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Teólogas y feministas, por Cristina Inogés

Cada vez somos más las mujeres que nos dedicamos al estudio, profundización y divulgación de la teología. Las que vienen empujando ya no son principalmente hijas del Concilio Vaticano II y eso es muy bueno. ¿Por qué? Porque supone que estas mujeres han encontrado otros motivos distintos a los que tuvieron aquellas pioneras que nos precedieron y que, en su mayoría, aprovecharon los vientos de cambio que supuso aquel concilio, para hacer realidad un sueño.
Ahora, las mujeres que quieren ser teólogas ya no necesitan soñar. Estudiar teología hoy siendo mujer ya no supone ser un bicho raro y es un gran avance. Pese a todo, siempre queda latente la duda de si las teólogas somos todas feministas. Sería raro que no lo fuésemos, sin embargo, la pregunta así planteada está mal formulada porque lo más interesante sería saber, primero, de qué feminismo estamos hablando y, en segundo lugar, bajo qué feminismo reflexiona y actúa cada teóloga.
Hay muchos feminismos. Lo fácil es quedarse con la imagen de un feminismo radical —ese que aboga por volver a casa, solas y borrachas— que nada dice a favor de la mujer con la imagen de la borrachera, o ir un poco más allá e intentar averiguar qué dicen otros feminismos que, por desconocidos, se quedan casi olvidados.
No es el presente artículo el espacio oportuno para un desglose de los diferentes feminismos, sin embargo, sí podríamos hablar de lo que un buen feminismo puede aportar a la Iglesia.
Además de la diferente visión sobre las materias teológicas que se imparten en las facultades, la aportación de las mujeres también radica en las distintas preguntas que hacemos para la reflexión de todos —que nos lean o no es algo que no está en nuestras manos— y que parten de una realidad de vida distinta a la de los varones, por la sencilla razón de que somos diferentes.
Si el feminismo de la diferencia ha podido llevar a algunos extremismos en la sociedad civil, en la Iglesia sería —y espero que algún día lo sea de forma efectiva— todo lo contrario. Este feminismo señala la igualdad «entre» varones y mujeres, pero no la igualdad de mujeres «con» varones. Esta sutil diferencia de lenguaje señala el contraste positivo porque evita que todo termine con un único modelo, el masculino —y no lo digo de forma peyorativa—. La Iglesia católica, que en este momento entre movimientos y asociaciones, adquiere la forma de un abanico abierto, debería estar atenta a la posibilidad de enriquecerse más con este feminismo de la diferencia que no implica desigualdad.
Las teólogas no estamos hechas para la confrontación y sí para la comunión. Lo que sucede es que la comunión se entiende en muchas ocasiones como un constante asentimiento sin posibilidad de diálogo, al menos, y eso no es realmente la comunión. La comunión en la Iglesia no puede sustentarse solamente en la aparente unidad, sino que debe sustentarse en la verdadera unidad que nos presenta ante la sociedad como hombres —varones y mujeres— nuevos porque, «os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por lo que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros» (Jn 13, 34-35).
Tal vez no suene a nuevo lo que digo, pero en la vida eclesial —aunque ciertas realidades sigan adelante sin comentarlas mucho— considero que es mejor decirlas y, si es posible, dialogarlas. Después de todo, la comunión puede parecerse a un coro que, cantando a una sola voz, tiene muchos registros entre sus componentes.

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