Firmas

Solitas, pero no solas (Ante el Día del Enfermo, 1 de mayo de 2016)

Solitas,  pero no solas (Ante el Día del Enfermo, 1 de mayo de 2016)

Se llaman Soledad, pero familiarmente les llamamos  Solita, madre e hija. Hemos compartido y celebrado juntos  una celebración singular, pues en la parroquia hoy hemos ungido con el óleo bendito de los enfermos a un grupo de personas de la comunidad, que querían recibir esta bendición  para que Dios les proteja, fortalezca y acompañe en esta etapa, ya más última de su vida.

El criterio para recibirlo era que  vivieran una enfermedad grave o que ya estuvieran en los setenta y tantos avanzados, que se consideraran en una etapa de mayores, de vida ascendente que le llamamos con esperanza. Han sido casi veinte feligreses, gozosos y animados los que han sido ungidos y abrazados por la oración de toda la comunidad en la celebración de la eucaristía dominical.

Entre ellos estaba Solita madre, que amadrinada por su hija Solita –  experimentada en esta gracia, pues recibió hace siete años este sacramento, cuando los pronósticos eran de muerte para ella-, ha querido recibir esta gracia del sacramento, pero  ha querido celebrarlo festivamente y yo me he unido a madre e hija para comer juntos, en un restaurante amigo y cercano a la parroquia. Han hecho lectura creyente del evento,  que a mí me ha llenado de fe, sintiendo una vez más la presencia del resucitado al partir el pan en la mesa con unas personas tocadas por Dios en su experiencia vital.  Los dichos que hemos proclamado eran muy sencillos: “Siempre como hoy, y mejor cuando Dios quiera” y el de aquél que dejando de beber y pasando por un bar sin caer en la tentación, al haberlo sobrepasado se decía a sí mismo, “por lo bien que lo he hecho me voy a volver a tomarme una copa”. Yo tomaba nota de todo y me dejaba embargar por su gracia, en una de ella ya elaborada por una enfermedad de bastantes años, en la otra por la recién recibida en la unción con el óleo bendito.

La madre daba cuenta de la presencia de Dios en su vida. Recordaba aquella parábola  del hombre que llega a la presencia de Dios y comienza a ver con El las huellas de su vida, y al verlas se sentía triste y recriminaba a Dios  que, en los momentos más duros, lo había dejado solo, porque solo se veían dos huellas  y no cuatro. Dios, con sonrisa y una ternura divina, le explicaba que en esos momentos era Él quien lo había cogido en brazos y por eso sólo se veían las huellas de una persona sola. Así, decía ella ha sido en su vida, ha vivido momentos duros, pero nunca le ha faltado el Señor, cuando se ha confiado a Dios y se ha dispuesto a aceptar su voluntad, ha sentido su acompañamiento, fuerza, consuelo y esperanza. Así, por ejemplo, le ocurrió con su  hija Solita, cuando por el derrame cerebral se auguraba como muy posible su muerte, ella se puso en manos del Padre pidiendo su voluntad, y ahí estuvo el Señor como El quiso. Y ahora le agradece  la vida que ha perdurado en ella, a pesar de su enfermedad, pero lo que más resalta y por lo que lo bendice, lo proclama, lo exalta, es porque  Solita, ha descubierto a Dios en su enfermedad, y tiene hoy una profundidad ejemplar, una confianza tremenda, una alegría auténtica, allí donde se podría pensar que hay motivos para desconfianza, desesperar, o entristecerse y quejarse continuamente.

El hilo de la lectura creyente la continuaba la joven, hilvanando su propia historia. Rebelde profunda, desde los catorce años quería irse de casa, habiendo vivido en París, Fuengirola, viajado por todo el mundo, estudiado derecho, manejo de idiomas… la vida centrada en ella y en sus intereses sin tiempo  para nada. Lo ajeno, sobre todo el dolor, no lo percibía, ni lo atendía, aunque tuviera sensibilidad de fondo. El ajetreo del tener, del sentir, del gozar, del vivir por encima de todo, el nublaba. Y  un zarpazo de derrame cerebral, le devolvía al punto a cero de su existencia, le dejaba “solita” con ella misma, para reencontrarse en la esencia del vivir. Pierde todo, su hablar, su saber, su movilidad, su pensar, su sentir, aparentemente muerta,  ahora había que comenzar todo absolutamente de nuevo. Pero la rodeaba un amor incalculable y gratuito, desde su madre, sus hermanas, sobrinos, amigos…se abría un horizonte en el que Dios se hacía palpable, compañero de camino, verdad consagrada. Y comenzó a sentir y vivir en la verdad, en el valor de lo más pequeño como el mayor tesoro, decir una palabra, dar un paso, abrir los ojos, reconocer y recordar algo, volver a ver un amigo, hasta irse un fin de semana a Toledo, ahora es todo gracia, todo gracia…Nada le es ajeno, todo le importa, todo lo quiere, todo lo ama y lo valora.

Y dice ella: antes estaba muerta y ahora vivo, tengo vida. Cuando todo podría hablar de muerte y pérdida en su vida, ella habla de vida y resurrección, de alegría. Por eso hoy la mesa era una mesa de fiesta.  Estaba con dos ungidas por Dios, la madre y la hija, las dos Solitas, pero ninguna de ellas solas porque han encontrado un Dios que es vida, amor, familia, comunidad y tienen una confianza total. Porque saben que cuando llegue lo peor, Dios se abajará las subirá en brazos y las llevará hasta la gloria. Eso es lo que se celebra en la unción de enfermos.

José Moreno Losada

 

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