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Sólo el amor es digno de fe

El capítulo segundo de la encíclica Lumen fidei lleva por título “Si no creéis, no comprenderéis”. La fe ha de ser un acto libre del creyente. La fe es un don de Dios, pero en el hombre es –ha de ser- un acto de libertad.

Todo este capítulo muestra que la luz de la fe es el gran don que nos ha traído Jesucristo. Muy en la línea agustiniana, el capítulo afronta las relaciones entre la fe y la verdad. Porque –dice- “la fe sin verdad no salva, no da seguridad  a nuestros pasos”. La fe sin verdad se queda en una bella fábula, en una proyección de nuestros deseos de felicidad, en una ilusión o un mero sentimiento. Por esto, todo este capítulo se propone “recuperar la conexión de la fe con la verdad”.

¿Puede la fe cristiana presentarse hoy en el mundo racional y tecnológico con la pretensión de ser verdadera y de contribuir al bien común? Y, en caso afirmativo, ¿con qué pruebas? ¿No se trata de un fanatismo que intenta arrollar a quien no comparte las propias creencias?, se pregunta el Papa.

Para responder, la encíclica recurre a una cita de San Pablo, “con el corazón se cree (Rm 10,10) y también a un ejercicio de la memoria. Para la Biblia, el corazón es el centro del hombre, el punto en el que se entrelazan todas las dimensiones de la existencia: el entendimiento y la voluntad, la afectividad, etc.

“La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos”. La verdad de la fe y su comprensión es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad” (Lumen fidei, 26). Aquí tocamos lo que ha sido considerado como el núcleo doctrinal de la encíclica, que establece la conexión intrínseca, constitutiva, integradora de la fe con el amor y la verdad.

“Si el amor necesita la verdad, también la verdad tiene necesidad del amor. Amor y verdad no se pueden separar”, sostiene el documento. “Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, el amor mismo es un conocimiento nuevo”: amor ipse notitia est, recuerda el Papa citando a san Gregorio Magno y a Guillermo de Saint Thierry “el amor mismo, ya es un forma de conocimiento”. Aquí el Papa se adentra en una concepción del ser humano próxima a lo que hoy llaman “la inteligencia emocional”. Nuestro teólogo Josep Maria Rovira Belloso, en su reciente libro Déu fa créíxer les persones (“Dios hace crecer a las personas”), habla de una visión del hombre  llena de sabiduría,   que tiene unas profundas raíces en grandes testigos de la tradición cristiana desde la misma Edad Media, que defienden una integración de inteligencia, voluntad y sentimientos.

Lo peculiar de la encíclica es la capacidad que  el amor tiene de conocer que es la base de una lógica nueva, un conocimiento compartido, una común visión de las cosas. La fe surge en la apertura al Dios que es Luz, Amor y Alianza, sobre todo en la cruz de Cristo. No es fácil dar este salto, pero el Papa anima a todos a ello, al afirmar que “el descubrimiento del amor como fuente de conocimiento forma parte de la experiencia originaria de todo hombre” (n.28).

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

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