Santa Sede

¿Soledad, qué soledad? A propósito de Paolo Gabriele en el juicio por el Vatileaks

Por Andrea Tornielli en Páginas Digital 04/10/2012

Son las afirmaciones más inquietantes de entre las que se han escuchado en el aula del Tribunal vaticano. Las pronunció Paolo Gabriele, al explicar los motivos que provocaron sus acciones (el robo de documentos reservados de Benedicto XVI): “con el paso del tiempo, maduré la convicción que es fácil manipular a una persona que tiene un poder de decisión enorme”. También contó lo que sucedía durante las comidas con el Pontífice: “A veces el Papa hacía preguntas de temas sobre los cuales debía estar informado”.

Es decir, que parecía no tener noticias sobre algunos hechos que habría debido saber.

Joseph Ratzinger es una persona difícilmente “manipulable”: las actas de gobierno, los nombramientos de obispos, las decisiones que ha tomado en los últimos años lo indican de forma evidente. Una cosa muy diferente es indicar que Benedicto XVI no está siempre bien informado. La afirmación habría podido exponerse más claramente, pero cuando Gabriele estaba por describir algunos ejemplos, el presidente del Tribunal lo detuvo, porque no era “necesario indicar particulares”, dado que los ejemplos concretos que había indicado en los interrogatorios ya figuraban en las actas.

Las palabras de Gabriele, que vivió en el apartamento papal durante seis años, hacen que resurja el tema (que no es novedoso) de la “soledad” del Papa. Un tema muy discutido incluso con los predecesores de Ratzinger: basta pensar, en el caso de Juan Pablo II, en las polémicas sobre la gestión de los casos de abusos sexuales cometidos por el padre Maciel y sobre el hecho de que las noticias relacionadas acabaran “filtrándose” al exterior. También se habló, en su momento, del aislamiento que implicaba el poder excesivo del “entourage” más cercano tanto de Pablo VI como de Pío XII

Benedicto XVI había respondido a una pregunta relacionada con este tema durante el vuelo hacia Camerún de marzo de 2009. Dijo que le daba un poco de risa el mito de su soledad, pues de ninguna forma se sentía solo, dado que cada día recibía a muchísimas personas (desde colaboradores cercanos, comenzando por el Secretario de Estado, hasta todos los que dirigen algún dicasterio o los obispos que recibe “ad limina”): “nada de soledad, estoy realmente rodeado de amigos”, habría explicado.

 

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