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Carta del Obispo

¿Te adoro, o simplemente me agradas?

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

Hay que ver  cómo evoluciona el lenguaje popular. El ansia de acentuar la comunicación de las reacciones anímicas, o de las vivencias fuertes ante acontecimientos o personas, lleva a muchos a necesitar expresiones superlativas.  Para ello se emplean palabras cuya significación queda muy lejos, a veces, de la naturaleza de aquello que se quiere destacar o resaltar. Ese es el caso que se da, por ejemplo, cuando se dice de una persona, de una comida o de una joya que se la adora.

Quizá no lo sepan quienes utilizan esta expresión. Pero pertenece a la cultura general y nada especializada el saber que la adoración es la máxima acción del espíritu ante la grandeza de un Ser que supera toda medida, que trasciende la creación entera. Por tanto solo puede referirse a Dios. La sagrada Escritura, nos enseña esto con toda claridad. El diablo tentó a Jesucristo en el desierto  prometiéndole grandes dominios si se postrara y le adorara. La respuesta de Jesucristo fue clara y tajante: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto” (Mt. 4, 10). De tal modo que ante las imágenes de Jesucristo y de la Virgen  solo cabe la veneración. La sagrada liturgia, además de a Dios, sólo admite la actitud de adoración a la reliquia de la santa Cruz en la celebración de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Por eso, ya Moisés manifestó su mayor disgusto e indignación al ver que, mientras él estaba recibiendo de Dios las tablas de la ley,  sus gentes, pensando que tanto Dios como Moisés les habían abandonado dejándoles sin su guía y caudillo, habían esculpido un becerro de oro, y lo adoraban.

Son muchas las personas que, por falta de fe en Dios, por una inclinación desorientada o desacertada, pero fuerte e incontenible, caen en la idolatría. Los ídolos pueden ser personas, cosas, dinero, placer, poder, etc. Ante ellos, los idólatras se comportan con una admiración y un aprecio tan grande y absorbente, que bien se puede considerar como una actitud de adoración y, por tanto, como una auténtica idolatría. Es curioso que cuando el hombre pretende apartar a Dios de su vida para quedar plenamente libre, se esclaviza más idolatrando cosas que no pueden darle seguridad, ni más vida, ni  la felicidad que ansían.

Además de manifestar que es improcedente referirse a personas o cosas, por buenas que sean o parezcan, utilizando el verbo adorar, quiero destacar la importancia de la reflexión sobre los requisitos y las posibilidades imprescindibles para adorar a Dios.

La primera condición para adorar a Dios es conocerle bien. Ese conocimiento no puede ser exclusivamente doctrinal, aunque este es necesario. Ha de ser, también, un conocimiento vivencial. Ha de contar con haber tenido la experiencia de Dios. Pero esta experiencia no puede alcanzarse desde la superficialidad, desde el ajetreo espiritual, desde la preocupación preferente por lo terreno, o desde la irreflexión y la pura inercia de vida condicionada por intereses mundanos. Para que sea posible la adoración es imprescindible que el espíritu se percate profundamente de la grandeza, de la dignidad y de la bondad de Dios. Sabemos que a ello no se puede llegar sino mediante la contemplación silenciosa, humilde, abierta al misterio, reverente y continuada de Dios mismo, tal como es posible en cada momento a partir del conocimiento que de él tenga cada uno. Sólo el que es capaz de a cercarse a ese conocimiento del Misterio de Dios, que desborda todo humano conocimiento y que se logra mediante el don de la fe bien cultivada y de la oración, puede doblar su cerviz con la humildad  de quien se encuentra ante la existencia infinita, ante el amor infinito, ante la justicia infinita, ante la misericordia infinita, y adorarle con todo el corazón y con toda la mente.

Me atrevería a afirmar que el alejamiento de Dios es debido al desconocimiento de Dios; y que el desconocimiento de Dios es debido, entre otros factores, a la carencia de formación cristiana y a la falta de oración contemplativa. De ese alejamiento de Dios brota progresivamente la secularización del espíritu y de sociedad. La secularización puede llegar incluso a grupos de cristianos que se conforman con una práctica religiosa meramente coyuntural, o estrictamente prescrita por la Iglesia, sin más dedicación, sin más preparación para participar en las acciones sagradas y sin más interiorización del Misterio que nos ha manifestado Jesucristo. Y cuando falta esto, se pierde progresivamente el sabor de lo trascendente, de lo divino y de lo religioso. El final es el escepticismo, el enfriamiento de la fe, su inevitable pérdida, y el acercamiento a posturas equivocadas y perjudiciales que, a lo sumo, permiten un contacto con lo religioso desde la pura emotividad inconsistente, coyuntural e incapaz de iluminar la propia vida.

Es muy urgente adentrarse en la realidad esperanzadora del misterio cristiano mediante la contemplación que nos llevará a la admiración de Dios manifestado en Jesucristo y a la auténtica adoración.

 

+  Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

 

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