Congreso de Laicos Opinión

Somos Iglesia en salida

Resulta imposible expresar con palabras lo que hemos vivido el pasado fin de semana con motivo del Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en salida». Dos mil doscientas personas hemos tenido el privilegio de ser protagonistas de un acontecimiento histórico que está llamado a marcar el rumbo de una parte muy relevante de nuestra acción pastoral y misionera en los próximos años.

Los laicos hemos sido actores principales de un encuentro en el que ha reinado la alegría, la ilusión, la esperanza y la caridad. Un encuentro del que podemos destacar principalmente cinco aspectos.

En primer lugar, una muy buena organización, con una puesta en escena espectacular, liderada por los miembros del equipo de logística y con el apoyo de unos voluntarios excepcionales, que ayudó a disfrutar de cada momento y a comprender que habíamos sido llamados a algo grande. A través de ella experimentamos que la Iglesia, que era quien nos convocaba, quería cuidarnos y agradecernos el trabajo que estamos haciendo en nuestras respectivas realidades.

En segundo lugar, un programa muy cuidado por la comisión de contenidos, en línea con la nota de la sinodalidad que había marcado la fase previa que nos ha guiado hasta el Congreso, en el que el énfasis estaba puesto en lo verdaderamente importante y que fomentaba la participación de los presentes y la escucha y diálogo entre nosotros; con unos ponentes que, con sus intervenciones, nos han orientado en nuestros trabajos, ayudándonos a descubrir la esencia de nuestra vocación y misión como fieles laicos; con unas experiencias y testimonios, presentadas por más de doscientas personas procedentes de toda la geografía española, que han evidenciado que, como Iglesia, estamos dando respuesta a algunas de las necesidades de quienes están a nuestro lado y que también nosotros podemos y debemos buscar respuestas desde nuestras concretas realidades eclesiales. Sin olvidar las oraciones, la Vigilia y unas Eucaristías pensadas al detalle que nos han hecho saborear la grandeza del Misterio que celebramos como creyentes y, más aún, nos han permitido descansar en el Señor compensando con ello el cansancio acumulado por el intenso trabajo llevado a cabo durante estos tres días.

En tercer lugar, la excelencia de los congresistas, siempre con una sonrisa dibujada en la cara a pesar de algunos de los inconvenientes derivados de la dificultad de compartir espacio tantas personas, cumpliendo puntualmente las indicaciones y, sobre todo, aportando y compartiendo, conscientes del papel que les había sido encomendado. Sin duda alguna, son la clave de este proceso, junto con los miles de hermanos que han participado en la fase preparatoria. Y han cumplido con creces lo que se esperaba de ellos.

En cuarto lugar, el apoyo de nuestros obispos. Con su presencia masiva han puesto de manifiesto que les importa lo que estamos construyendo entre todos; con sus palabras, tanto en las intervenciones oficiales y en las celebraciones, como en los pasillos y en los grupos de reflexión, nos han animado y alentado, como pastores que son, a vivir plenamente la vocación laical y a seguir asumiendo el papel que estamos llamados a cumplir dentro de la Iglesia y en medio del mundo; con su cercanía —han estado entre nosotros, acompañando a los feligreses de sus diócesis, escuchando y aportando en los distintos itinerarios— han hecho honor a la petición del Papa Francisco de ser pastores con olor a oveja.

En quinto lugar —pero, sin duda, el más importante de todos ellos—, la presencia de Jesús Eucaristía en el espacio principal del Congreso, con una capilla siempre abarrotada. Nos ha ayudado a entender que era Él quien nos congregaba y quien nos pedía dejar de lado miedos y prejuicios; que la llamada a la santidad que el Padre nos plantea se concreta en tres vocaciones —sacerdocio, vida consagrada y vocación laical—, que son únicas, iguales en dignidad y a la vez complementarias; que los diferentes carismas, sensibilidades, acentos con los que vivimos y manifestamos nuestro ser cristiano no son sino modos distintos de expresar una misma fe por parte de miembros diversos que formamos una misma familia.

En definitiva, se han superado las expectativas y hemos logrado entre todos el objetivo que estaba verdaderamente en juego: ser y mostrarnos como Iglesia, viva y unida en torno al Señor, que quiere salir a cumplir la misión por Él encomendada.

La alegría reflejada en el rostro de los congresistas, los abrazos sinceros con hermanos a los que no conocíamos, la escucha atenta de las opiniones de otros, el diálogo generado para consensuar propuestas compartidas, la paz interior experimentada en los momentos de celebración de nuestra fe, la ilusión por anunciar a Jesucristo sin complejos, la esperanza en que es posible construir un mundo mejor e, incluso, los ecos que llegaban de quienes estaban siguiendo el Congreso a través de streaming, televisión y redes sociales, no son sino signos externos que evidencian que algo grande ha ocurrido entre nosotros —quienes estábamos allí y quienes se hicieron presentes desde la distancia—.

Sin embargo, lejos de la autocomplacencia, todo ello debe conducirnos a seguir adelante con el proceso y a ser fieles al objetivo fundamental del mismo: dinamizar el laicado en España o, dicho de un modo más preciso, redescubrir la esencia de la vocación laical como llamada específica a vivir la fe en medio del mundo y comprometernos más fuertemente con nuestra misión de anunciar a Jesucristo, desde nuestro testimonio de vida y con nuestra palabra, a cuantos nos rodean. Hemos sido convocados por la Iglesia a este proceso y ella misma, en continuidad con él, nos envía ahora al mundo.

Hemos identificado los vectores principales del camino que deseamos seguir recorriendo juntos —los itinerarios de Primer Anuncio, Acompañamiento, Procesos Formativos y Presencia en la Vida Pública—; hemos puesto la mirada en la siguiente etapa, en la que profundizaremos en los principales retos y desafíos detectados en cada uno de ellos; hemos concretado algunos procesos que debemos activar y proyectos que podemos proponer; nos hemos comprometido a seguir creciendo en comunión mediante el trabajo compartido en nuestras respectivas parroquias, diócesis, asociaciones y movimientos en línea con estas prioridades. Todo ello lo hemos hecho libremente y queremos seguir haciéndolo en el futuro, con esa misma libertad y con responsabilidad.

Una frase, que era la que nos recibía en el recinto y que fue repetida en distintas ocasiones a lo largo del Congreso, expresa a la perfección lo que ha acontecido en el Pabellón de Cristal de Madrid, con repercusión en toda la Iglesia española: hemos vivido un renovado Pentecostés. Todos somos miembros de la Iglesia en continuidad con la herencia recibida, de una misma Iglesia fundada por Jesucristo. Como en Pentecostés, el Espíritu nos reúne para hacerse presente entre nosotros; como en Pentecostés, el Espíritu nos envía al mundo; como en Pentecostés, el Espíritu nos guía a cada uno de nosotros y nos da fuerzas para hablar a los hombres y mujeres de hoy del gran tesoro que portamos en vasijas de barro.

Esto es ser Iglesia en Salida: descubrir aquello a lo que estamos llamados como laicos, vivirlo plenamente y en comunión, compartir la fe con cuantos encontramos en los ambientes en los que estamos presentes, acompañar a aquellos que nos necesitan, cambiar la realidad para hacer de ella un anticipo del Reino de Dios.

¡Salimos!

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