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Tampoco los cristianos del siglo XXI debemos vivir sin el Domingo – editorial Ecclesia

domingo 30

Tampoco los cristianos del siglo XXI debemos vivir sin el Domingo – editorial Ecclesia

Un reciente informe del Centro de Investigaciones Sociológicas de España (CIS) constata el descenso tanto en la práctica religiosa en nuestro país como el de las personas que se declaran católicas. Este descenso reitera una tendencia ya muy acusada particularmente en las dos últimas décadas. Según los datos del citado informe y más allá de las prevenciones o no con que queramos tomarlo, en 2018 la frecuencia porcentual de asistencia a misa es la siguiente: nunca o casi nunca (algún funeral, alguna boda), 62,8%; casi todos los domingos y festivos, 12,5 %; y varias veces a la semana, 2,3 %. Asimismo, el número de españoles que se confiesan católicos desciende al 62,6%, con una bajada de seis puntos y medio en tanto solo un año. En 2000, este porcentaje se situaba en el 83,1%, y en 2009, en el 75,4%.

Según este barómetro del CIS, Murcia es la región española con mayor población católica, el 85%, y Navarra -¡qué paradoja si tenemos en cuenta su hasta no hace tanto tiempo robustez y fecundidad católica!- la menor, con solo el 38, 1%. Cataluña y Baleares van a la zaga de Navarra, con un respectivo 46,2% y 53,8%; y Galicia, Extremadura, Castilla y León y La Rioja siguen a Murcia, también por encima del 80%.

Paralelamente a estos datos estadísticos en España, resulta muy significativo que el Papa Francisco haya dedicado tres de sus últimos comentarios dominicales en Twitter precisamente al Domingo, tema que, también en domingo, ha ocupado su fotografía y texto en Instagram. Leamos tres de estos mensajes, que, además, cuenta con etiqueta, hashtag, propia para favorecer la intercomunicación: “El domingo es el día para decirle a Dios: ¡Gracias Señor por la vida, por tu misericordia, por todos tus dones!” (30-9-2018); “la Misa del domingo está en el centro de la vida de la Iglesia: allí encontramos al Señor resucitado, escuchamos su palabra, nos nutrimos en su mesa y así nos hacemos Iglesia. #MisaDominical” (4-11-2018); y “el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y para nosotros. #MisaDominical” (11-11-2018)”.

Ya en 1998, consciente de que la “fortaleza” de la misa dominical estaba empezando a debilitarse, el Papa Juan Pablo II escribió la carta apostólica Dies Domini. Aquel texto, precioso, riquísimo de contenidos y de propuestas, presentaba el domingo cristiano como el día del Señor, el día de Jesucristo, el día de la Iglesia, el día del hombre y el día de los días.  Con ello, san Juan Pablo II recordaba y actualizaba la verdad, la belleza y la necesidad de la misa dominical, bien presente en el cuarto mandamiento de la Ley de Dios y en la tradición de la Iglesia desde la misma época apostólica (Act. 20, 27; I Cor 16,1, Apoc. 1,10; amén de Dichaché 14,1). Una verdad y necesidad de la misa dominical como expresión de fe, de compromiso pública de ella y de sus fundamentaciones y derivadas teológicas, cristológicas, eclesiológicas, antropológicas, escatológicas y pastorales.

En esta misma línea, en uno de los prefacios de la misa para los domingos, rezamos: “En verdad es justo bendecirte y darte gracias, Padre santo, fuente de la verdad y de la vida, porque nos has convocado en tu casa en este día de fiesta. Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra, y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entrará en tu descanso”.

En el alba del siglo IV, el emperador Diocleciano decretó una persecución contra los cristianos por distintos motivos, entre otros la participación en la misa dominical. En Abitene,  pequeña localidad del norte de África, un grupo de cristianos fueron sorprendidos un domingo, celebrando en una casa la eucaristía. Arrestados y juzgados por ello, asumieron la pena de muerte antes de renunciar a la eucaristía dominical, sin cual, afirmaron, “no podemos vivir”.

Como es obvio, la misa dominical -que es mucho más que un precepto, es una necesidad- no lo es todo, ni mucho menos, en la vida de un cristiano. Pero sin ella, sin la misa dominical, la vida del cristiano se queda en nada o en casi nada. Los cristianos del siglo XXI en modo alguno, pues, podemos y debemos vivir sin el Domingo. Sería un suicidio.

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