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«Te basta mi gracia», por César Franco, obispo de Segovia

«Te basta mi gracia», por César Franco, obispo de Segovia

             Cuando el hombre se decide a realizar una empresa, por pequeña que sea, calcula si tiene medios para llevarla a cabo. Jesús advierte de la necedad que supone edificar una torre sin tener recursos suficientes; o lanzarse a una guerra con un ejército inferior al de su enemigo. El fracaso supondría el hazmerreír de los vecinos. Quizás por esto, sorprende tanto que en el evangelio de hoy, Jesús envíe a los discípulos a la misión de anunciar el Reino con la prohibición expresa de no llevar más que bastón y sandalias. Ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, ni túnica de repuesto. ¡Pobreza extrema! ¡A la intemperie! A expensas de que alguien los reciba en la casa y les ofrezca techo y comida. Los apóstoles no han sido los únicos predicadores ambulantes. Los filósofos cínicos actuaban como «monjes mendicantes» en el paganismo antiguo, pero llevaban alforja, además del manto y el bastón.

            Jesús, no obstante, envía a los suyos con una riqueza inconmensurable: su autoridad sobre los espíritus inmundos. Aquí está el contraste. Para establecer el Reino de Dios, no necesitaban medios materiales, sino la autoridad de Cristo sobre el mal y la confianza en su poder. Esta es seguramente la razón de que el Señor, para hacerles comprender que sólo Dios era el constructor del Reino que predicaba, les hizo experimentar la pobreza de medios y el abandono completo en la Providencia. Si dependiera de sus propios medios, podrían engreírse del éxito y atribuirlo a su propia valía. Esto ha pasado con frecuencia en la Iglesia, cuando ha puesto su confianza en sí misma, en su poder temporal, en sus recursos y estrategias propias de una empresa humana, y ha olvidado que sólo el poder del Espíritu la lleva adelante por caminos de fecundidad.

            La experiencia de san Pablo, como fundador de comunidades, queda bien reflejada en su carta a los corintios: «En Cristo habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito» (1Cor 1,5-7). Nada necesitan, viene a decir el apóstol, cuando se trata de dar testimonio de Jesús. Su propia experiencia le avala, pues tuvo que pasar por infinidad de pruebas, hasta llegar al martirio, y nunca le faltó la gracia de Cristo para proclamar el Reino de Dios. Sufrió pobreza, hambre, frío, flagelaciones, naufragios, y, al final, el martirio. Y, en medio de sus pruebas, Cristo le dijo: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2Cor 12,9).

            Vivimos en un mundo con enormes posibilidades para la misión, pero quizás hemos perdido de vista que el Reino crece con la fuerza de Cristo y bajo su providencia. Cuando Pedro y Juan se encuentran con el paralítico de la puerta hermosa del templo de Jerusalén, afirman claramente dónde está su fuerza: «No tengo plata ni oro, le dijo Pedro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda» (Hch 3,6). El Reino de Dios se abrió paso con la autoridad de Cristo otorgada a los Doce. Así aconteció con Francisco Javier cuando evangelizó la India; y con Teresa de Jesús, cuando salió, con sandalias y su bastón de andariega, a fundar sus conventos en pobreza, y, fiel a las palabras del Señor, se sacudió el polvo de las sandalias al ser rechazada; pero seguía confiada, segura, abrazada a su imagen de Cristo de quien se fiaba plenamente. Estos son los pobres de espíritu que se han fiado del Señor y han hecho obras grandes. Bien claro lo tenía San Juan Crisóstomo: «El me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo».

 + César Franco

Obispo de Segovia.



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