Cartas de los obispos Última hora

Sobre Dios y la religión

Entre los tópicos más extendidos sobre la religión está el de ser «opio del pueblo». El opio adormece, inhibe las fuerzas y priva al hombre de su responsabilidad en la vida. Pensando en el más allá —continúa el tópico— uno se desentiende del más acá, cruza los brazos y pasa la vida vegetando. La ignorancia que supone este tópico (por no hablar de intencionalidad malévola) es ciertamente culpable. Porque quien se haya acercado sin prejuicios a las religiones para conocerlas en su objetividad, habrá descubierto que nada les es más ajeno que la responsabilidad de vivir empleando al máximo nuestros talentos. Y si esto no se da, no puede hablarse de religión en sentido propio.

En cuanto al cristianismo, la parábola de los talentos es lo más opuesto a desentenderse de este mundo, que Dios ha puesto en manos del hombre para llevarlo a su plenitud. En esta conocida parábola, el dueño de los talentos los reparte a sus siervos para que los hagan fructificar de modo que, a su regreso, le rindan cuentas. En el núcleo de la parábola está la vida entendida como posibilidad de acrecentar los dones recibidos. Es una llamada a la responsabilidad y, en definitiva, al trabajo serio y riguroso, cualquiera que sea su modalidad. Digamos de paso que, cuando Jesús habla de su Padre celeste, dice que trabaja siempre. No es un dios ocioso que se entretiene con los placeres del Olimpo.

En la parábola de los talentos, dice Jesús que el dueño los distribuyó «según la capacidad de cada uno». Es obvio que no todos los seres humanos tienen la misma. Uno recibió cinco, otro dos y otro uno. Cuando el señor vuelve de su viaje y pide cuentas a sus siervos, alaba al primero y al segundo porque, gracias a su trabajo, han doblado la cantidad recibida. Como premio, les invita a entrar en el gozo de su señor. El que recibió un solo talento, lo sacó del hoyo donde lo había enterrado y le espetó este pequeño discurso a su señor: «Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo» (Mt 25, 24-25). Llama la atención la mala imagen que este pobre siervo tenía de su señor y el resentimiento que encierran sus palabras. También sorprende que el miedo le llevara a esconder el talento bajo tierra. En realidad, sus últimas palabras le delatan: Aquí tienes lo tuyo. No había entendido que lo de su señor era también suyo. Y malgastó su vida enterrando su futuro. La respuesta del señor ante tal indolencia, le deja al descubierto: «Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses».

Con esta parábola Jesús define la vocación del hombre vinculada al servicio de Dios, que ha puesto en nuestras manos inmensas posibilidades de mejorar este mundo con el trabajo de cada uno. Nos previene contra la pereza, verdadero opio que inhibe nuestras energías. Esta parábola tiene como trasfondo teológico el juicio de Dios, que pedirá cuenta a cada uno de cómo hemos gestionado sus riquezas, que son también nuestras. No hay que tener miedo a Dios ni entender la vida como una exigencia impuesta desde fuera. La vida es el gran talento que Dios nos ha dado para hacernos acreedores de su gozo. Y el gozo de Dios es que el hombre viva con responsabilidad en este mundo ordenando todas las cosas hacia su fin último. Esto es parte de la religión: ser responsables, junto a Dios, de todo lo creado. El peligro está en pensar que este mundo no nos pertenece. Y esconder el talento bajo tierra.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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