Editorial Revista Ecclesia
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Opinión

Supeditar el derecho a la vida a réditos electorales es una indignidad – editorial Ecclesia

Supeditar el derecho a la vida a réditos electorales es una indignidad – editorial Ecclesia

Se confirmaron los peores augurios. El Consejo de Ministros del Gobierno de España no aprobó el viernes 9 de septiembre el prometido  proyecto de ley de reforma de la actual e inicua ley del aborto de 2010 (ver páginas 8 y 9 de este mismo número de eccclesia). Mientras tanto, la llamada ley Aido o Zapatero, la ley que define el aborto –que es siempre un crimen nefando- como un derecho, que permite abortar a niñas de 16 años sin consentimiento paterno  y que, en la práctica, consagra el aborto libre dentro de las primeras catorce semanas, sigue en vigor.

Fue el ministro de Justicia del Gobierno español, Alberto Ruiz Gallardón, quien anunció hace un par de meses que este proyecto de ley de reforma se aprobaría antes de que acabara el verano.  Su anteproyecto fue presentado en las vísperas de las pasadas navidades y, aunque en sustancia seguía admitiendo y despenalizando el aborto, la aberración que es siempre el aborto era en este anteproyecto menor a la de hace cuatro años, todavía, pues, vigente y quién sabe hasta cuándo.

La reforma de la ley Aído o ley Zapatero era y sigue siendo una de las promesase del PP, cuando concurrió a las urnas de noviembre de 2011. Y de momento, tras casi tres años de legislatura –apenas queda un año hasta la próximas elecciones generales- y con mayoría absoluta, el Gobierno del PP se lava las manos –no sabemos si con la sangre inocente de los bebés abortados- y mira a otro lado en la búsqueda de un consenso que parece imposible.

Al Gobierno y al PP se les está recordando, y con razón, que los programas electorales son para cumplirlos, que son un pacto sagrado, un contrato moral con los votantes, que no se puede ni se debe incumplir, e incumplir de manera tan alevosa. Dicen que el Gobierno y PP andan divididos sobre este tema en parte por razones ideológicas, pero, sobre todo, por razones estratégicas de presumibles réditos electorales que podrían perder si aprueba esta ley de reforma del aborto. Pero, ¿cómo lo saben?, ¿cómo es posible subordinar de tal modo los principios, las creencias y las convicciones?,  ¿son conscientes el Gobierno y  PP de que medidas como estas debilitan su autoridad y credibilidad y dan alas a sus detractores?, ¿ha hecho bien sus cuentas el PP o son algunos de sus consejeros áulicos y demoscópicos quienes quieren imponer sus ideas sin tener en cuenta la ideología y los criterios de sus votantes y sus mismos compromisos electorales? ¿Cómo no va a estar desprestigiada la clase política española cuando con tanta facilidad se pueden incumplir los programas y las promesas con las que se ganaron los votos de los ciudadanos?

Pero hay todavía más preguntas y más indignidad: ¿cuál es el horizonte de futuro de la reforma de la ley del aborto? ¿Cómo denominar la actual situación? ¿Por qué no transmite el Gobierno la verdad de sus proyectos al respecto? ¿Por qué deja la cuestión enquistada, encallada y enmarañada en la ambigüedad, la confusión, los globos-sonda y la incertidumbre? ¿En qué “limbo” político y jurídico queda ahora el anteproyecto de ley aprobado el pasado 20 de diciembre?

No obstante, aun siendo todo esto grave y preocupante, no es lo peor. Lo peor, lo que más nos preocupa, es la aceptación social de que parece gozar en España el aborto, la anestesia con que nuestra sociedad parece haberse blindado y adormecido ante un espanto tan inmenso como es quitar la vida a una persona inocente, que aunque no haya nacido todavía, está ya concebida y viva en el seno de su madre, como aconteció y como acontecerá con todas y cada una de las personas nacidas.

La ceguera e insensibilidad de nuestra sociedad frente al aborto es un drama inhumano, silencioso y silenciado a la fuerza. Un auténtico déficit de humanidad. Una cruel pérdida de valores. Una vulneración del más elemental de los derechos humanos. Una bofetada letal a la tan autopavoneada civilización del progreso y de los derechos en que creemos, narcisista y egolátricamente, vivir. Es acallar -o, mejor, pretender acallar- el grito de los inocentes, que, no obstante, un día, tarde o temprano, habrá de resonar, y ensordecedoramente, sobre nuestras conciencias y sobre el puñado de votos que, unos y otros, quienes sean, pretenden mercadear, salvaguardar, apresar o depositar

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