Internacional

¿Stalin, entre santos?

Resulta difícil de creer, pero el rostro de Josef Stalin, el ateo dictador bolchevique que persiguió con saña a cientos de miles de sacerdotes y fieles en la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), puede acabar inmortalizado en una iglesia, como si de un ángel o un santo más se tratara. Concretamente, en el nuevo templo de las Fuerzas Armadas rusas que, dedicado a la Resurrección de Cristo, ha sido levantado en el parque militar Kubinka (Patriota) a las afueras de Moscú.
La construcción tendría que haberse inaugurado el pasado 9 de mayo, 75º aniversario de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, pero la pandemia de COVID-19 que azota el país ha obligado a aplazar su puesta de largo para mejor ocasión. El megalómano edificio ha generado gran controversia a causa de sus mosaicos. Uno de ellos muestra a Stalin en el desfile del día de la victoria en 1945. En otro aparece el presidente Putin, junto a su ministro de Defensa, el director de los Servicios de Inteligencia y otros líderes políticos modernos, para rememorar la toma de la península de Crimea a Ucrania en 2014. En vista de la polémica generada, y dado que la popularidad del Presidente no pasa hoy por su mejor momento a causa de su mala gestión en la crisis del COVID-19, el Kremlin ha ordenado que este último mosaico no sea colocado.
El propósito de la iglesia en cuestión no es otro que glorificar las grandes gestas de la historia rusa y a los dirigentes que las hicieron posibles, entre ellos Stalin, vencedor de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Todo en ella es exaltación patriótica. Así, y según informa AsiaNews, su gran cúpula tiene un diámetro de 19,45 metros para conmemorar el año de la victoria sobre el nazismo; sus 75 metros de campanario hacen referencia a los años transcurridos desde la victoria hasta hoy; la cúpula inferior mide 14,18 metros para recordar los 1.418 días que duró la contienda (la URSS no entró en ella hasta 1941 debido al pacto de no agresión firmado por Hitler y Stalin en 1939), etc.
Ante la controversia generada, el obispo de Klin, Esteban Privalov, responsable de las relaciones del patriarcado con las Fuerzas Armadas, ha dicho que será el Santo Sínodo el que decida la ubicación final de los mosaicos, aventurando que irán a parar, seguramente, a alguna sala de museo. La presencia de Stalin en un templo —ese u otro— resulta inexplicable. El presidente del Consejo de la Iglesia ortodoxa rusa para el Arte, la Arquitectura y la Restauración, Leonid Kalin, ha reconocido a la agencia Tass que hubo controversia entre los expertos a la hora de incluirlo, pero justifica la decisión con el argumento de que no se puede «arrancar esta página de la historia y suprimir la memoria de esa persona».
El exdirigente soviético goza hoy de una más que notable aceptación en su país. Según una reciente encuesta, hasta el 30% de los ciudadanos aprueban su papel en la Historia. El metropolita Hilarión, jefe del Departamento de Relaciones Exteriores del Patriarcado de Moscú, se refirió el pasado mes de abril en una entrevista en televisión a esa popularidad. «Sabemos —dijo— que hay méritos históricos entre quienes dirigieron la Segunda Guerra Mundial. Ganamos esa guerra. Pero es igualmente cierto que hubo una represión que se llevó millones de vidas humanas. Es un hecho, y no debemos cerrar los ojos ante el genocidio de la población de este país. (…) Creo que algunas personas deberían ir al campo de tiro de Butovo para ponerse sobrias. Hay allí un museo con fotos de la gente. Todos los días, 200, 300 ó 400 personas eran apresadas de día y ejecutadas a tiros por la noche. Muchos eran niños de 15 y 16 años. No creo que pueda haber justificación alguna para esos crímenes».
Se calcula que solo en la década de 1930 fueron ejecutadas unas 100.000 personas vinculadas a la Iglesia ortodoxa. Ser cristiano entonces (o simplemente creyente) suponía vivir bajo una permanente amenaza de muerte.

La Iglesia, golpeada por el COVID

Hace unas semanas, en estas mismas páginas nos hacíamos eco de las relajadas medidas de protección que había adoptado la Iglesia ortodoxa rusa para combatir el COVID-19. También, de las erradas declaraciones teológicas de algunos de sus dirigentes. Hoy, por desgracia, hemos de lamentar que el virus esté golpeando con fuerza a la administración patriarcal, a las catedrales de Moscú, Kiev (Ucrania), Minsk (Bielorrusia) y otras grandes ciudades, a los principales monasterios y a los seminarios y academias teológicas.
Clero y fieles están siendo probados estos días muy duramente. Se desconoce el número exacto de clérigos fallecidos, pero sí ha trascendido que ya lo han hecho al menos dos obispos: el de Zheleznogorsk, Venjamin Korolev, el domingo 26 de abril; y el exmetropolitano de Astrakán, Karpukhin, el 3 de mayo.
Muy comentada ha sido también la muerte el 25 de abril del párroco de la catedral de Elokokhovo, Alejandro Agejkin, de solo 48 años. Y ello, por dos motivos: porque unas semanas antes este había expresado a los medios su confianza en la asistencia divina en caso de infección, y porque el 3 de abril concelebró con otros sacerdotes —que también han caído enfermos— junto al patriarca Kirill antes de que este recorriese en coche las calles de Moscú para bendecirlas.
Cuestionado por parte del clero, Kirill ha exigido a los sacerdotes que respeten las disposiciones de cuarentena fijadas. Y ha destituido al superior de las iglesias del complejo monástico de san Nicolás en Perervinsk, donde las celebraciones de Semana Santa se realizaron sin ninguna limitación y hubo numerosos contagios.
La sensación entre los fieles, según AsiaNews, es hoy de «confusión apocalíptica». Hace unas semanas se hablaba de «la protección divina» contra la infección, y ahora se hace del «castigo divino» a la Iglesia rusa. «En las redes sociales los fieles comentan: “Debemos de haber hecho algo equivocado, si el Señor decidió intervenir en modo tan servero”».
El 11 de mayo Rusia llevaba 221.000 casos de COVID-19, con más 2.000 muertes. Estos datos, oficiales, están siendo cuestionados hasta por las propias autoridades. El alcalde de Moscú, por ejemplo, ha dicho que el número real de infectados solo en la capital es de 300.000. Ese mismo día, en el apogeo de la pandemia con 11.000 contagios diarios, Putin decidió suavizar las medidas de confinamiento.

Print Friendly, PDF & Email