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El sueño diocesano del obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo

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El sueño diocesano del obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo

Barbastro, 21 de junio de 2016, Fiesta de San Ramón del Monte

Transcurridos ya dieciséis meses desde mi ordenación episcopal y toma de posesión como obispo de la Diócesis de Barbastro-Monzón, al igual que hiciera el Papa Francisco en la entrega del premio Carlomagno, en este día tan significativo en que conmemoramos el 900 aniversario del destierro de San Ramón del Monte, quisiera abriros mi corazón y compartir mi «sueño diocesano» con vosotros.

A medida que os voy conociendo y sirviendo me siento más conmovido y bendecido. Me emociona constatar las entrañas de este pueblo que supo emerger de sus propias cenizas cuando hace 80 años fue sembrada su tierra de mártires. La gracia de Dios y el testimonio de un puñado de sacerdotes, consagrados y fieles laicos, pusieron en evidencia que un nuevo comienzo era posible. Ni los escombros ni las cenizas pudieron extinguir la esperanza de un pueblo que supo poner a Dios como centro de su vida y a sus hijos como objeto de sus bendiciones. Y juntos volvieron a «sacralizar» sus templos y a reconstruir la casa común. Poco a poco fueron cerrándose las heridas y apagándose los reproches.

Sostenido por esta misma convicción, consciente de que el rescoldo de la fe sigue vivo, aunque aparentemente lo pueda ocultar sus cenizas, os invito a todos los hijos del Alto Aragón a impulsar un humanismo fresco y creativo inspirado en los valores que nos dejó Jesús de Nazaret; a redescubrir nuestra propia identidad, nuestra dignidad de hijos de un padre común que nos dejó como herencia una tierra hermosa y fértil; a buscar vías alternativas e innovadoras que nos ayuden a construir «puentes» y derribar «muros»… con el único deseo de impulsar entre todos el bien común.

Este nuevo humanismo  –como nos recordaba el Papa Francisco en su  discurso– será capaz de integrar (convivir), comunicar (dialogar, involucrar a todos, propiciar el bien compartido) y generar una cultura del cambio en las nuevas generaciones. Son ellos sus verdaderos autores. Hemos de ofrecerles un trabajo digno, estable y bien remunerado, donde la distribución de los recursos y de los frutos sea justa y equitativa. Esto supone pasar de una economía líquida que tiende a favorecer la corrupción a una economía social que garantice tierra y techo gracias al trabajo como ámbito donde las personas y las comunidades puedan poner en juego todas las dimensiones de la vida. También la dimensión trascendente que, aunque no elimine los problemas, nos ayuda a afrontarlos y a darles un sentido nuevo. Si queremos mirar hacia un futuro que sea digno para todos los hijos del Alto Aragón sólo podremos lograrlo apostando por la «inclusión» que nos permita soñar con aquel humanismo que esta Diócesis supo acrisolar en el altar del sacrificio hasta convertirlo –como auguró el P. Aquilino Bocos– en «cátedra elocuente que enseña a morir de pie, entre el canto y el perdón». Sólo un pueblo, plagado de testigos, tocado por la GRACIA, será capaz de reencontrar su propia identidad.

Sin nostalgia, con los pies bien plantados en el suelo, y con la firme confianza en AQUEL que nos creó por amor para hacernos partícipes de su misma felicidad, os comparto humildemente a los pies de nuestro Patrono, San Ramón del Monte, mi «sueño diocesano»:

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón redescubran su verdadera identidad, sus profundas raíces cristianas y encuentren en Jesús de Nazaret el verdadero sentido de sus vidas  y la plenitud que anhelan;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se integren en una única y misma «orquesta», afinada en clave de «SOL-MISIÓN», donde cada uno descubra su propia singularidad, sus grandes potencialidades y se atreva a ponerlas al servicio de los demás, para que todos juntos (laicos, consagrados y ministros ordenados), bajo la batuta de Jesucristo, interpreten la melodía que la Escritura ofrece, en cada tiempo y lugar, a todos los hombres y mujeres para que puedan llegar a ser realmente felices, fecundos y libres;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se sientan acogidos, escuchados, respetados, queridos y sostenidos por los demás –es­pecialmente los más desfavorecidos, pobres, margi­nados, enfer­mos, ancianos…– y no sean objeto de «descarte» simplemente por ser personas improductivas;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón sean visitados y atendidos personal o pastoralmente en cada una de las comunidades cristianas o unidades pastorales por un «equipo en misión» –constituido por varios sacerdotes, consagrados y laicos comprometidos– que anuncien, celebren y compartan con ellos la fe y la vida;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón –sobre todo los niños, adolescentes y jóvenes– sean educados libremente en aquellos valores que les construya como personas; respiren el aire limpio de la honestidad y de la trasparencia; puedan responder con sinceridad y autonomía: ¿desde dónde quieres Señor que te ame, te siga o te sirva? para que fructifiquen abundantes vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales que ennoblezcan y enriquezcan nuestro pueblo;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se beneficien de unas medidas políticas justas y eficaces que favorezcan la vida familiar, donde casarse y tener hijos –más que un problema por no tener un trabajo digno y estable– sea una alegría y una urgente responsabilidad social; donde se respete la integridad, singularidad y dignidad de cada  mujer, dándole además la libertad de tener los hijos cuando ellas decidan y de criarlos durante el tiempo que deseen sin que peligre ni su puesto de trabajo ni su salario laboral;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón acojan –al margen de la raza, cultura, sexo, religión…– a los inmi­grantes que llegan a nuestra tierra; los traten con dignidad; les ofrezcan un techo, un hogar digno, un salario justo y un contrato laboral en regla;

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón se sientan respetados al ejecutarse por fin la sentencia que la Signatura Apostólica (máximo tribunal eclesiástico) dictara en su momento y se entregue el patri­monio artístico de nuestra Diócesis que injusta e inexplicable­mente está todavía retenido.

Sueño que llegará un día en que los/as hijos/as del Alto Aragón disfruten de la «ruta del románico» que, siguiendo el Camino de Santiago, ensancharía el alma de nuestro pueblo, generaría riqueza, cultura y arte, recrearía nuestros valores más genuinos, nuestras raíces cristianas… Esto permitiría además hacer de este conflicto –tan absurdo como estéril– una oportunidad de diálogo y colaboración entre las diferentes diócesis hermanas (Pamplona, Jaca, Huesca, Barbastro-Monzón, Lleida y la Seo de Urgell), entre las distintas comunidades autónomas (Aragón, Cataluña y Navarra) e incluso entre Estados diversos (España, Andorra y Francia).

Etc.

Aquel día todos descubriremos que los sacrificios de ayer o los esfuerzos de hoy no han sido en vano. Ojalá que el paso  de los días o el peso de las dificultades no pueda matar mi «utopía» y sirva de estímulo para todos. Que San Ramón del Monte y Santa María del Pueyo que hizo posible el sueño más inaudito y esperado de la humanidad nos ayude a hacer realidad el nuestro.

Con mi afecto y bendición

+ Ángel Javier Pérez Pueyo

Obispo de la Diócesis de Barbastro-Monzón

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