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Sudán: Recesión, inflación, pobreza y una democracia endeble

«En la sociedad sudanesa circulan ira y frustración, además de la pobreza. El temor es que en esta fase de estancamiento se abra paso un hombre fuerte, como tantas otras veces en la historia del país», dice a la Agencia Fides un misionero que sirve en Sudán y que pide el anonimato por razones de seguridad. Hace dos años, una revolución incruenta condujo al derrocamiento del dictador Al Bashir y al inicio de un camino de transición hacia la democracia. Dos años después de aquel cambio histórico, la recesión económica y una precaria situación social asolan al país.

«Desde la caída de Bashir hemos entrado en un periodo de grandes contradicciones.  Ha habido pasos adelante pero el sentimiento que prevalece entre la gente es de decepción. El principal problema es claramente económico: la inflación ha superado ampliamente el 500%. Bajo Bashir todo era estatal y se gobernaba a través del sistema de subvenciones, un modelo típico de la Hermandad Musulmana, que garantizaba el pan, la energía y las medicinas, así como un fuerte control. Desde que se anularon las subvenciones, los gastos a los que tienen que hacer frente las familias se han multiplicado por diez. El pan, por ejemplo, ha pasado de una lira la barra en diciembre de 2018 a 15 – 20 liras en la actualidad. La gente está al límite. En el plano político, casi dos años después del acuerdo para el gobierno de transición sigue sin haber Asamblea Legislativa, el órgano que debía representar a toda la sociedad, los movimientos políticos, civiles y religiosos», ha explicado el misionero. A su juicio, esta ausencia tiene implicaciones significativas en la vida de las personas: «La ley islámica sigue vigente.  Las mujeres son consideradas mucho menos que los hombres.  En los tribunales, por ejemplo, la palabra de un hombre vale la de dos mujeres. Las mujeres no pueden viajar solas y la legislación en torno al divorcio, además, es toda a favor de los hombres».

El misionero ha señalado para Fides cómo esta cuestión, de inseguridad democrática y debilidad de sus estructuras, afecta de lleno a la libertad de culto: «Las Iglesias siguen bajo la jurisdicción del Ministerio de Asuntos Religiosos, que básicamente propone una repetición del enfoque del ministerio en el régimen anterior. Hace algún tiempo, el ministro propuso un reglamento según el cual correspondería al ministerio nombrar o destituir a los obispos. Naturalmente, las Iglesias no aceptaron y esa regulación se congeló, pero la tendencia es controlar todo y utilizar todos los instrumentos disponibles para ello, como la burocracia». En la escena política «entre el alma militar y la civil hay una tensión continua, mientras el pueblo espera un cambio real que tarda en llegar».

Por último, concluye: «Existe la esperanza de que no se pierda la transición hacia una forma completa de democracia y respeto de los derechos. Una señal positiva viene del fin del embargo: con la cotización del dólar asentada y unificada, las inversiones han crecido. Todo el mundo espera que esto reinicie la economía y dé aliento al país».



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