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Rincón Litúrgico

Solemnidad de la Santísima Trinidad, por José Borja

Con la fiesta del envío del Espíritu Santo el domingo pasado culminaba el tiempo Pascual. Ya tenemos la fuerza que Dios nos ha regala gratuitamente para poder dar testimonio con nuestra vida. Dios no es distante, no se desentiende. Dios es comunidad de amor. Para entender esto, basta con mirar la imagen de la Santísima Trinidad. Como dice el Papa Francisco: “No es el producto de razonamientos humanos, es el rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo, no desde lo alto de un trono, sino caminando con la humanidad”. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Santísima Trinidad. El amor verdadero es ilimitado, pero sabe limitarse para salir al encuentro del otro, para ser libre y respetar la libertad del otro. Acojamos esta solemnidad con gratitud y confianza.

En este día, la Iglesia celebra, además, la Jornada de oración por los religiosos y religiosas de vida contemplativa. Pidamos por ellos para que el Señor fortalezca su fe y les envíe nuevas vocaciones. También tengamos un recuerdo en este día especial, por la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, y por la gran familia Trinitaria.

En la primera lectura del Éxodo, nos muestra que Dios se revela a Moisés como un Dios cercano, misericordioso, que perdona, que siempre establece lazos familiares con el hombre. Un Dios Trinidad que SIEMPRE acoge con fidelidad a la creatura y le perdona a pesar de sus fallos y caídas. Dios espera con los brazos abiertos y no se cansa de darnos oportunidades una y otra vez. Aunque a veces lo pongamos en duda u olvidar.

En la segunda carta a los Corintios, Pablo resume su enseñanza en esta pequeña exhortación y hace de ella una especie de “norma” de conducta para la comunidad cristiana. La presencia de la Trinidad es lo que constituye a la comunidad cristiana. Por eso, nos anima a tener un mismo sentir y vivir en paz, unidos bajo la bendición de Dios que Padre Hijo y Espíritu Santo, que es comunión, familia y que pretende atraer a los hombres hacia esa dinámica de amor y lo expresa el Apóstol en lo que llama el “Beso Santo” que es el beso que se daban en las asambleas litúrgicas.

Del Evangelio de Juan, resalto la frase que dice “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”. Aquí me viene a la cabeza ciertos comentarios que durante esta pandemia seguramente hemos escuchado (por lo menos yo, bastantes veces) de que Dios ha mandado esta pandemia como un castigo. Que Dios nos quiere decir algo, y un largo etcétera. Pero, al leer este pasaje evangélico, todas esas afirmaciones se borran. Y se borran, porque nos muestra a un Dios Trinidad, un Dios AMOR, un Dios que sufre con la creatura, que acompaña en el sufrimiento, un Dios que acoge al que lo necesita y se compadece. Por esto mismo, hoy, debemos acercarnos al Evangelio como lo hace San Juan, que repito, nos invita a contemplar a un Dios cuyo amor por los hombres es tan grande, que envía al mundo a su Hijo único: Jesús. Él cumple los planes del Padre, haciendo de su vida una donación total, hasta la muerte en cruz. En esta fantástica historia de amor, se manifiesta la grandeza del corazón de Dios Trinidad.

Pidamos a nuestra Madre la Virgen, que nos ayude a comprender que en los momentos difíciles, Dios Trinidad no nos deja solos. Que seamos capaces de ser eco en el mundo de Cristo, canto de Vida.

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