SÓLO ÉL ES ESE AMOR (Homilía en la celebración de mi aniversario sacerdotal), por Jesús de las Heras Muela

El 8 de noviembre de 1982 fui ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II en Valencia en el transcurso -ya casi final- de su primera visita apostólica a España. Hace cinco años, con motivo de mis bodas de plata sacerdotales, pronuncié la homilía que a continuación reproduzco, junto a otra entradilla en la que indicaba la citada celebración de bodas de plata.

Quiero compartir con vosotros la homilía que pronuncié en mi parroquia seguntina de “Santa María” de Sigüenza. La tarde del pasado sábado 4 de agosto cálida, muy cálida, como lo fueron también la presencia de amigos, familiares y sacerdotes –todos ellos, todos nosotros presididos por el seguntino monseñor Juan José Asenjo Peregrina- obispo de Córdoba, en una sentida y hermosa celebración de acción de gracias. Quiso ser un himno de alabanza a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. El es ese Amor que centró mi homilía. Y sólo a El la gloria y la alabanza por los siglos. Gracias, amigos de ECCLESIA DIGITAL, por compartir ahora esta celebración)

 

«Doy gracias a Cristo Jesús que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio». Doy gracias, queridos hermanos y hermanas aquí presentes, a Dios Padre todopoderoso que, en su providencia amorosa, me llamó desde el seno de mi madre a la fe y al sacerdocio. Doy gracias al Espíritu Santo que, abundante, se derramó sobre mí de manos del Santo Padre Juan Pablo II hace 25 años y me ungió sacerdote para siempre.

Doy gracias a la Iglesia, pueblo santo de Dios, que me ha ido instruyendo en la fe, que me ha ido capacitado para el servicio y para la ofrenda que habré de seguir haciendo de mi vida y que me llamó hace 25 años y me sigue llamando ahora al ministerio del pastoreo de la grey de Dios, por los caminos que la Providencia, a través de la Iglesia, ha considerado y siga considerando oportunos.

Doy gracias a mi familia, a mis amigos, a mis hermanos sacerdotes, a los obispos Jesús Pla y José Sánchez, al amigo, hermano y obispo Juan José Asenjo -que nos honra con su presencia y presidencia-, al querido seminario de Sigüenza, a la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid –nos acompaña también su actual decano-, a la facultad de Historia de la Iglesia de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, al Pontificio Colegio Español “San José” de Roma, a las gentes de Sigüenza, Guadalajara, Madrid, Azuqueca de Henares, Roma, serranía del Alto Tajo, serranía de la Alta Alcarria, serranía de Pela, con quienes he compartido y comparto mi fe y a quienes he servido y sirvo el pan de la palabra, de los sacramentos y del pastoreo.

Doy gracias a Dios y a la Iglesia por mis trabajos de estos quince últimos años en los servicios de la información de la CEE y en la dirección de la Revista ECCLESIA y de su página web ECCLESIA DIGITAL; al Colegio Cristo Rey, al que sirvo como capellán; a la Cadena Cope, a RNE, a Telemadrid y a los demás MCS donde he colaborado y colaboro.

Gracias sean dadas a Dios, Uno y Trino, Padre, Hermano y Espíritu. El Señor ha estado grande conmigo y estoy alegre, inmensa y emocionadamente alegre y agradecido. Sean sólo para Él la gloria y la abalanza por los siglos.

La grandeza del sacerdocio

Los textos bíblicos que acaban de ser proclamados nos iluminan también para entender mejor la identidad y la misión del sacerdote. El sacerdote es sacramento y prolongación de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Reconozco, queridos hermanos, que siempre me impresionaron aquella frase «Sacerdos, alter Chritus» (El sacerdote es otro Cristo) o la que afirma que «el sacerdote actúa en la persona de Jesucristo».

Reconozco, que tras 25 años, sé mejor que nadie lo lejos que están mi vida y mi ministerio de hacer realidad en mi estas frases, aun cuando me consuela la confianza y la certeza de que Él es fiel y grande y que Él suple lo mucho que falta en mi. Se estremecen, en efecto, el corazón y el alma cuando uno, desde su pequeñez, desde su grisura, desde su mediocridad, se para a pensar a Quien representa, en nombre de Quién actúa.

