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Son niños entre 12 y 14 años

Veo a mi hijo pequeño de 14 años recién cumplidos, con ese cuerpo todavía deslavazado, durmiendo plácidamente en su cama y no me puedo dejar de acordar de esos niños que han cruzado la frontera, que llegaron a la playa de Ceuta y que ahora deambulan por las calles de la ciudad. Muchos de ellos menores entre 12 y 14 años. Niños que tendrían que estar en la escuela, formándose para construir un futuro mejor. Me hiela la sangre ver la cantidad de menores en el agua, ahora solos en las calles, que cuentan que no quieren regresar para trabajar por 10 euros a la semana o porque viven en una barraca, van al puerto a recoger pescado y es lo que tienen día a día para comer.

La ciudad autónoma ha puesto un teléfono para que los padres llamen, para que puedan encontrarlos y los niños puedan ser repatriados. ¿Cómo estarán esos padres sin saber de sus hijos, sin dormir rotos por el dolor?

A parte del conflicto diplomático, político, entre España y Marruecos, la situación ha derivado en una gran crisis humanitaria. El departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española llamó la atención esta semana sobre “la instrumentalización con fines políticos de las legítimas aspiraciones de las personas”. Reclamaron, así, respeto a su dignidad. No es ético negociar con las personas, especialmente si son niños.

Esas miradas, esas caras de sorpresa ante lo que se encuentran al llegar a la playa, ese desconcierto, ese riesgo que corren sin saber qué les espera es desolador. Dejan a sus padres, a su entorno, engañados. Tú te vas, yo también. Como el que sale después del instituto a hacer una trastada con sus amigos. Sin medir consecuencias. Son menores que quieren ser Messi, que ven otras vidas a través del móvil.  Con esas sudaderas grandes con capucha. Con las camisetas de los equipos de fútbol. Como todos. Como mis hijos. Como los tuyos.

“Muchos niños no quieren volver”

Anoche contaba Manuel Gestal, el director de Cáritas Ceuta, en ‘La Linterna de la Iglesia’ de COPE, en un testimonio que sobrecogía, que habían hablado con ellos y “muchos niños no quieren volver”.

Anotó que el perfil de las personas que están cruzando la frontera está muy claro: “son chavales jóvenes, por debajo de los 30 años… y una inmensidad de niños. Yo me quedé asustado, viéndolos en la playa, de entre 12 y 14 años… Aquí lo que queda ahora son los niños que están acogidos. No se les puede devolver a no ser que sus padres los reclamen. Se ha expulsado a mucha gente, pero muchos se han ido voluntariamente, defraudados porque los habían engañado”.

En Ceuta uno de los colectivos que ha estado en primera línea estos días ha sido el de los voluntarios de Cáritas. Ellos conocen de primera mano lo que ha sucedido en la playa del Tarajal porque han estado allí, en todo momento, atendiendo a los más vulnerables.

Ahora, contó el director de Cáritas Ceuta en ‘La Linterna”, la situación está más tranquila en la ciudad.  “Hay muchos que ya se han ido de Ceuta. Las cifras hablan de 6 000, pero lo que ha sucedido realmente es que han dejado el centro de la ciudad. La realidad es que donde están en estos momentos es en los arrabales de la ciudad, en la zona del monte… porque se están escondiendo. La Policía los está buscando para devolverlos”.

Pero se preguntaba Gestal lo  mismo que muchos de nosotros: “¿qué futuro les espera a estos niños?”. Afirmó que  “Ceuta no tiene capacidad para acoger a esta magnitud de niños. Tenemos 280 aproximadamente, que estaban en el Centro de la Esperanza, pero ahora tenemos 800, 900, 1 000… porque en la calle hay más de 400 niños que están ahí por el monte. Ahora mismo los que no son devueltos son niños”.

“Los adultos –continuó en su relato en COPE- están por la ciudad y, si la Policía los coge, los devuelven a Marruecos, porque están aceptando que pasen, incluso sin pasaporte, porque ellos se declaran marroquíes. Marruecos abre la frontera una hora, pasan 200, 300… y vuelve a cerrar un rato”. El desastre está servido.

La Iglesia, a pie de calle

Pero la Iglesia está acostumbrada a estar con los desvalidos. Así es su labor. A pie de calle. A la orilla del mar. Una iglesia de encuentro, de abrazo, de preocupación por el que sufre. De “Lunas”, de abrazos sin fronteras. De muchos voluntarios que dejan sus casas de día o de noche para ayudar al que necesite no solo comida, sino cobijo o compañía. Sin preguntar ideología. Da igual si llegan de Marruecos o están en el centro de Madrid sin un techo. Cáritas, la Iglesia, está con ellos.

Y, por ello, como también invitó el departamento de Migraciones, es necesario mantener actitudes de convivencia pacífica y reclamar a todos los niveles “la mejor política puesta al servicio del bien común”.

Cristina del Olmo
@olmocris

22 de mayo de 2021

 



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