Opinión

Somos Iglesia desde la cercanía

De los cuatro itinerarios que conforman el proceso iniciado con el Congreso Nacional de Laicos —primer anuncio, acompañamiento, procesos formativos y compromiso en la vida pública—, el segundo de ellos es, probablemente, el que tenemos menos interiorizado en nuestro ser Iglesia.

En no pocas ocasiones seguimos pensando que vivimos en una sociedad mayoritariamente cristiana cuando, en realidad, es más bien lo contrario. Precisamente porque el entorno social cada vez más nos habla menos de Dios, hemos de ser conscientes de que la evangelización no puede ser un proceso de masas (en realidad, nunca lo fue, porque el encuentro con Cristo es siempre personal), sino que precisa del trato individual y, lo que es más importante, de la escucha, de la cercanía continuada, del acompañamiento de las personas que necesitan de nosotros. Este acompañamiento ha de ser integral y abarcar tanto el proceso de fe como la atención de las necesidades de la persona acompañada.

Al mismo tiempo, debe ser personal, de tú a tú, y comunitario, pues acompañamos en tanto que somos miembros de una comunidad eclesial y enviados por la Iglesia.

El acompañamiento se convierte, de este modo, en una exigencia para nuestras comunidades, que han de convertirse en espacios de acogida si desean ser auténticamente Iglesia en salida; pero también para nosotros mismos, que no podemos anunciar plenamente a Jesucristo si renunciamos a hacerlo situando a la persona cuya vida conecta con la nuestra, con sus concretas circunstancias, con su modo de ser y de sentir, en el centro de nuestra misión.

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