Y cuando además uno se acerca a la vida y al mensaje de los grandes sacerdotes santos con que Dios ha bendecido a su Iglesia a lo largo de los siglos -San Juan de Ávila, San Francisco Javier, San Vicente de Paúl, San Juan María Vianney o nuestros querídisimos padre San Pío de Pietrelcina y Papa Juan Pablo II-, el estremecimiento se convierte en abismo, se han de convertir en llanto de indignidad y, a la vez, de agradecimiento. Por ello, sólo desde la alabanza, sólo desde el Magníficat se acaba aceptando el misterio y la gracia que comportan y suponen ser sacerdote y tomar conciencia efectiva y viva de su grandeza, esa grandeza que Dios ha confiado, en este caso, a mis humildes y pobres vasijas de barro.

Merece la pena ser sacerdote

Por ello, por todo ello, hermanos, permitidme que esta tarde os confiese y proclame, junto a mi vértigo y limitación personal ante esta grandeza del sacerdocio ministerio, que merece la pena ser sacerdote. Que el sacerdote no está pasado de moda ni lo estará nunca. Que necesitáis al sacerdote como el sacerdote os necesita a vosotros. Que es inmerecidamente grande y tan hermoso ser sacerdote, que debemos hacer todo lo posible para que los sacerdotes seamos lo que debemos ser y para que no falten nunca a nuestra Iglesia, en este caso, caso de penurias que no falten nunca sacerdotes a Sigüenza y de Sigüenza, a nuestra diócesis y de nuestra querida Iglesia diocesana. No podemos conformarnos con que «así son los tiempos que corren» o con la condición supuestamente inexorable de las estadísticas o conque «no es para tanto».

Os confesaré, por ello, que una de las razones que me han llevado a celebrar de este modo con vosotros mis bodas de plata sacerdotales es precisamente contribuir -siquiera mínimamente, siquiera modestamente- a la pastoral vocacional. El sacerdocio no puede ni debe ser un una realidad, un sujeto «en vías de extinción». Porque además, si así fuera, significaría que también la vitalidad de las parroquias, de las comunidades cristianas y de las familias languidece alarmante y letalmente. Significaría, asimismo, que dejamos de ser fieles a nuestra historia de fe, la historia que nos ha hecho grande, que ha hecho grande a esta ciudad, que ha hecho grande a esta diócesis.

“Hemos conocido el amor”

Os confesaré asimismo que según han ido pasando los años me convenzo cada vez de que la clave del sacerdocio no es otra que el amor y que, por ello, el sacerdote debe ser testigo y servidor del Amor. Pero, eso sí, nadie da lo que no tiene. De ahí, la necesidad de una cada vez más intensiva y comprometida vida interior del sacerdote, que reactualice la gracia de la imposición de manos. Se trata de una vida nutrida de la Eucaristía y de la Palabra de Dios, animada en la fidelidad y en el gozo de la comunión eclesial. El sacerdote, que no es nada sin Jesucristo y sin su Iglesia, está para servir el amor, un amor del que él debe ser testigo en primera persona.

Nada hay más importante y más decisivo que el amor y el sacerdote está llamado a ser especialista del amor. Del amor del que nos acaba de hablar San Pablo en la segunda lectura de esta Eucaristía Del Amor con mayúsculas, del Amor de Dios encarnado en Jesucristo, cuyo sacramento primero, dador y distribuidor somos los sacerdotes. Del Amor al que el querido Papa Benedicto XVI ha dedicado su primera y hermosísima encíclica y ha comprometido su luminoso y sereno, firme y apacible ministerio apostólico petrino.

La mejor homilía

Hace unos meses leía en el semanario diocesano de Córdoba esta frase de su obispo en un contexto vocacional: «La mejor homilía del sacerdote es su vida». La mejor homilía del sacerdote es su vida, sí, su vida de amor, de entrega, de humildad, de escucha de la Palabra, de testimonio del amor.

