidad Pontificia de Salamanca es una de las dos universidades españolas que tiene un título civil en una facultad eclesiástica, y, en ese sentido, me parece que es una gran contribución al diálogo entre la Teología y las Ciencias Humanas y Sociales.

 



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