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Sor María de Cortes Astasio: «Quizá el confinamiento haya hecho que empaticemos algo con los presos en sus celdas»

Sor María de Cortes Astasio Lara, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, es clara a la hora de hablar sobre la sensibilidad en la sociedad de la Pastoral Penitenciaria. «Quizás ahora —después de nuestro confinamiento en tiempo de pandemia— somos capaces de empatizar algo más para imaginarnos a los presos en sus celdas. Su angustia, incertidumbre, miedo, incomunicación…no es lo mismo estar en tu casa, que estar en una prisión».

De esta forma, la coordinadora nacional del Área Social de Pastoral Penitenciaria ha compartido con ECCLESIA los trabajos desarrollados en las XXI Jornadas del Área Social de Pastoral Penitenciaria celebradas de manera virtual los días 23 y 24 de abril.

Unas Jornadas que, bajo el título «Mujeres en Prisión», coordinó el director del departamento de Pastoral Penitenciaria de la CEE, Florencio Roselló e inauguró el  obispo responsable de la Pastoral Penitenciaria, José Cobo Cano, obispo auxiliar de Madrid. El prelado recordó en la apertura las palabras del Papa Francisco en Fratelli tutti, que invita a «a amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite».

Sor María ha querido agradecer a todos los que han hecho realidad este encuentro: «Es también un reconocimiento por parte de las diócesis y de todos los que acompañamos a los capellanes de prisión, por su entrega generosa, silenciosa, alegre y vivificante detrás de muros».

— ¿Cómo ha vivido la mujer interna este doble confinamiento?

— Tal y como expresó  en su ponencia Gonzalo Martín Escobar, trabajador Social del Centro Penitenciario Madrid I – Mujeres, las mujeres internas han vivido un confinamiento más bien «triple». La mujer no entra sola a prisión, entra con diversas cargas de las cuales ella es la que responde,  saca adelante la casa, las necesidades básicas y no básicas,  a los hijos, a los padres, la situación precaria en la que viven, es la que asume la falta de trabajo en muchas ocasiones del marido. Y lamentablemente es la que delinque para mejorar la situación en la que viven».

— En las Jornadas se hablado de que han vivido «un dolor desesperanzado»

— Así es, ha sido un tiempo «de dolor desesperanzado». Además si tenemos en cuenta los comienzos de la pandemia, nosotros, pese al desconcierto y temor estábamos conectados. Si lo trasladamos a una interna madre de familia, con padres a su cargo, extranjera en su gran mayoría, donde sus delitos en un porcentaje elevado es una maleta con droga para salir de la sumergida pobreza en la que viven en su país, conviviendo toda la familia en pequeños espacios denigrantes, insalubres… La falta de comunicación en los primeros momentos, fue dolorosa. Por ello, la Secretaria General de Instituciones Penitenciarias vio la necesidad y la urgencia de realizar vídeo conferencias con sus familiares, distanciadas en el tiempo, pues estamos hablando de un colectivo numeroso que ha vivido muchos momentos de angustia, de ansiedad, de miedo, tanto para ellas como para sus familiares.

— Se ha dicho que la pandemia ha afectado más a las mujeres que a los hombres. ¿También en las cárceles?

— Hay que hacer un «abordaje específico» de la mujer en prisión. Precisamente, en las Jornadas así lo explicó Sandra Chiclana de la Fuente, jefa de Servicio del área de programas de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias que explicó «la invisibilización» de la mujer en prisión, pues solo representan el 7% de la población penitenciaria. El análisis de la realidad profundiza en las necesidades terapéuticas que son diferentes a los hombres. de la misma forma, la falta de perspectiva de género en prisión, ya que los centros penitenciarios están estructurados para hombres. De hecho, las variables que influyen en la mala conducta de la mujer también son distintas y pasan por más presencia de enfermedad mental, mayor sentimiento de culpa, consumo abusivo de drogas, necesidad de crianza de los hijos, cuidado familiar, baja autoestima de ser maltratada, falta de control emocional… Para tratar todo esto se están llevando a cabo programas como «Ser Mujer», donde se pone en valor a la persona, le hace recuperar su independencia, dignidad y participación en todos los aspectos de la vida. Otro de ellos es el programa PICOVI, que trabaja en las conductas violentas.

— ¿Y cuál es el desafío de la Pastoral Penitenciaria en este asunto?

— Podemos enumerar diversos desafíos, pero ante todo es la visualización Pastoral de Evangelización, celebración, diaconía jurídica y social; compromisos y acciones de las diócesis, capellanes, y voluntarios, en la prevención, en la privación y en la reinserción. Una Pastoral Penitenciaria que promueve, acoge, anima, humaniza, apoya, coordina potencia y anuncia la Buena Nueva de Jesús y su instauración del Reino de Dios en el mundo penitenciario. Sensibilizar de que somos una comunidad parroquial dentro de un centro penitenciario, y no olvidar que dentro habitan hermanos y hermanas, salvados y redimidos por un mismo Padre, que ha dado la vida por todos.

— ¿Cómo trabajan las Hijas de la Caridad en esta pastoral?

— Dentro de nuestro carisma vicenciano la atención a los presos la vivimos desde nuestros orígenes. San Vicente de Paúl fue nombrado el 8 de febrero del 1619, capellán general de galeras por el rey Luis XIII. Las hermanas comenzaron a servir a los galeotes y hoy siguen resonando las palabras que san Vicente les decía «Ah hermanas mías, que dicha de servir a esos pobres presos, abandonados en manos de personas que no tienen piedad de ellos». Los tiempos pasaron, pero la asistencia en los centros penitenciarios continuó, si hacemos memoria nos trasladamos al 1853 cuando 18 hermanas se hicieron cargo de la casa de corrección para mujeres, llamada «Casa Galera» en Alcalá de Henares. Ellas se encargaban de la educación de las madres y de los hijos, fueron pioneras en desarrollar los talleres de costura, así aseguraban que al terminal el cumplimiento del delito, esas mujeres podían reinsertarse en la sociedad. Hoy seguimos manteniendo una casa de acogida para internas en Madrid I – Meco mujeres, y Madrid VII Estremera. Podemos decir que son muchos los centros penitenciarios en los que las Hijas de la Caridad somos presencia viva dentro de un mundo hostil, donde los claros/oscuros de la vida se perciben e intentamos ser esa mirada acogedora, esperanzada, apasionada por ayudar, por levantar, sanar y acompañar; lo realizamos todos los días desde las distintas casas de acogida que tenemos, cada persona, cada día es un reto, es mirar al futuro desde la profecía en búsqueda de nuevos caminos, como decía el Papa Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris: «En la naturaleza humana, nunca desaparece la capacidad de superar el error, y de buscar el camino de la verdad”. Esta es nuestra forma de materializar nuestro trabajo, nuestra entrega, dar la vida por nuestros Amos y Maestros en gratuidad, poner corazón, manos, inteligencia y creatividad para que puedan salir de esa vida cimentada fuera de los márgenes del sistema, de la sociedad excluyente».



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