Firmas

“Sólo soy la voz de mi pueblo”, por José Moreno Losada

“Sólo soy la voz de mi pueblo”, por José Moreno Losada 

Hace un año, cuando fue elegido el Papa Francisco, muchas personas me contaban cómo esta elección era una noticia mundial, signo del peso de la religión en nuestro mundo. Hoy en día, levanta cierta expectativa socialtodo lo que pueda ser una línea espiritual y pastoral en la Iglesia católica -en sus distintos niveles-, así como sus consecuencias humanas y sociales. Con más intensidad, lo siente el propio interior de la Iglesia; es decir, los cristianos.

Dentro de poco-un año, más o menos-, nuestro arzobispo Santiagocumplirá la edad propia de la jubilación en los obispos, y él mismo ya está indicando que hay cosas que quedarán para su sucesor, aunque otras desea hacerlas antes de irse para culminar su mandato episcopal en nuestra Iglesia que peregrina en Mérida-Badajoz. La situación produce en los sacerdotes y en muchos laicos cristianos cierta inquietud ante la pregunta de quién puede ser elegido para este ministerio…

 

Ya lo vivimos hace una década –¡el tiempo pasa volando!-, cuando se jubiló Antonio Montero, nuestro anterior arzobispo. Se oían quinielas y posibilidades, dado que nuestra realidad era arzobispado y, por tanto, vendría alguien que ya fuera obispo, y las cábalas daban a unos y a otros hasta que, al final, se reveló el nombramiento. Recuerdo que, en los tiempos previos, había sentimientos y aprensiones de todos los tipos, varios candidatos y opiniones sobre ellos. Ahora vamos entrando en la misma dinámica: vemos cómo tiembla la pregunta sobre quién vendrá y las consecuencias de que pueda ser uno u otro.

 

Personalmente, me llama la atención que pueda haber sentimientos de inquietud y de temor ante la elección de un posible obispo. No tiene sentido si lo que se va a hacer es aquello que, según la Iglesia, el Concilio Vaticano II y el propio Papa Francisco, debe hacerse al elegir un  pastor bueno para el pueblo cristiano. La cuestión central debe ser qué es un obispo y para qué sirve en la diócesis. Esta respuesta será luminosa, incluso, para poder soñar y desear-orar y pedirlo con fe, decimos los creyentes- un pastor para nuestro pueblo cristiano. Pero, ¿cómo responder a la pregunta del obispo que queremos o necesitamos?

 

En estos días, tengo en mis manos un libro interesante…Solamente releer el título me seduce: “Sólo soy la voz de mi pueblo”. Cada una de sus hojas presenta el legado de Juan José Aguirre Muñoz, el obispo de Bangassou (República Centroafricana). En su lectura, descubro los elementos esenciales a los que aspira como pastor de su iglesia en medio del pueblo, y me provocan claves posibles para nuestro futuro pastor diocesano.

 

Descubro que, para Monseñor Aguirre, es fundamental-según leo su testimonio personal y vivo- el dejarse hacer por Dios en medio del pueblo, entendiendo que no es él el que tiene un modelo de pastoral preestablecido para aplicar a la realidad, sino que, en medio de ella –encarnándose-, va descubriendo lo que Dios le manifiesta y quiere de él y de su pueblo; de ahí, contadas en primera persona, nacen sus actuaciones y proyectos pastorales. Eso supone ser un hombre de Dios que digiere evangelio y vida al mismo tiempo, que se sitúa más en la mística que en la ética, más en la contemplación que en la exigencia, más en la misericordia que en el juicio.

 

Otra dato que me interpela es lo humano de su relación, tanto para con las comunidades como para con los pobres y débiles, sean o no cristianos, así como con los agentes de misión, religiosos y sacerdotes, sabiéndose un misionero más que comparte tarea de evangelización en una corresponsabilidad presidida y fraternizada a la vez. Esa visión de Pueblo de Dios es esencial para el pastor de hoy. Me seduce su visión de la realidad desde la buena noticia y la esperanza.Estando como está, en medio de la muerte y la miseria, descubre rasgos de esperanza y ánimo en los destruidos, en los detalles pequeños de gente destrozada que no se rinde y combate la desesperanza, creyendo que volverán a la esperanza algún día y que hay que caminar hacia ella. Desde ahí, no puede otra cosa que anunciar el Evangelio, celebrar la vida y creer que el hombre destrozado, que se entrega en el pan y el vino de la crucifixión injusta y sangrienta, es el que resucita haciendo un pueblo nuevo y una sociedad de hermanos. Un reino de justicia, paz y verdad. Y todo ello amasado de buena doctrina, de celebración cristiana de los sacramentos, de iniciación a la fe y de comunidades organizadas en su  pequeñez para seguir evangelizando aun en medio de la pobreza más absoluta del mundo.

 

Considero que el pueblo cristiano de nuestra diócesis –laicos, religiosos y presbiterio- no debe esperar a nadie especial, ni superior.El tono marcado por el papa Francisco nos ayuda a desear algo bastante sencillo y posible: un pastor que, en lo humano, se deje hacer por Dios a través de la realidad, en lo espiritualnos ayude a amasar el Evangelio y la vida para encontrar la Buena Noticia de la esperanza y la alegría –así las celebraciones estarán llenas de vida-, en lo pastoral nos invite a la corresponsabilidad ayudando a crecer a todos en el aporte a lo común para que el Reino avance, en lo social sea sensible a los que más sufren y necesitan -siendo su voz en medio del pueblo- y, en el trato, nos quiera como suyos y nos deje quererlo como nuestro.

 

No hay duda de que debemos acogerlo, valorarlo y comprometernos para arrimar el ascua a la Buena Noticia y su anuncio en medio de todos, especialmente de los que más lo necesiten. La realidad me asesta una bofetada de rabia cuando pienso que, lo que tendría que ser esperanza, deseo, ilusión, ganas de recibir un hermano mayor, un padre y un compañero de camino, se convierte en inquietud y temor, porque eso indica que algo está fallando entre nosotros, en el pueblo de Dios. Así lo manifiesta continuamente el Papa. Es el momento, por tanto, de transformar estos sentimientos en la Iglesia-y, si puede ser, de paso, en la sociedad-, hay que lograr que, ante la venida de un nuevo pastor,solamente florezca la ilusión de una novedad que se espera fecunda y gratuita para todos, felicitante  tanto para el que llega  para dar su vida por el pueblo, como  para los que lo recibimos para que pueda ser nuestra voz y nuestro hermano mayor en la fe y el Evangelio.

Un reto esperanzador el que nos marcamos a nosotros mismos con este deseo los que formamos parte de nuestra Iglesia que peregrina en Mérida y Badajoz. Yo, como sacerdote de esta comunidad, sé que debo apuntarme mis deberes, y lo intento según medito cada página de“Sólo soy la voz de mi pueblo”, un libro que recomiendo vivamente a todo aquel que esté dispuesto a dejarse sorprender…

José Moreno Losada 

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