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Opinión

Sobre el enigma de la muerte, por José-Román Flecha Andrés en “Diario de León” (2-11-2013)

Sobre el enigma de la muerte, por José-Román Flecha Andrés en “Diario de León” (2-11-2013)

Durante los últimos meses hemos celebrado los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II. Cuando preguntamos a algunos católicos qué supuso aquella gran asamblea conciliar, son muchos los que sólo saben referirse a la celebración de la misa en la lengua popular, o poco más. Es como si el Concilio solamente se hubiera preocupado de la liturgia.

Y no es verdad. El Concilio habló de la Iglesia, tal como es y como debería ser. Y habló también del mundo de hoy, con sus adelantos y sus fracasos. Habló de la vocación y de la misión del cristiano. Habló también de la dignidad y de la responsabilidad del hombre. Y habló de sus gozos, de sus esperanzas y de sus temores.

Entre ellos, mencionó  el temor que nos atenaza ante la muerte. Así se expresa la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo” (GS 18).

En este mismo contexto, el Concilio reconocía que las ciencias y las técnicas modernas han logrado vencer muchas enfermedades y alargar notablemente la vida humana. Pero reconocía que estos esfuerzos no pueden calmar esta ansiedad del hombre. En el fondo de su corazón bulle la pregunta por el más allá de la muerte y el deseo de una supervivencia más allá del tiempo.

Ante ese paredón de la muerte y el misterio que oculta a nuestros ojos, ¿qué puede ofrecer la fe cristiana? El Concilio recuerda que, iluminada  por la revelación divina, la Iglesia “afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre”.

Como sabemos, la Biblia nos dice que la muerte, fruto del pecado, ha sido vencida por el amor de Dios, que nos llama a vivir con él para siempre. Con su resurrección, Jesucristo nos ha liberado de la muerte con su propia muerte en la cruz. Con razón podemos cantar  y preguntar: ¿Dónde está muerte tu aguijón?

La fe no libra a nuestra barca del golpetazo de las olas. Pero nos señala el puerto al que nos dirigimos y nos indica la ruta que hemos de seguir. Según el Concilio, “la fe responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre”. Al mismo tiempo, la fe nos asegura que nuestros seres queridos, ya difuntos han entrado ya en la vida verdadera. Y finalmente, nos ofrece la posibilidad de permanecer unidos a ellos gracias a ese amor, que, siendo don del Dios eterno, es más fuerte que la misma muerte (GS 18).

José-Román Flecha Andrés



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