Quizás nunca como hasta ahora se han preparado materiales catequéticos, litúrgicos, homiléticos y pastorales tan buenos y tan espléndidos. Pero si nos falta el amor somos -como escribía Pablo en la carta primera a los Corintios- campana que resuena, platillos que aturden… Si no tengo el amor, si no soy testimonio vivo, coherente y creíble del amor, sino sirvo el amor, nada soy, de nada me sirven ni títulos, ni honores, ni cargos, ni grandezas, ni oropeles, ni éxitos o fracasos meramente humanos.

Sí, la mejor homilía, la mejor catequesis, la mejor conversación, la mejor iniciativa, el mejor plan pastoral, la mejor plática, la mejor escucha del sacerdote es su vida, es su amor. Es repartir el amor en la mesa de los sacramentos, en el púlpito, en la cátedra y en el areópago de la Palabra, en el servicio humilde y misericordioso, suave y firme del pastoreo. Leía días atrás una entrevista al nuevo obispo de Santander. El periodista le preguntaba que en qué consiste el ministerio sacerdotal y episcopal. El obispo electo de Santander no dudó en responder: “Es amar. Oficio de amor es el pastoreo”.

Nuestro mundo, tan lleno y repleto de palabras, de mensajes, de imágenes y de consignas, sólo se conmueve ante el testigo, sólo se estremece ante el amor, ante quien con sus cicatrices cura las nuestras, ante quien con sus llagas sana las nuestras, ante quien con su amor nos cubre y nos reviste de amor, del Amor verdadero.

Sólo una cosa es importante: el amor

Entonces, hace 25/30 años, no acabe de entenderlo del todo, pero se me quedó grabada la frase y la idea. Un sacerdote joven de nuestra diócesis era trasladado desde unas parroquias rurales donde se sentía muy a gusto a la dirección espiritual de un, años ha, próspero Instituto de una localidad más populosa y afamada. Se le quebró el ánimo, sintió miedo y fue hablar con un benemérito cura experto en colegios y en jóvenes. Fue a pedirle un consejo. Esperaba quizás planes, proyectos, estrategias, criterios didácticos y pedagógicos… El cura mayor se le que quedó mirando con ternura y le dijo: «Ama, quiere a los muchachos y lo demás se te dará por añadidura».

Cuentan que en el final de su vida, el padre Pío de Pietrelcina buscaba, con mayor frecuencia e incluso necesidad que antes, el encuentro con los niños. Y cuentan que uno de ellos, en concreto una niña, le preguntó que porqué era tan popular y querido, que porqué acudían a él tantas y tan variadas gentes, que qué querían y que qué esperaban de él. Él, el Padre Pío, mientras acariciaba a la niña en medio de un hermoso atardecer de otoño en las montañas del Gárgano, le dijo: «Sabes, hija, sólo una cosa es importante: el amor, el amor».

En este atardecer de estío, con mis manos vacías y mi corazón conmovido, yo también quiero proclamar mi compromiso, débil y, a la vez, convencido, de que sólo una cosa es importante: el amor. Y que a ese Amor -Amor de los Amores- querría consagrar, de nuevo, mi sacerdocio para ser testigo y servidor de él y poder así predicar, radiar, escribir o televisar con mi vida enamorada de Dios y de su Pueblo Santo -vosotros y vosotras y a quienes vosotros y vosotras representáis- la mejor homilía, el mejor programa de radio o de televisión, la mejor página web en internet, el mejor artículo, el mejor viaje y la mejor revista de mi vida: con el Amor, humilde y fuerte Amor, el Amor del Dios encarnado y crucificado en Jesucristo, que me quiso -¡ay de mí!- sacerdote para siempre de su pacto y de su Iglesia, que me quiso y que me quiere -como os quiso y os quiere también a vosotros- testigos y servidores de su AMOR. Sólo a Él la gloria y la alabanza por los siglos porque sólo Él es ese AMOR.

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