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Su cita, gracias

En la sala de espera de la consulta del médico un matrimonio de 78 y 81 años me pide ayuda porque no saben cómo pueden solicitar una nueva cita antes de irse. “Nos han dicho que por teléfono o por la web. Que no nos la dan ahora. Que ya no mandan una carta como antes”. Tampoco escuchan bien a la secretaria porque con las mamparas, el ruido de la gente, la impresora -sin parar de sacar papeles-  no se entiende nada de las palabras con eco que salen de la otra parte del mostrador.  Se les ve apenados y agobiados.

En otras ocasiones han sentido lo mismo en el banco, donde ya no tienen cartilla. Solo se pueden relacionar con la pantalla del cajero automático cuando antes eran atendidos por un amable empleado que les llamaba por su nombre.  Recuerdan que ir al banco a retirar la paga era un acontecimiento placentero. Les quitamos su mundo conocido. Y les tiramos al precipicio de un mundo digitalizado y despersonalizado. Se encuentran sin su cita en papel, sin poder hablar con una enfermera, sin saber cómo funciona la APP de turno, cuando llegan a una edad en la que “ir al médico” forma parte de su día a día.

Podemos seguir con los supermercados sin cajera, las gasolineras sin nadie que nos suministre el combustible y así tantos ejemplos que nos enfrentan a la revolución de las máquinas. Con lo que supone además de reducción de puestos de trabajo.

Venimos de un tiempo doloroso, en el que hemos perdido, en multitud de ocasiones, la concepción de espacio y tiempo. Por ello, urge poner en práctica la Campaña de Cáritas “Seamos más Pueblo” para sostenernos y cuidarnos de una forma nueva.

Esa brecha digital ensancha la exclusión. Y no solo aparta a los más mayores. Deja a atrás a los más pobres y a los más vulnerables. Llega a ser una forma de maltrato. ¿Qué presente estamos normalizando? ¿Qué futuro nos espera a los demás? ¿Dejaremos un mundo sin relaciones?

Cáritas ha comprobado que el confinamiento y la adaptación a las restricciones actuales ha acelerado la imparable digitalización de la sociedad y ha incrementado esa desigualdad. La brecha digital se convierte en un factor que es consecuencia y a la vez causa de la exclusión social.

Más del 60% de hogares atendidos por Cáritas están en una situación de cierto apagón tecnológico al no contar con conexión, dispositivo o competencias suficientes para manejarse en internet, algo hoy casi indispensable para desenvolverse con éxito en ámbitos como puede ser el de la búsqueda de empleo, oportunidades formativas, relaciones con la administración o el ámbito escolar. A pesar de sus esfuerzos, no todas las familias logran subirse a la ola de la digitalización y casi 250.000 hogares viven un apagón tecnológico.

Y en el mundo rural todavía se complica más. Sin acceso a internet de calidad, la España despoblada seguirá vacía, rota y sin medios para que los más jóvenes puedan desarrollar sus actividades allí. Un 13,4% de las zonas rurales en España no tiene acceso a Internet de banda ancha, según datos del último informe de Cobertura de Banda Ancha publicado por el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación digital recogidos por Eurona.

Por tanto, reinventemos lo que ya estaba inventado. Si no queremos ser engullidos por una sociedad que empequeñece.  Intentemos observar qué le falta a mi vecino. Como en el pueblo. Deshagamos lo andado con prisa. Quizá con nuevas formas, pero con el mismo fondo. Vivamos como en aquellos veranos de nuestra infancia, en los que nuestros padres no sabían dónde estábamos, pero no tenían ninguna duda de que si pasaba cualquier percance alguien te traería a casa o te iba a echar una mano. Se daba por hecho. Nadie pasaba de largo.

La cercanía nos ofrecerá muchos momentos de felicidad. Esa relación con los demás en el supermercado, en el autobús, en el médico, en las escaleras con el vecino de enfrente o con quien nos pregunta en la calle creará un entorno menos frágil, más cohesionado. Somos siempre en relación con otras personas. Seres que con la proximidad nos hacemos más grandes. Ojalá nos atrevamos a dar, pero también a pedir porque hemos apuntalado un clima de confianza.

Volvamos a cultivar la disponibilidad, volvamos a regalar tiempo. Volvamos a ser pueblo. A escuchar historias, a tomarnos algo sin mirar el reloj si alguien lo pide, a acompañar en el amor y en el dolor, agradeciendo a Dios el presente y la vida. Los gestos sencillos suelen ser los más poderosos.

 

Cristina del Olmo

@olmocris

10 de junio de 2021



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