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Solo construyen la paz la verdad de Dios y la verdad del hombre – editorial Ecclesia

Editorial Revista Ecclesia
Editorial Revista Ecclesia

            El discurso del Papa al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa es uno de los clásicos e imprescindibles textos de referencia del magisterio pontificio de cada año. En la página 16 de este mismo número ofrecemos una amplia información al respeto y la próxima publicaremos íntegramente dicho discurso. En él, el Pontífice traza no solo una panorámica de la concreta situación hodierna de la humanidad, sino que además replantea los principios desde los que la Iglesia se hace presente en medio de ella. Su clave fundamental, desde el servicio y la iluminación de las conciencias, el diálogo con el mundo, “un diálogo que tiene como interés el bien integral, espiritual y material, de todo hombre, y que busca promover por todas partes su dignidad trascendente”.

         Como ya comentábamos en nuestro último editorial, el anhelo y la necesidad de la paz supera las fronteras de lo que podríamos denominar el orden estable de la realidad y de la convivencia humana o la ausencia de guerras y de violencias, para convertirse en la realización y desarrollo de una vida en plenitud para todos y entre todos. La paz así entendida afecta a la totalidad de la vida y a la totalidad de las personas. Y es una aspiración humana inexcusable, fruto de la tarea y del compromiso de todas las personas y don de dones de Dios, el Dios de la paz.

         Por ello, la paz solo se construye desde la verdad de Dios y la verdad del hombre. Como recordó Benedicto XVI a los 179 embajadores del pasado 7 de enero,  “el olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra es la violencia”. Si queremos la paz, Dios no puede ser apartado, silenciado y proscrito de la esfera pública y privada de la vida de los hombres. Dios, el Dios de los cristianos en particular, no es enemigo del hombre, sino su Creador, guía providente y Salvador.  Nuestro mundo ha de recuperar a Dios porque sin Él la ciudad de los hombres es peor, más injusta, más violenta, más inestable.

         Esta recuperación de Dios, este poner a Dios en su lugar para construir un mundo mejor, en paz, en justicia y en bienestar para todos  se contrapone asimismo con el fanatismo religioso, toda una nociva y peligrosa patología que desdibuja, mancilla y adultera su verdadero Rostro, su misma Verdad.

En su cuenta en Twitter escribió Benedicto XVI el pasado 21 de diciembre: “Cuando niegas a Dios, niegas la dignidad humana. Quien defiende a Dios, está defendiendo al hombre”. La verdad de Dios se prolonga, pues, en la verdad del hombre. Y la verdad del hombre necesita y requiere de referencias objetivas y trascendentes.  El relativismo, el materialismo  y una concepción y vivencia autosuficiente y autónoma de los derechos del hombre cercenan, pues, esta verdad del hombre, condición asimismo indispensable para la paz,  en la globalidad de su concepto. Y es que, como recordó Benedicto XVI el lunes  7 de enero,  “sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz”.

         Promover la verdad del hombre significa el respeto por  la vida humana en todas sus fases. Significa  creer, revalorizar y educar en la solidaridad, la justicia social, la lucha contra “la corrupción, la criminalidad, la producción y el tráfico de drogas”. Y significa también no fomentar ni sucumbir a la tentación idolátrica de buscar por encima de todo el propio beneficio y lucro personal y, por ello, “resistir la tentación del interés particular y a corto plazo, para orientarse más bien hacia el bien común”.

         La verdad del hombre, desde la verdad de Dios,  es asimismo un clamor en pro de la auténtica libertad religiosa. Porque, con palabras de nuevo del Papa,  “la paz social está amenazada también por ciertos atentados contra ella: en ocasiones se trata de la marginación de la religión en la vida social; en otros casos, de intolerancia o incluso de violencia contra personas, símbolos de identidad e instituciones religiosas”.  De ahí que Benedicto XVI vuelva a reclamar el respeto al derecho a la objeción de conciencia y alerte de que “prohibir, en nombre de la libertad y el pluralismo, la objeción de conciencia individual e institucional, abriría por el contrario las puertas a la intolerancia y a la nivelación forzada”.

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