Cartas de los obispos Última hora

Somos hermanos de trabajo

Un año más la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) celebra el 7 de octubre la Jornada Mundial por el Trabajo Decente con una justa reivindicación. Es una ocasión para despertar nuestra mirada de modo que, sacudiéndonos la indiferencia, nos sintamos interpelados y movilizados por la situación de precariedad que sufren las personas en su trabajo, incrementada este año por la pandemia de la COVID-19. Las carencias se han agudizado y hemos de seguir buscando entre todos, con mayor empeño si cabe, unas condiciones laborales dignas y justas para todos. Para todos y entre todos, porque este mundo precisa redescubrir la fraternidad para restañar heridas y recuperarse, según el papa Francisco nos acaba de señalar en su nueva encíclica.

En el ejercicio de empatía y compasión al que nos conduce la caridad en la verdad podemos sentirnos víctimas con las víctimas de la precariedad laboral. De este modo practicaremos esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres; esa solidaridad que nos permite pensar y actuar en términos de comunidad, dando prioridad a la vida común frente a la apropiación egoísta de los bienes por parte de algunos. Todo ello con el fin de luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, como afirma el papa Francisco en Fratelli tutti (cf FT 116). Queremos soñar y hacer realidad un mundo en paz, asegurando un trabajo decente para todos, además de una tierra y un techo en los que habitar (cf FT 127). Al fin y al cabo, el trabajo forma parte del misterio salvífico de la creación, de suerte que resulta deber indiscutible de los cristianos el empeño de procurar para todos una vida digna a través de un trabajo decente (cf LS 128), con un mismo principio y fin evangélicamente transformadores: «somos hermanos de trabajo».

Como señala el Manifiesto de ITD para esta Jornada, la realidad muestra «las consecuencias de un modelo productivo incapaz de generar empleo con alto valor añadido y marcado por las altas tasas de precariedad laboral». Sabemos que el empleo se destruye, que los números de los ERTE y el paro se elevan y que la protección social no llega todos los que la necesitan y tienen derecho a ella. Sabemos también que hay siempre una amenaza de exclusión allí donde crece la economía sumergida.

Todo esto se hace cuerpo en tantas personas desprotegidas que acuden a servicios sociales públicos y vecinales, así como a los recursos caritativo-solidarios de la Iglesia a pie de parroquia o centro religioso específico. En esta adversidad extraordinaria se ha comprobado la generosidad de estas instituciones y de las personas particulares que, con su mano tendida, elevan ante el mundo un clamor por el bien común y la necesidad de construir la fraternidad abierta y universal, propia de un corazón samaritano.

Debemos contemplar el trabajo como un camino de sentido y de humanización, a través del cual cada persona se sabe reconocida en su dignidad y llamada a plenitud precisamente al poner sus dones al servicio de la familia humana. Así, como hijos de Dios que trabajan y procuran trabajo a sus semejantes, actualizamos la fraternidad evangélica, convirtiéndonos en «hermanos de trabajo». Lo cual nos compromete «a movernos en comunidad, aunar esfuerzos, buscar apoyos y seguir reclamando un trabajo decente y de justicia social que haga oír nuestra voz en nuestros barrios, ante las organizaciones sindicales y las instituciones de gobierno» tal y como leemos en el Manifiesto de la Jornada.

Hablemos alto y claro, apostando por un nuevo sistema productivo capaz de generar empleo y, sobre todo, empeñado en garantizar que la persona y su dignidad ocupen el centro de la vida. Pidamos el reconocimiento social y laboral —traducido en unas condiciones de empleo dignas— para los llamados “trabajadores esenciales”, haciendo así honor a tal nombre. Exijamos que el derecho a la protección social no esté supeditado a la vida laboral y que se garantice el ingreso mínimo vital para quien lo necesita, así como los subsidios de desempleo. Todo ello, siendo conscientes de que «ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo» (LS 128). Con este propósito hay que promover el desarrollo de la creatividad que Dios ha regalado a cada persona, sus capacidades, fuerza e iniciativa. Como dice el Papa, aunque cambien los mecanismos de producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. «No existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo» (FT 162).

#NosMovemosPorElTrabajoDecente porque «somos hermanos de trabajo» en Mondoñedo-Ferrol. Queremos extender la fraternidad evangélica reivindicando el derecho fundamental al trabajo, que es una traducción directa de la justa dignidad que merecemos como hijos de Dios. Nuestra hermandad laboral ha de ser abierta, sin fronteras, plagada de hechos que transformen la realidad, de modo que, procurando sin descanso el bien y el trabajo de todos, cada 7 de octubre podamos decir que estamos un poco más cerca del Reino de Dios y su justicia.

 

✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de Mondoñedo-Ferrol

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